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Matices y detalles, la presentación en España de Ludwig Hohl, autor de culto centroeuropeo, con prólogo y traducción de Ibon Zubiaur

Ludwig Hohl, fotografiado
por Jean Mohr en 1960

Ludwig Hohl (1904-1980) nació en Netsal, en el cantón suizo de Glarus. De temperamento singular y rebelde, Hohl decidió muy pronto dedicar por entero su vida a la literatura, fiel a su premisa fundamental: «Todo es obra.» Pasó largas temporadas en el París de entreguerras, Viena o La Haya, y en 1937 se instaló en Ginebra, en un sótano donde vivió en condiciones precarias, siempre rodeado de sus reflexiones y aforismos, que colgaba con pinzas de tender la ropa. En estos apuntes recogía, según su idea de la escritura, sus lecturas y comentarios filosóficos, pero también el número de kilos que era capaz de levantar con una sola mano, su pasión por el alpinismo o cuánto alcohol había bebido. Su original obra mereció la atención de autores como Dürrenmatt, quien dijo de él que era «necesario». Desde entonces, la figura de Hohl ocupa un lugar esencial en la literatura.

Por la importancia de Hohl, dos editoriales independientes Minúscula y DVD Ediciones han decidido sumar esfuerzos y presentar simultáneamente en España el libro de reflexiones Matices y detalles (DVD Ediciones) y el relato Escalada (Minúscula) dos títulos fundamentales de la obra de Ludwig Hohl, autor de culto de la literatura en lengua alemana, admirado por Max Frisch, Friedrich Dürrenmatt o Peter Handke.

Matices y detalles (1939) fue el primer libro publicado de Ludwig Hohl. No es de extrañar, porque en Matices y detalles se desarrollan los temas esenciales del pensamiento de Hohl. El autor suizo concibe al ser humano como artista existencial. La creación literaria y artística, para cualquier hombre, no sólo para los escritores y artistas, es una necesidad vital para justificar su existencia. No es un lujo ni un capricho, sino su verdadero trabajo en la sociedad y en el tiempo. Hohl altera radicalmente el concepto de trabajo en las sociedades modernas y, así, propone otro concepto de sociedad moderna. No se refiere a ninguna actividad remunerada ni a la producción de bienes materiales de consumo, sino a la tarea individual y constante de desarrollar nuestras máximas capacidades y posibilidades de construir diariamente un sentido a la relación entre lo interior y lo exterior, entre lo limitado y lo ilimitado, entre conciencia y mundo. Y, lo más importante, esta tarea no está reservada a una élite, sino a cualquier ser humano que se sumerja en este revolucionario y salvador concepto de trabajo.

A continuación, reproducimos el prólogo de Ibon Zubiaur para Matices y detalles

Que tendré lectores, y en el sentido más riguroso, está fuera de toda duda.
Lo que no sé es simplemente cuántos y cuándo.”

Ludwig Hohl

En estos tiempos en que la literatura cada vez se diferencia menos de cualquier objeto de consumo y el alcance de un autor se mide más que nada por las ventas de sus libros, la figura del escritor de culto, desconocido entre el gran público pero ensalzado por algunos iniciados para los que su nombre viene a ser la contraseña a un mundo más puro y secreto, sigue gozando (y puede que no sea paradójico) de llamativa popularidad. Pocos encarnarán esta figura con el rigor y la autenticidad del suizo Ludwig Hohl, french poète maudit donde los haya: desde su juventud se consagró a escribir con una determinación inquebrantable y soportó infinitas privaciones, viviendo durante meses sin luz eléctrica y alimentándose de pan y agua; durante veintiún años habitó un sótano en Ginebra que hizo de él una leyenda y contribuyó poderosamente a reclamar la atención para su obra. Lo cierto es que en muy pocos casos el valor intrínseco de la obra estará tan a la altura de la leyenda existencial. Como corresponde al escritor de culto verdadero (y no al mero gruñón sin lectores), Hohl fue recabando el entusiasmo y la admiración de los mejores escritores suizos, que le ayudaron a salir de la pobreza, y en sus últimos años del sagaz editor Siegfried Unseld, que lo adoptó en la marca Suhrkamp y quiso homenajearlo, el año de su muerte, reeditando su obra magna con el señero número 1000 de su colección de bolsillo. Desde Max Frisch hasta Peter Handke, abundan los autores consagrados que peregrinaron hasta el sótano de Hohl; sus elogios suelen ser contundentes, como la tan citada afirmación de Friedrich Dürrenmatt (que le pagó numerosas facturas y lo acogió en su casa en más de una ocasión) según la cual “Hohl es necesario, los demás somos contingentes. Nosotros documentamos lo humano, Hohl lo establece.” Menos lapidaria, pero algo más precisa y premonitoria, es la conclusión de la reseña que Albin Zollinger dedicó a la primera edición de Matices y detalles, allá por el sombrío año 1939:

La implacabilidad con la que piensa hasta el final, la singularidad de la visión, la desenvoltura con la que al pensar desde una posición original deja de lado lo habitual, son rasgos que otorgan a este librito el signo de lo extraordinario. Tendrá pocos lectores y admiradores, pero de valor; sienta las bases de una obra que crecerá despacio y un día se alzará con proporciones firmes e imponentes como un caso único en las letras suizas. Alberga el perenne triunfo, en tempo y duración, de lo esencial. Ludwig Hohl tendrá esa singular ‘fama desconocida’ que crece en profundidad y no a lo ancho.”

Ludwig Hohl nació en el cantón suizo de Glarus, al pie de los Alpes, en 1904; su padre, pastor protestante, disfrutaba de una posición económica desahogada (fue uno de los primeros dueños de automóbil del lugar). El carácter hosco e insobornable del joven Ludwig parece haberse manifestado muy tempranamente: fue expulsado del colegio por sus tendencias rebeldes y acusado de ser “una mala influencia para sus compañeros”, se negó a aprender un oficio y, decidido ya a ser escritor, marchó a París y vivió a fondo la bohemia de entreguerras, alternando la vida nocturna con hazañas deportivas y anotando sus avances en todos los campos en los que se cultivaba con igual fervor y disciplina: la lectura y la reflexión, pero también el alpinismo, el alzamiento de pesas, la natación y la bebida. Hohl fue toda su vida un deportista consumado: durante los años veinte culminó numerosas ascensiones alpinas en solitario (cuyas huellas están muy presentes a lo largo de su obra), y todavía en 1949 dos testigos certifican que ha cruzado a nado el lago de Ginebra en 2 horas y 18 minutos. Fue también un bebedor tenaz y concentrado, lo cual es contradictorio sólo en apariencia: su ética del trabajo está basada en el axioma de que todo es obra en la medida en que despliegue fuerzas creativas o implique un esfuerzo de superación, y el cultivo de sí resulta independiente de la modalidad en que uno explora límites espirituales. Que Hohl anotara tanto sus ingestas alcohólicas como el número de kilos que era capaz de levantar con cada mano es también significativo porque anuncia el que va a ser su género más propio y personal: el apunte o nota, que en su destilación a lo largo de sucesivas revisiones adquiere una inusitada densidad filosófica y poética. Si bien en un principio Hohl escribió y publicó poemas y relatos, pronto fue decantándose por los apuntes. Durante su exilio económico en La Haya, entre 1931 y 1937, redacta el grueso de lo que luego sería su obra publicada, y puede decirse que hasta el final de su vida no añadiría nada nuevo; el trabajo de ordenar, transcribir y corregir las incontables notas garabateadas sobre periódicos, servilletas y facturas a lo largo del tiempo en que no tenía ni para papel le ocuparía en algún caso incluso décadas.

