|
Manuel Moya
1. El arte de la invisibilidad o la manera de desobedecer a Dios 2. De Álvaro de Campos, de Fernando Pessoa 3. Un cuento de Bichos, de Miguel Torba *** 1. EL ARTE DE LA INVISIBILIDAD O LA MANERA DE DESOBEDECER A DIOS Corre la primavera de 1911. Un intérprete y compositor checo, cabecea ante la partitura que tiene frente a sí. Hay algo que no va, se dice, y durante horas se ha enfrascado en una ardua y dolorosa corrección. Afuera escucha el tintineo de los tranvías, la bocina de algún coche, la voz de una vendedora ambulante. Durante unos segundos, atrapado en su propia impotencia, inclina la cabeza sobre el piano y suspira. Un segundo después se mesa el cabello, observa la fotografía de una mujer muy hermosa, que tiene ante sí, y dibuja unas notas archi-repetidas en el piano, antes de lanzarse a esa aventura conocida pero llena de pequeños riesgos que para él supone indagar en los meandros de la composición. Dos horas más tarde, exhausto, sin acabar de alcanzar ese lugar incierto al que pretendía llegar, se levanta, recorre la habitación en diagonal, se toca con el sombrero, toma el paraguas y deja atrás la puerta de su casa, con una mezcla de placer y descontento. Afuera lo espera una tarde húmeda y azul. Otro día, se dice suspirando, la acabaré. Un tipo desconocido toma el paraguas y sale de su casa, con una mezcla de placer y descontento. Después de algunos minutos, entrega su billete en la puerta y camina siguiendo a otros tipos que como él, han dejado atrás una tarde azul y se mesan los húmedos cabellos, hasta desembocar en una sala grande, muy grande. Embutido en sus reflexiones, avanza por un estrecho pasillo hasta llegar a la altura de la fila 12. A un gesto suyo, alguien que está sentado en esa fila se levanta para dejarle paso. Por fin toma asiento y, sin otra cosa que hacer en espera de que se dicte el comienzo el concierto, ojea el programa. La 5ª sinfonía de Gustav Mahler, en do sostenido etcétera, unas fechas, una referencia al conocido director, otro al de la orquesta y una detallada descripción de la sinfonía, desde sus inicios más bien lúgubres y melancólicos, hasta concluir con un tono triunfal que a ajuicio del crítico que firma el programa es acaso lo menos conseguido de la obra. La sala se va llenando poco a poco de gente hasta que, tras un momento de profundo silencio, se abre el telón y aparece la orquesta. Poco después un conocido director avanza por el proscenio... Un ensimismado director de orquesta avanza ante los ojos del público y de los músicos de la orquesta, que se ponen en pie y esperan que el maestro, batuta en ristre, alcance su puesto. Entonces, a un gesto suyo, se sientan y se ajustan a sus instrumentos. El director, sin embargo, continúa con su liturgia: fija bien los pies, se mesa los cabellos, inspecciona con una breve mirada a la totalidad de los músicos, toma aire, encoge el estómago, golpea un par de veces con la batuta el atril el atril donde descansan las partituras grasientas de la Sinfonía 5ª de un tal Gustav Mahler, y a continuación, en el movimiento enérgico de quien se lanza al encuentro de un enemigo imaginario, se sumerge en una aventura conocida pero llena de riesgos, lagunas, equívocos, indecisiones, malos entendidos. Al llegar a casa el tipo desconocido deja su paraguas al lado de la puerta, se encamina hacia el salón y toma entre sus manos un libro blanco. Quizás ahora no esté muy seguro de cómo llegó a sus manos ese libro, ni cuál fue la razón por la que lo eligió frente a otros muchos que descansaban en las baldas de su librería habitual, pero tal vez haya sido porque alguien, alguna vez le habló de un extraño portugués llamado Fernando Pessoa, por la luminosa sobriedad de la portada, quizás por otras razones que no sabría muy bien explicar. El caso es que se sienta en el sofá, abre una página al azar y lee: “Pensar en Dios es desobedecer a Dios”. Pensar en Dios es desobedecer a Dios, repite, como si en la frase hubiera un tintineo de cubitos de hielo, un eco triste, una música que penetrara en