Noticias y crónicas

Presentaciones de Adulto extranjero, de Martín López-Vega



Nos complace invitarles a las dos próximas presentaciones de Adulto extranjero, el poemario de Martín López-Vega cuya segunda edición ya ha llegado recientemente a las librerías.

Zaragoza
Miércoles 30 de marzo, 20.00 h.
Librería Antígona
Presenta Ignacio Escuín Borao

Barcelona
Jueves 31 de marzo, 19.00 h.
Librería La Central (c/Mallorca)
Presentan Jesús Aguado y Sergio Gaspar

  

TEXTO LEÍDO POR ABRAHAM GRAGERA EN LA PRESENTACIÓN DE ADULTO EXTRANJERO EL PASADO 9 DE MARZO, EN LA LIBRERÍA RAFAEL ALBERTI DE MADRID

Buenas tardes a todos.

Quiero dar las gracias a Martín por haberme pedido que le acompañara en esta presentación de “Adulto extranjero”. Para mí es un placer poder hablaros un poco, seré breve y, así lo espero, no demasiado aburrido, del que considero uno de los libros más interesantes de su generación, que es también la mía.

Decía Eliot que la tradición no se hereda; si uno la quiere obtener debe hacerlo con un gran esfuerzo. Este esfuerzo requeriría, entre otras cosas, que el autor desarrollara y afinara al máximo su sentido crítico, pues, sigo citando a Eliot, algunos escritores son superiores a otros por el solo hecho de poseer una facultad crítica superior.

Pasemos por alto, de momento, esta última afirmación y prestemos atención a la primera. ¿Qué quiere decir exactamente que “la tradición no se hereda, que debe obtenerse a través de un gran esfuerzo”? En mi opinión, lo que Eliot revela con sus palabras, por un lado, es la resistencia de la tradición a ser considerada un simple cliché, su parte de futuro, y por otro, si tenemos en cuenta, a grandes rasgos, el peso que la idea de tradición ha tenido siempre en la poesía española, que tanto adoptar modelos sancionados y repetirlos con la excusa del homenaje como partir de posturas rupturistas tienen algo en común: tratar a la tradición como a una estatua a la que unos desdibujan a base de añadirle capas de grisalla y otros martillean hasta desmenuzarla para jugar a los demiurgos con sus fragmentos. Dos posturas infantiles, dos estereotipos del niño: el formal y el gamberro. Dos actitudes que nacen de una incapacidad para apreciar lo que está vivo, para reconocer a través de ello en uno mismo el milagro de lo vivo y, en consecuencia, favorecer que las posibilidades de sentido sean suplantadas por dogmas de sentido.

Para mí, tradición y poesía han venido a ser, con los años, lo mismo: un ser vivo, y por lo tanto, un ser libre, o una confederación de seres libres que nos revela la mutua dependencia de todo lo que existe, que exige nuestro cuidado y nuestra atención, que rehúye a quien no la ama y a quien, amándola, ignora cómo hacerse digno de su amor, que evita a los que confunden las convenciones sobre la infancia con la energía creativa, lúdica, de la niñez, una energía que permanece siempre activa en cualquier poeta que se precie.

Considero a Martín López-Vega, después de leer “Adulto extranjero”, un ejemplo claro de esa inteligencia poética amante, que ha sabido, con esfuerzo y con vocación, hacerse digno de llevar la tradición a cuestas o, por decirlo con una imagen más clásica y quizá menos abrumadora, que ha sabido subirse a sus hombros y gozar, al mismo tiempo, de un sólido anclaje en la tierra y de unas amplias y estimulantes perspectivas aéreas.

