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Tal vez la lluvia, de Juan Carlos Méndez Guédez, XL Premio Ciudad de Barbastro de Novela Corta |
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Juan Carlos Méndez Guédez nació en Barquisimeto (Venezuela) en 1967. Ha publicado las novelas: Retrato de Abel con isla volcánica al fondo (1997); El libro de Esther (1999); Árbol de luna (2001) y Una tarde con campanas (2004). Como cuentista, es autor, entre otros de La ciudad de Arena (1999), Tan nítido en el recuerdo (2001), Hasta luego, Míster Salinger (2007) y La bicicleta de Bruno (2009). Incursionó en la novela juvenil con el título: Nueve mil kilómetros y tu abrazo (2006). Doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Salamanca, reside en España desde 1996. Con Tal vez la lluvia obtuvo el Premio Internacional de novela corta Ciudad de Barbastro. PRESENTACIÓN DE TAL VEZ LA LLUVIA POR ERNESTO PÉREZ ZÚÑIGA Nos importa la vida en una novela de Juan Carlos Méndez Guédez, la leemos mejor. Él suele ser el primero de nuestros novelistas en aprovechar las circunstancias sociales más novedosas para bucear en nuestras contradicciones. Como en Una tarde con campanas creó la novela hispanoamericana de la inmigración reciente en España, en Tal vez la lluvia aprovecha para ahondar en el conflicto del ser humano ante la libertad de su época, en este lado y al otro del Atlántico. Con su estilo ágil y poético, inconfundible por su sentido de la ternura y del humor, Juan Carlos Méndez Guédez nos entrega una novela intensa que uno disfruta de principio a fin, admirando la naturalidad con que los recursos más exigentes de la narrativa contemporánea fluyen en la transparencia de una historia que nos conmueve, que nos divierte, que no deja de interrogarnos. Tal vez la lluvia es más que una melancólica esperanza ante las situaciones absurdas que nos entrega la vida en nuestras sociedades. Es una respuesta afirmativa a lo que podemos leer hoy si queremos mirar justo el mundo que vivimos con la máxima calidad literaria. EL PREMIO CIUDAD DE BARBASTRO EN SU XL ANIVERSARIO Con Tal vez la lluvia, el narrador venezolano Juan Carlos Méndez Guédez ha ganado el XL premio de novela corta Ciudad de Barbastro. El premio Ciudad de Barbastro, que alcanza este año su XL aniversario, se ha convertido en el premio de narrativa corta más importante de España y en un referente en todo el ámbito de la lengua española. El Premio Ciudad de Barbastro nació en 1969, en el marco de las XIV Jornadas Literarias. Visitaban por este motivo la ciudad periodistas, escritores y pintores. José Ollé Carreras, concejal de cultura y médico de profesión, comentó a Dámaso Santos y a Gaspar Gómez de la Serna su idea de crear un premio de novela corta. El Ciudad de Barbastro iba a transformarse en el galardón decano en España de este género literario de tanta importancia en la historia de la literatura española y universal. El premio cuenta entre sus ganadores a Fernando Marías, Javier Tomeo, Eduardo Mendicutti, Carmen Kurtz, Antonio Rabinad, Luis Leante, Ana María Navales, Francisco López Serrano, Miguel Torres López de Uralde o Roger Wolfe. En la novela Tal vez la lluvia, un venezolano en el exilio regresa a su país, reencuentra a su familia y sus amigos, y debe enfrentarse a su pasado personal y a un presente social marcado por la figura y el régimen de Hugo Chávez. OFRECEMOS A CONTINUACIÓN EL COMIENZO DE TAL VEZ LA LLUVIA La lluvia. La lluvia y Federico en la entrada del aeropuerto. Una pésima combinación; la lluvia me seguía pareciendo un milagro, una pequeña fiesta privada a la que asistía con asombro, con plenitud; Federico era ese amigo con el que intercambié puñetazos la última vez que nos tropezamos. ¿Me golpearía de nuevo? Quizás no. Dieciséis años son suficientes para el olvido. Lo cierto es que nunca lo comentamos. Ni con su familia. Ni con la mía. Tampoco volvimos a llamarnos por teléfono o a ponernos unas líneas. Y desde entonces mi nariz se tuerce hacia el lado izquierdo. Un pequeño desvío, un trozo de cartílago y hueso que apuntan con melancolía hacia un lugar impreciso, como atisbando otro golpe, otra patada, otro jueves en el aeropuerto y yo volando hacia Lisboa sin abrazar a Federico, sin despedirme de Federico, mi amigo, mi hermano Federico cuyos nudillos ya me habían dicho adiós. Pero había transcurrido demasiado tiempo. Ahora el vuelo no ocurría por una mudanza; se trataba apenas de una visita: un par de semanas en Caracas para poder cobrar la minúscula herencia de la abuela y vivir unos días tirado en casa, comiendo los guisos de mi madre, sin pensar, sin ir al trabajo. ¿Y Federico? Nunca pensé en él durante el viaje, pero ahora me aguardaba en la puerta y alzaba su mano, realizaba una seña indescifrable, se alisaba sus cabellos rojizos. Supuse que mamá le había advertido de mi llegada. La vieja habitaba en un tiempo que giraba en sí mismo. Para ella lo ocurrido años atrás continuaba deslizándose frente a sus ojos igual que una película que