los intersticios de su conciencia. Dos horas más tarde, envuelto en una extraña sensación de incredulidad y de liberación, se restriega los ojos, vuelve a ojear la portada y se congratula de ese encuentro inesperado con un tipo como Caeiro y como Pessoa, quien en invierno de 1914, en una noche de insomnio, inaugural, vio cómo llegaban hasta sus manos treinta y tantos poemas de ese repensador esencial y único que es Alberto Caeiro. Los mismos poemas que nuestro personaje acaba de leer en la versión de un desconocido, cuyo nombre no consigue recordar ahora que se está lavando los dientes frente al espejo. Me gustaría ser el nombre del desconocido que nuestro personaje no logra recordar mientras se cepilla los dientes frente al espejo. La labor del traductor es permanecer en la invisibilidad, hacer de discreto hilo conductor entre lo que un tipo escribe y un otro lee, procurando no alterar la relación entre ambos. Seguramente habrá tantas ideas sobre la traducción como traductores -e incluso lectores- haya sobre la faz de la tierra, de manera que muy poco importa pergeñar una teoría de más o de menos sobre el asunto. Lo que viene a continuación tal vez resulten ser sólo perogrulladas o diletancias, pero no importa, son mi perogrulladas, mis dilentancias.. En la traducción abogo por la invisibilidad, es decir por ese tono medio entre la traición al creador y la traición a la lengua, pues si ya proclaman los tópicos que es este un oficio de traidores, tal vez convenga traicionar un poco a todos que no un mucho a alguno. Traicionar al texto madre puede derivar en una impostura cuyos efectos cualquiera puede calibrar, pero hacerlo a tu lengua suele ser una traición acaso más sibilina, cuando no una falta de tacto imperdonable hacia el posible lector, que al hablar de traducción, suele aparecer como el convidado de piedra, el tipo que debe conformarse con lo que nosotros, pobres traductores, le hagamos tragar. Si la invisibilidad del traductor es más fácilmente conseguible en la prosa, donde el lenguaje suele estar sometido a menos torsiones y calculadas tensiones internas, en poesía la lengua y su respiración resultan capitales, de manera que en la traducción de un texto poético no sólo me parece a mí que habrá que permanecer lo más atento posible al texto original y a esa a menudo invisible relación que el poeta establece con su lengua, sino también a la lengua a la cual habremos de verter la obra, sobre cuyas texturas y respiración habrá de ser re-leída y comunicarse con el lector, que no deja de ser en cuanto receptor final, un traductor más, acaso el más importante. Como lector me he tenido que enfrentar -literalmente- a demasiadas traducciones ladrillo, imposibles de leer, secuestradas, enajenadas, cuando no pervertidas por una literalidad castradora e inútil, para no tener en cuenta a ese hombre que se acerca a las baldas de una librería con la esperanza de encontrar un texto con el que quiere pasar al menos unas horas. ¿Colo simple lector, a cuántos poetas he dejado de frecuentar a consecuencia del exceso de celo literal de sus traductores? A veces no he vuelto a pasar siquiera un minuto ante esos autores y esas obras, que en una traducción menos ardua, acaso me serían mucho más queridos e íntimos. Otras he vuelto a esas obras con la intención de redimirlas, de redimirme en ellas. Un traductor solapado o subsumido en la literalidad es, desde mi punto de vista, un peligro del tamaña de un sonetista todo a cien. Repitamos para terminar, que una buena traducción es, desde mi modesto punto de vista, aquélla que a ojos del lector aparece como invisible. Pero, ya digo, hay tantos modos de entender la traducción como traductores e incluso lectores haya sobre la faz de las lenguas, y lo que de verdad hoy sacamos en claro es que pensar en Dios es desobedecer a Dios, como alguien repite frente al espejo, tratando de interpretar las palabras que un traductor -ojalá que invisible- pone en boca de Alberto Caeiro. 2. DE ALVARO DE CAMPOS, DE FERNANDO PESSOA TABAQUERÍA
No
soy nada.