Me ha llamado mucho la atención cómo ha sido interpretado este libro en las diferentes reseñas críticas aparecidas en algunos medios literarios. Por una parte, al contar Martín con una obra más o menos amplia, si tenemos en cuenta su edad, y con una voz y personalidad propias, algunos críticos se han limitado a señalar las principales características de esa obra, esa voz y esa personalidad, características conocidas por cualquiera que haya prestado atención al poeta (el viajero, el artífice de unos cuantos textos memorables, el elegíaco, etc…), y por otra, han apuntado a la irrupción de un poeta distinto en él, uno que se ha dejado seducir por los cantos de sirena del presente, que ha buscado ser novedoso, o que ha cometido el error de sucumbir a la mirada humorística, irónica, brusca o escatológica con el fin de llamar la atención. Asimismo, se le ha criticado por renunciar a la prosodia clásica, y se ha llegado a sugerir que sus poemas parecen, más que obras originales, traducciones de poetas extranjeros. En resumen, se le ha perdonado, en parte, y gracias a su buen hacer, demostrado con creces a lo largo de su obra, la travesura.

Creo, sin ánimo de ofender, que estos acercamientos demuestran una gran ceguera, un anquilosamiento de ese sentido crítico que, como sugerí al principio a través de la cita de Eliot, es necesario afinar y desarrollar continuamente.

En mi opinión, lo que Martín pone en práctica en “Adulto extranjero” es un ejercicio de pura sabiduría literaria, valiente y perfectamente justificado. No sólo no se deja seducir por los espejismos que abundan hoy día en la poesía joven española, por las falsas, cuando no ridículas, renovaciones, sino que revela, gracias a un conocimiento profundo de lo que Hamburger llamó “la tradición universal”, la inanidad rampante de muchas de esas pretendidas rarezas. Frente al solipsismo, a la asunción descarada del desencanto y a los barrocos, por no decir abstrusos, pasatiempos lingüísticos y sofisterías, la poesía de Martín da testimonio de un mundo que carece de un sentido holístico, donde las posibilidades de crear ese sentido tienen tanta importancia como la ausencia que manifiestan. Es decir, asimila la lección de uno de sus maestros, Charles Simic, y nos habla de la imposibilidad de alegorizar, al mismo tiempo que nos muestra el anhelo de una comprensión que, sólo en ocasiones, adquiere tintes religiosos, pero que siempre tiene raíces morales, comprometidas con el mundo y con la realidad. La consecuencia de esto es una celebración, una esperanza que elude astutamente tanto los procesos destructivos gratuitos como las resacralizaciones; es decir, que evita los dogmas gracias a una mirada que conecta la gravedad de la tierra (su clasicismo, su autobiografismo, su atención a las lecciones aprendidas de su paisaje, de sus ancestros, de los grandes poetas de todos los tiempos) con la levedad, el juego, la mirada del niño, el humor aéreo al que accede por su posición privilegiada, yendo, como va, a hombros de gigante.

Si hay algo que no existe en esta poesía es la ambigüedad. Los supuestos dos poetas que habitan en el autor de “Adulto extranjero” son el mismo; ambos creen en la claridad, ambos miran el mundo, la realidad, la Historia, desde el amor y el dolor, o, como le gusta decir a Simic parafraseando a Walpole, y ofreciendo de paso una definición casi perfecta, para mi gusto, de la ironía: ambos miran el mundo, y a sí mismos, desde la tragedia, porque sienten, y desde la comedia, porque piensan.

En cuanto a la renuncia a la prosodia clásica, son precisamente la claridad y la tradición entendida en sentido lato las que propician esta nueva musicalidad, repleta de sutilezas y capaz de alcanzar una naturalidad en la dicción que se aproxima bastante, desde el punto de vista ético y estético, al ideal de algunos otros maestros de Martín, como Milosz y Zagajewski.

Y es que, en cierto modo, sería un poco absurdo pretender desligar al López-Vega traductor del López-Vega poeta, aunque sería más absurdo aún no ver que debajo de esta relación no late oportunismo alguno, ni una ambición vulgar, sino algo muy parecido a aquello que Mandelstam llamó “nostalgia de una cultura mundial”, o, dicho de otro modo, anhelo de civilización, algo a lo que la poesía jamás renunciará, algo a lo que no podemos permitirnos el lujo de renunciar, y que Martín pone en práctica no sólo traduciendo y escribiendo poemas, sino viajando, “dándose de baja en el contexto”, como dice él citando a Espmark, para radiografiar el mundo consigo mismo dentro.