Matices y detalles, el primer libro de Hohl si descontamos un volumen de poesía del que renegaría en su mayor parte, vio la luz fraccionado en una época poco propicia para la literatura (y para la humanidad): las dos primeras partes en 1939, en la editorial Oprecht de Zúrich; la segunda (costeada por el propio autor) en 1942. Salvo unas pocas reseñas entusiastas como la citada de Albin Zollinger o las de Konrad Bänninger y Max Frisch, no obtuvo apenas eco. Mucho más duro, y en cierto modo definitivo, resultó el golpe recibido en 1944, cuando la editorial Artemis, que había editado sin pena ni gloria el primer volumen de las Notas, se negó a completar la edición con el segundo volumen previsto escudándose en las irrisorias cifras de venta. Hohl demandó a la editorial y ésta llegó en el juicio a definir el libro (que había contratado no sin entusiasmo) como meros “balbuceos y expectoraciones de Hohl sobre sí mismo y sobre su nulidad estrictamente personal”. El joven abogado Martin Howald, que representaba a Hohl de forma gratuita, obtuvo una condena que obligaba a la editorial a publicar el segundo volumen según lo acordado, aunque tras las apelaciones esto sólo ocurriría en 1953, con precio prohibitivo y tirada reducida. Escritores suizos y centroeuropeos se han beneficiado desde entonces de esta histórica sentencia que venía a sancionar derechos del autor, pero Hohl nunca se recobró del golpe. Incapaz de escribir ya nada nuevo, sobreviviendo gracias a puntuales colaboraciones en periódicos y al mecenazgo de colegas escritores, fue conquistándose su círculo y saliendo gradualmente de la pobreza, aunque cuando al fin pudo permitirse el alquiler de un piso bajo reservó éste a sus mujeres (estuvo casado hasta cinco veces) y siguió residiendo bajo tierra, alejado del ruido de la calle, de la vida social, y entregado a su peculiar horario. Las fotografías de este lúgubre lugar ilustran inmejorablemente la aquilatada fe de Hohl en su vocación; también puede reconocerse en ellas ese método de trabajo que se ha hecho leyenda: los manuscritos colgados de pinzas, como ropa a secar, a lo largo de las paredes. Con su inteligencia fuertemente visual, y en una época que no conocía el ordenador personal ni el procesador de textos, Hohl componía así sus libros, alterando repetidamente la disposición de los pasajes; Dürrenmatt cuenta cómo una vez pasó en su casa una semana (tras uno de sus divorcios) y la invirtió íntegramente en esta tarea. Su obsesión compositiva no era un simple capricho: Hohl insistió siempre en que Matices y detalles y las Notas no son recopilaciones de aforismos, sino obras unitarias que no pueden desgajarse sin perjuicio; mi propia experiencia de lector y traductor me invita a darle la razón o a señalar, al menos, que cada fragmento gana con su ubicación en el conjunto y que éste es en efecto algo más que la suma de sus partes. La primera edición íntegra de las Notas llegó sólo al morir Hohl, en 1980, aunque Suhrkamp había publicado ya partes por separado, el relato Ascensión a la montaña, y reeditado Matices y detalles; el segundo gran volumen de notas en que trabajaba Hohl, De los bordes que irrumpen. Notas añadidas, aparecería en 1986, y desde entonces Suhrkamp ha seguido publicando su obra inédita. Todo este ingente material proviene, como queda dicho, de los años 30, aunque Hohl no cesó de corregirlo y reescribirlo ni cuando la enfermedad fue haciendo mella en él; terminar Ascensión a la montaña le era mucho más urgente que someterse a tratamiento, aunque “sé bien lo que arriesgo (en el peor de los casos la muerte). Y me decido sin vacilar, firme como una roca, por Ascensión a la montaña”.

Matices y detalles no es así únicamente el primer libro de uno de los autores de culto más relevantes en lengua alemana, sino el pórtico de entrada a una obra extensa y unitaria, a un pensamiento original vertido en un lenguaje denso, exacto y esplendente. No se articula en bloques monográficos (como las Notas), pero presenta todos los temas de Hohl bajo una lógica algo más caleidoscópica en su sucesión y más asequible en sus dimensiones (un centenar de páginas frente a ochocientas). Desde el comienzo (tras una apelación retórica que liga la capacidad de escucha del lector a sus propias capacidades expresivas) anuncia el núcleo central de toda la ética hohliana, el principio del trabajo: “que en todas partes se puede ascender”. Es importante resaltar la dimensión existencial de este principio, que desde luego no atañe al trabajo en su sentido usual de ocupación remunerada (Hohl no ejerció jamás ningún oficio), ni siquiera a las actividades básicas de producción de bienes de consumo, sino a la generación individualizada de un sentido del vivir. Trabajo y arte son para él casi sinónimos porque concibe el existir como tarea y al hombre (a cada hombre) como Lebenskünstler, como artista existencial; el arte no es por tanto un lujo sino una necesidad y el trabajo (como se proclama en el penúltimo fragmento de este libro) posibilidad de salvación. Aunque no todo el mundo posea el talento para producir una obra como la de Goethe o la de Bach, cualquiera debe estar en condiciones de aportar esos “esfuerzos honrados” por lograr su síntesis particular entre lo interno y lo exterior (como se define la tarea en más de una ocasión). Esta concepción soteriológica del trabajo no apunta desde luego a la felicidad ultraterrena, sino al logro de la autenticidad en esta vida; el único pecado que condena es la pereza. Hohl escribía para salvarse, y su reiteración al subrayar el componente ascético de su programa (o el sardónico desdén por sus antagonistas, la frágil señora Meier o el pagado farmacéutico) no debe sonar sombría: lo que quiere transmitirnos es aliento, el mensaje de que hasta en las peores situaciones hay salida (y eso es el trabajo); el denuedo con que él mismo se sobrepuso a condiciones materiales tremebundas debería acreditar su autoridad. Esta ética de la superación no emplaza a realizar hazañas: ensalza los pequeños pasos (tanto en el alpinismo como en la escritura), pero siempre en su continuidad. Por eso dice Hohl que no hay milagros, sino sólo el acceso a otra dimensión; una vez allí, también crear es fácil. Quizá uno de los pasajes más bellos de este libro (y de los que mejor ejemplifican el talento plástico de Hohl) es aquél en que compara el trabajo del artista no con el del panadero (que hace panes), sino con el del pescador, que supone el cultivo minucioso y permanente de una disposición. Son símiles como éste (preciso y evocativo, riguroso y tierno) los que encumbran un estilo e invitan a detenerse en él.