Ventanas
de mi cuarto,
(Pero
si supiesen de quién es, ¿qué
es
lo que sabrían?),
Hoy
me encuentro derrotado, como si supiese la verdad,
Hoy
estoy perplejo como quien ha encontrado, pensado y olvidado.
Fracasé
en
todo. ¿Qué
sé
yo
lo que habré
de
ser, yo, que no sé
lo
que soy?
(Come
chocolatinas, chiquilla,
Al
menos me queda de la amargura de lo que nunca he de ser (Tú,
que consuelas, que no existes y es por eso mismo que consuelas,
Viví,
estudié, amé y
hasta creí,
Hice
de mí lo
que no sabía,
Esencia
musical de mis versos inútiles,
Pero
el dueño de la Tabaquería se asomó
a
la puerta y se quedó
allí.
Pero
un hombre entró en
la Tabaquería (¿para comprar tabaco?)
Enciendo
un cigarro al pensar en escribirlos
Después
me dejo caer contra la silla
(Si
me casase con la hija de mi lavandera El hombre salió ya de la Tabaquería (metiéndose el cambio en el bolsillo del pantalón) Ah,
coño, lo conozco: es un García sin metafísica. (inédicto)
3. UN CUENTO DE BICHOS, DE MIGUEL TORBA VICENTE Aquella tarde, a la hora en que el cielo se mostraba más duro y más siniestro, Vicente abrió sus alas negras y partió. Cuarenta días se habían cumplido desde que, integrado en la nómina de los escogidos, entrara en el Arca. Pero desde el primer instante todos se dieron cuenta de que en su espíritu no había paz. Callado y sombrío, andaba de aquí para allá en una agitación continua, como si aquel gran barco donde el Señor preservara la vida, fuese un ultraje a la creación. En semejante barullo -lobos y corderos hermanados ante el mismo destino-, apenas su figura negra y seca se mantenía inconforme con el método de Dios. En su imaginación silenciosa, preguntaba: “Por qué carajo los animales tienen que estar involucrados en la confusa cuestión de la torre de Babel?” ¿Qué tenían que ver los bichos en las fornicaciones de los humanos, que el Creador quería castigar? Justos o injustos, los altos designios que determinaban aquel diluvio golpeaban una y otra vez un sentimiento profundo, de irreprimible repulsa. Y cuanto más inexorable se mostraba la prepotencia, más crecía la rebelión de Vicente. Cuarenta días, pues, de pura hambre pasó allí. Ni siquiera él mismo podía contar cómo descendió del Líbano hacia el muelle de embarque y luego, en el Arca, recibió durante tan largo tiempo la ración diaria de las manos serviles de Noé. Pero podría vencer. Consiguió, al fin, superar el instinto de conservación y abrir las alas al encuentro de la inmensidad terrible del mar. Tan insólita marcha fue presenciada por grandes y pequeños con un respeto callado y contenido. Pasmados y deslumbrados, lo vieron, temerario, a pecho descubierto, atravesar el primer muro de fuego con que Dios le quiso impedir la fuga, para luego sumirse en los confines del espacio. Pero ninguno dijo nada. Su gesto fue en aquel momento el símbolo de la liberación universal. La conciencia en protesta activa contra el arbitrio que dividía los seres en elegidos y condenados. Pero aún en lo íntimo de todos, aquel sabor del rescate, ya desde lo alto, ancho como un trueno, penetrante como un rayo, terrible, la voz de Dios: -Noé ¿dónde esté mi siervo Vicente? Bípedos y cuadrúpedos se quedaron petrificados. Sobre la cubierta barrida de las ilusiones, descendió, pesada, una mortaja de silencio. De nuevo el Señor paralizó las consciencias y el instinto fue reduciendo a una pura pasividad vegetativa el residuo de la materia palpitante. Sin embargo Noé era hombre y como tal se aprestó a las armas de defensa. -Debe andar por