Adulto extranjero”, dos palabras que remiten a lo más básico de nuestra concepción de la realidad, el tiempo y el espacio, a lo más básico de la condición humana, la soledad y el exilio; y una ausencia, la de la conjunción copulativa, que ni las une ni las divide. Dos palabras: una extrañeza, una definición burocrática que deviene resumen de una vida (podrían servir, entre otras cosas, como epitafio), una irónica, por fallida, es decir, por mostrar su conciencia de la incompletitud al mismo tiempo que su eficacia metafórica, afirmación de la identidad.

Me parece que una crítica que pretendiera de verdad ser justa con este libro tendría que señalar, antes que nada, la riqueza que contiene. La amplitud de la mirada: en él encontramos al poeta capaz de, como decía Brodsky de Auden, ir con el Tiempo (así, en mayúscula); capaz de regalarnos textos conmovedores, por su lucidez, por su desnudez, como “Última lección”, “Cuadros de Brueghel” o “Contra el sentido”; al poeta que, siempre sin alardes, no pierde de vista a su auténtica interlocutora, la poesía, la lengua, y la celebra con devoción y ternura, como en “Sítula de Vacê”; al que no sólo no recurre a metafísicas pueriles (afirmarlo sería como decir que los poemas de Juan Ramón Jiménez son pretenciosos o están superados) sino que trasciende el impulso metafísico y nos sorprende con revelaciones sobre los vínculos entre la verdad y la belleza, como en el extraordinario “Epifanía de la poesía”; al poeta capaz de retratar las incertidumbres del amor, de dar una vuelta de tuerca a los modelos tradicionales, como en “Albada”; al autor de elegías que se transforman, con una naturalidad magistral, en plegarias atravesadas por el Ángel de la Historia, frágiles y luminosas, como en “Gianicolo” (Cito: “De la ladera viene un olor / a lavanda, y el siglo XX duerme junto a los demás / cadáveres, allá abajo, y podemos por un rato / permitirnos poemas paisajísticos. Sé tú, / siglo XXI, la oveja blanca de este rebaño, / sé tú el cauto, sé tú el piadoso.”); al que da testimonio de lo grotesco de este nuestro mundo parodiando de paso a los que asumen lo grotesco para dotar a su pequeñez de pertinencia, como en “Leyendo el periódico en voz alta”; al que contrapone la comedia visionaria, como en “Expongo mis ideas sobre el fin del mundo”, a su trágico anhelo de milagro, como en “Birkenau en diciembre”; al pintor medieval de megalópolis contemporáneas, como en “D.F.”; al artesano capaz de recibir de la tradición metáforas hermosas y acogerlas de modo que permanezcan libres de deterioro, conservando siempre su condición de hijas predilectas del Tiempo, como en “Varnatt i Hagen” (Cito: “Pensabas que la penumbra / había enfriado ya todo el bosque / y de pronto lo descubres, / el último rayo de sol / bebiendo a escondidas en un charco, / como un ciervo dorado, / intocable, / creíble promesa de eternidad”); al que acepta la inevitabilidad de su duelo, su imborrable conciencia de la pérdida sin caer en la desesperación; al que reclama, sin panfletos, sin retóricas, el lugar de la poesía como creadora de civilización y como depositaria de nuestra inteligencia, de nuestra capacidad de sentir compasión y de reírnos de nuestras pretensiones.

Brodsky, con la brillantez acostumbrada, definió la poesía de Zagajewski, una poesía muy distinta, al menos formalmente, de la suya, con el epígrafe “la musa urgente”, aludiendo así a su carácter necesario, a su claridad, accesibilidad y a su defensa de un humanismo y de un sentido de la trascendencia libre de solemnidades y místicas pedanterías. Zagajewski, en su urgencia, fue aún más explícito: “La poesía es búsqueda de resplandor”.

Os dejo ya con los poemas de “Adulto extranjero”, con su “musa urgente”, con la excelencia de su sentido del humor, con su sobriedad amiga, con su exquisita atención a los detalles, con su búsqueda de resplandor.

Muchas gracias.

Abraham Gragera


Publicado el 16/2/2011

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