Sin desmentir por ello el carácter unitario de su pensamiento, es innegable que el estilo de Hohl es aforístico: deslumbrante y conciso, depurado y chocante. Abundan los ejemplos y puede bastar con dos nuevas definiciones del trabajo: “El trabajo sólo es una deliberada concordancia con el crecimiento” (I, 38); “Trabajar no es sino traducir de lo perecedero a aquello que prosigue” (Notas, I, 51). Se le ha achacado con frecuencia que resulta lapidario: su tono asertivo tiende a lo absoluto (aunque el conjunto lo relativiza, de ahí la importancia de una lectura global), y la prolongada destilación alquímica de su lenguaje, al concentrar la exposición en el mínimo significativo, termina generando un brillo muy poco habitual, casi molesto, como el de un hierro candente o el del sol visto de frente. Esta tensión deriva de una autoexigencia sostenida, pero también de una gran soledad espiritual que se retroalimenta: aislado de sus contemporáneos y decantado en sus lecturas por apenas un puñado de autores (Goethe, Hölderlin, Spinoza, Lichtenberg, Kraus, Gide, Proust, Mansfield), Hohl opta en su escritura por la autenticidad frente a la accesibilidad, y debe a tal opción su triunfo estético y moral (Dürrenmatt dijo que era el único escritor ante el que sentía mala conciencia). No debe confundirse esta actitud con elitismo: aunque no faltan los pasajes desabridos y biliosos (el odio al farmacéutico le parecía a Hohl una exigencia), lo que recusa es sólo la renuncia a desplegar las propias posibilidades y la ceguera deliberada ante el empeño de los otros o su desamparo (como en ese tremendo pasaje sobre la ligereza con la que los ricos juzgan a los pobres). Y lo que ofrece es una invitación a convertir la propia vida en obra de arte y no aceptar como verdad nada prefabricado: por eso nos previene contra los “salvados desde hace tiempo” y proclama que “la salvación siempre tiene que haber ocurrido ahora mismo”, ya que el valor siempre está en el camino, en la ascensión. Como dijera Goethe en un pasaje que Hohl cita varias veces, “Todo lo razonable ha sido ya pensado, tan sólo hay que intentar pensarlo de nuevo”, y cada cual debe dar ese paso por sí mismo. Este librito suministra estímulos, chispazos en la oscuridad que podrían iluminar nuestra ascensión.

Traducir a Hohl no siempre es fácil: su lógica es elíptica y concisa y hace que las frases suenen muchas veces esquemáticas, aunque su misma parquedad y la vehemencia afirmativa les otorga una infrecuente intensidad. No he pretendido rebajar esa extrañeza, que va disolviéndose con el avance en la lectura y a la luz de pasajes más cristalinos: la obra de Hohl llama en cualquier caso a la relectura, y al igual que en otros ámbitos, cada cual tendrá primero que encontrar sus propios puntos de partida. También he respetado estrictamente la idiosincrásica puntuación y, por supuesto, las diferencias tipográficas y las cursivas, que establecen acentos y jerarquías en un pensamiento fragmentariamente desplegado pero rigurosamente consecuente. Como anuncia uno de los primeros pasajes del libro, “no sólo se puede hallar lo particular desde la totalidad, sino también dominar la totalidad desde lo particular”. Si el lector se anima a ascender lo suficiente para ganar esa doble perpectiva, dominará un panorama vertiginoso: desde los matices y detalles se le hará visible nada menos que lo primordial, lo necesario.

Ibon Zubiaur

Tubinga, Alemania, noviembre de 2007

Matices y detalles 
Ludwig Hohll 
Traducción y prólogo de Ibon Zubiaur
160 págs.
13,25 euros

Colección los 5 elementos, 55

Publicado el 4/7/2008

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