ahí... ¡Vicente! ¡Vicente! ¿Dónde se ha metido Vicente? Nada. -¡Vicente!... ¿Nadie lo ha visto? ¡Búsquenlo! Ni una respuesta. La creación entera parecía muda. -¡Vicente! ¡Vicente! ¿Dónde puñetas se habrá metido? Así hasta que alguien, compadecido de la mísera pequeñez de aquella naturaleza, puso fin a la comedia. -Vicente ha huido. -¿Cómo que ha huido? ¿A dónde huido? -Huyó. Se fue volando... Gotas de sudor frío ensancharon las sienes del desgraciado. De repente se le ablandaron las piernas y cayó redondo al suelo. En la parduzca luz del cielo hubo un eclipse momentáneo. Por las manos invisibles de quien dirigía las furias, pasó, raudo, un estremecimiento de duda. Pero la divina autoridad no podía permanecer así, indecisa, titubeante, a merced de la primera subversión. La perplejidad duró un instante apenas. Porque luego la voz de Dios retumbó de nuevo por el cielo inmenso, en una severidad tonante. -Noé, ¿dónde está mi siervo Vicente? Despertado del desmayo, tembloroso y confuso, Noé trató de justificarse. -Señor, tu siervo Vicente se evadió. A mí no me pesa conciencia alguna de haberlo ofendido o de haberle negado su ración diaria. Nadie lo ha maltratado aquí. Fue su pura subversión que lo decidió a... pero perdónale y perdóname también a mí... Y sálvalo que, como mandaste, sólo lo guardé a él... -¡Noé! ¡Noé! Y la palabra de Dios, funesta, tronó de nuevo por el desierto infinito del firmamento. Después se siguió un silencio más terrible todavía. Y en el vacío en el que todo parecía flotar, se oía, infantil, el llanto desesperado del patriarca, que entonces tenía seiscientos años de edad. Mientras tanto, suavemente, el Arca iba cambiando de rumbo, como guiada por un piloto encubierto, como movida por una misteriosa fuerza, apresurada y firme -la que hasta entonces bogara indecisa y morosa al albur de las olas-, se dirigió hacia el lugar donde cuarenta días antes se alzaran los montes de Armenia. En la conciencia de todos, la misma angustia y la misma interrogación. ¿A qué represalias recurriría ahora el Señor? ¿Cómo acabaría aquella rebelión? Durante horas y horas el Arca navegó así, cargada de incertidumbre y terror. ¿Obligaría Dios a regresar al cuervo, o qué? ¿Lo sacrificaría pura y simplemente como ejemplo? ¿Qué haría, finalmente? ¿Y habría resistido Vicente la furia del vendaval, la oscuridad de la noche y el diluvio sin fin? Y, caso de vencer lo obstáculos, ¿a qué paraje arribaría? ¿En qué lugar del universo restaría aún algún cabo de esperanza? Nadie daba respuesta a sus propias preguntas y los ojos se clavaban en la distancia y los corazones se apretaban en un sentimiento de rebelión impotente, y pasaba el tiempo. De pronto un lince, de visión más penetrante, vio tierra. La palabra, gritada con miedo, por parecer alucinación o blasfemia, se propagó por todo el Arca como un perfume. Y toda aquella fauna desilusionada y humillada se posó sobre cubierta, en un alborozo grato y alentador por haber todavía suelo firme en este pobre universo. ¡Tierra! Ni mesetas, ni vegas ni desiertos. Ni siquiera la reciedumbre tranquilizadora de un monte. Apenas la cresta de un cerro emergiendo ante la multitud. Era más que bastante, con todo. Para todos cuantos lo veían, el pequeño peñasco resumía la grandeza del mundo. Encarnaba su propia realidad, hasta entonces transfigurados en meros y fluctuantes fantasmas. ¡Tierra! Una minúscula isla de solidez en mitad de un abismo movedizo y nada más importaba o tenía sentido. ¡Tierra! Desgraciadamente la dulzura del nombre