se repite una y otra vez. Federico volvió a agitar sus brazos. Parecía alegre. Incluso reconocí en sus ojos y en el rictus de su boca algo de la antigua complicidad, del perdido afecto. Casi podía intuir lo que pensaba: bienvenido Adolfo hijo de puta Adolfo bienvenido comemierda qué bueno que regresas lárgate al carajo Adolfo hermano amigo vete vete bienvenido. Era muy propio de él. Esos sentimientos mezclados, ese ir y venir, ese moverse de uno a otro extremo. Por eso nos hicimos tan cercanos. Éramos semejantes. Sólo unos segundos y podíamos pasar de la admiración y el afecto absoluto, al más profundo asco, al más acentuado desprecio por el mundo entero. Sólo nos diferenciaba el tamaño: yo muy alto, muy delgado; él muy bajo, muy grueso. Yo muy torpe a la hora de pelear; él muy hábil en eso de clavar puños en la cara. Por eso es una temeridad que yo diga que tuvimos una pelea. Nuestro combate duró tan sólo esos tres puñetazos que él incrustó en mi rostro y ese gesto acrobático con el que mi cuerpo todo se lanzó al suelo para evitar las patadas con las que me remató hasta que decidió marcharse. ¿Qué tal estás? Normal, le dije al ver que me quitaba las maletas de la mano y me señalaba la ruta del estacionamiento. Intenté recuperar mi equipaje con un gesto sutil, despreocupado. Federico insistió en ayudarme y aunque di un par de tirones para recuperar las asas preferí tranquilizarme. Entré al Mercedes Benz de mi amigo (pues alguien que te espera en un aeropuerto supongo que debe seguir siendo tu amigo aunque te haya fracturado la nariz) y sólo cuando puso en marcha el motor me sorprendí al comprobar que no había cambiado de automóvil en todos esos años. El calor apretaba el aire. La lluvia salpicaba el asfalto. Respiré con dificultad, igual que si estuviese debajo de una piscina. Estuve a punto de comentarlo con Federico, pero me pareció que se irritaría si le revelaba que después de dieciséis años el clima me resultaba ajeno. ¿Nos tomamos algo antes de llevarte a tu casa? preguntó él y se detuvo en un bar de paredes llagosas y lámparas veteadas por el polvo. Me bajé con lentitud. Murmuré que prefería encontrarme con mis padres, darme una ducha, leer los periódicos, pero Federico se sentó en un banco de madera y pidió dos cervezas heladas. Quedé en silencio un buen rato. Buscaba algún tema para iniciar cualquier diálogo, pero comprendí que no tenía ni idea de lo que había hecho mi amigo en todo este tiempo. Esa duda y la posibilidad de que en cualquier segundo lo viese apuntarme con una pistola me causaban cierta incomodidad. Miré su perfil. Su nariz permanecía intacta, pero tenía bolsas debajo de los ojos, los hombros se le hundían dentro del cuerpo y la piel de las manos parecía agrietada, como si hubiese arañado la tierra con ellas. A pesar de todo se veía bien. Envejecía con cierta naturalidad, sin estridencias. ¿Quién iba a pensar que tendrías barriga? murmuró y de inmediato noté que se callaba, incómodo por su propio comentario. Bajé la mirada. Era cierto. A pesar de lo delgado que yo continuaba siendo, una blanda barriguita asomaba en mi camisa. Nunca la había visto. Casi podía jurar que había brotado dentro del avión: una especie de burbuja que comenzó a crecer en Barajas y que se fue hinchando durante cada hora de vuelo. Pasé mi mano por el abdomen, como para comprobar la existencia de esa pequeña curva flácida. Luego contraje los músculos, pero a los pocos segundos mi ombligo saltó hacia delante. Bebí un largo trago. Apreté la botella. Si Federico intentaba atacarme lo golpearía justo en medio de la frente. Pedimos otra ronda y una mujer esquelética colocó en la barra las dos botellas y un plato con tostones fritos. Los devoré en pocos segundos. Unos instantes de felicidad me invadieron: la lluvia al fondo, el sabor salado y harinoso dentro de mi boca. Federico me dio una palmada en el hombro. Coño, Adolfo, hemos sido tan amigos. Lo miré perplejo. Supuse que el tiempo sólo había dejado entre nosotros un rastro melancólico, una necesidad de explorar si existía alguna posibilidad de que recuperáramos cierta parte de la amistad. Intuí una tarde de borrachera llorona, con Federico recordando anécdotas y canciones, conmigo sujetando afectuoso su brazo, dándole palmadas, asintiendo cada vez que él recuperara una parte insólita de nuestros años anteriores. Horas espesas, como si nos moviésemos dentro de una pecera en la que nuestras palabras podían flotar, recomponerse, borrar sus rastros más obvios. No, pensé. Me niego. Él se cobró lo que le hice. Estamos en paz. Es mucho tiempo, mucho tiempo, insistió, luego lo miré respirar hondo y acariciar su botella. Pedí otras dos cervezas y permanecí en silencio. Mi amigo giró su rostro y me escrutó unos segundos. Necesito que te cases conmigo, murmuró. Lo miré risueño y él pareció intuir que yo no lo había escuchado así que volvió a susurrar. Quiero que te cases conmigo, Adolfo.
Tal vez la lluvia Publicado el 21/10/2009 |
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