traía en sí un amargor. Tierra... Sí, aún existía el vientre cálido de la madre. Pero ¿y su hijo? ¿Y Vicente, fruto legítimo de aquel seno? Sin embargo, Vicente vivía. A medida que la barca, se acercaba se fue clarificando en la lejanía su figura esbelta, recortada en el horizonte como una línea severa que delineaba un cuerpo y era al mismo tiempo un perfil de fortaleza. ¡Llegó! ¡Consiguió vencer! Y todos sintieron en el alma la paz de la humillación vengada. Lo que ocurría es que las aguas continuaban creciendo y el pequeño otero, segundo a segundo, iba disminuyendo. ¡Tierra! Pero en una porción tan exigua que hasta los más confiados la miraran con ansiedad, como tratando de defenderla de la vorágine. De defenderla y de defender a Vicente, cuya suerte estaba ligada al telúrico destino. “Pero, ah, estaban rotas las fuentes del gran abismo y abiertas las cataratas del cielo”. Y hombres y animales comenzaron a desesperar ante aquel sumergirse irremediable del último reducto de activa existencia. No, nadie podría luchar contra la determinación de Dios. Era imposible resistir ante el ímpetu de los elementos, regidos por su implacable tiranía. Transida, la turba sin fe miraba la reducida cima y el cuervo posado en lo alto. Palmo a palmo la cúspide fue devorada. Apenas si quedaba de él un peñasco, sobre el cual, negro, sereno, único representante de lo que era la raíz plantada en su justo medio, impávido, permanecía Vicente. Como espectador impersonal, observaba el Arca que subía con la marea. Escogió la libertad, y aceptó desde ese momento todas las consecuencias de tal opción. Miraba la barca, sí, pero para encarar de frente la degradación que recusara. Tanto Noé como el resto de los animales asistieron mudos a aquel duelo entre Vicente y Dios. Y en el espíritu claro o turbio de cada cual, este dilema: o se salva el pedestal que sostiene a Vicente y El Señor preserva la grandeza del instante genesíaco -la total autonomía de la criatura en relación al creador-, o, sumergido en su punto de apoyo, moriría Vicente y su aniquilación invalidaría esa suprema hora. La significación de la vida estaba ligada indisolublemente al acto de insubordinación. Porque nadie más dentro del Arca se sentía vivo. Savia, respiración, sangre de su sangre, era aquel cuervo negro, mojado de la cabeza a los pies, que, calma y obstinadamente, posado en la última posibilidad de supervivencia natural, desafiaba a la omnipotencia. Por tres veces una ola alta, un principio de fin, lamió las garras del cuervo, pero tres veces se sostuvo. A cada tarascada, el corazón frágil del Arca, dependiente del corazón resoluto de Vicente, se estremeció de terror. La muerte temía a la muerte. Pero en breve fue ya evidente que el Señor iba a ceder. Que nada podía contra aquella voluntad insoslayable de ser libre. Que para salvar su propia obra, cerraba, melancólicamente, las compuertas del cielo. (inédito) Manuel Moya nació en 1960 en Fuenteheridos. A lo largo de su ya larga carrera ha publicado poesía, narrativa, así como crítica literaria. Su trayectoria como traductor es más corta, si bien intensa. Ha traducido, entre otros, Poesía completa de Alberto Caeiro (Ed. DVD, 2009), Libro del desasosiego (Baile del Sol, 2010) ambos de Fernando Pessoa, así como obras de otros autores lusófonos contemporáneos como José Carlos barros, Joaquim Arena, Lidia Jorge, Conceiçao Lima, Luis Filipe Cristovao, Ivo Machado... e italiana, como Sandro Penna, Patrizia Cavalli o Gianni Rodari. Publicado el 20/5/2010 |