Noticias y crónicas

Carne de píxel y España, presentados por Jordi Carrión

PRESENTACIÓN DE AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO Y MANUEL VILAS

Jordi Carrión

Texto leído en la presentación de Carne de píxel de Agustín Fernández Mallo y España de Manuel Vilas. Viernes, 9 de mayo, librería La Central de Barcelona.

Una de las mejores imágenes que el cine reciente nos ha dado de la colisión del presente con el futuro es la del choque de Death Proof, de Tarantino. Las cuatro chicas se dirigen hacia el impacto sin saberlo, cantando, en un oasis de música; mientras tanto, Stuntmant Mike, el psicópata encarnado por Kurt Russell, adelanta por la izquierda, da media vuelta, apaga las luces y acelera en sentido contrario. Boom. Tarantino repite la escena del choque cuatro veces, focalizándose cada una de ellas en una de las chicas. Esa es la forma elegida por Tarantino para representar el conflicto del tiempo. Porque así es el choque del presente con el futuro: colectivo pero absolutamente individual. Repetido más tarde, infinitamente, por la memoria.

El pasado, en poesía, es bicéfalo. Se llama Walt Whitman. Se llama Charles Baudelaire. Toda la poesía contemporánea viene de ellos. La memoria, la ciudad y el yo, en estrofas clásicas con variaciones sutiles: Baudelaire. El sexo, la naturaleza y el yo, en verso libre y enumeraciones cáoticas: Whitman. Sólo algunos poetas han ido más allá: Vallejo, Celan. En castellano, Lorca y Neruda son Whitman. Borges y Bolaño son Whitman y son Baudelaire. En inglés, Ginsberg es Whitman. En francés, el surrealismo es Baudelaire.

Esta es la tradición de Manuel Vilas, cuya Zeta es Baudelaire pasado por el surrealismo y por la Generación Beat; cuyo Whitman es el de Lorca y el de Neruda, quien en Magia rechaza a Rilke, a Juan Ramón Jiménez, a Jorge Guillén. La segunda sección de su poemario Resurrección se llama “Vida española” y empieza con un poema cernudiano que es una enumeración caótica que resume la literatura española. La segunda sección de su novela Magia se llama España y empieza con una caótica orgía en Carrefour y MacDonalds, a las once de la mañana, todos follando y metiéndose pan Bimbo por el culo. El primer fragmento o poema de Carne de píxel acaba así: “Ahora yo ya sólo aspiro a las enumeraciones”. Caóticas, yo añadiría. En el poema 22.1 de Joan Fontaine Odisea citaba a Rilke. No sólo en eso Agustín Fernández Mallo y Manuel Vilas, o Manuel Vilas y Agustín Fernández Mallo, tanto monta, monta tanto, son antitéticos (me refiero al hecho de que uno sea fiel a una tradición y el otro, en cambio, haya hecho de la promiscuidad absoluta su orgiástica tradición). También lo son en muchísimas otras cosas. Por eso son dos creadores auténticos, aunque haya en sus obras cierta fascinación por el simulacro.

Pero, pese a sus diferencias, han coincidido con otros dos libros. Han sintonizado, entre ellos y con su tiempo histórico –con su futuro. En España leemos: “este poema en prosa (todo es prosa ya)”. La prosa: el blog. Carne de píxel es poesía y es prosa, como lo son sus libros Creta Lateral Travelling y Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del tractatus. La prosa: el blog. Ambos libros saturan su prosa de todo lo que es contemporáneo, con la conciencia de que lo actual reactualiza la tradición, de que en cada palabra –al ser escrita, rescrita– está esa palabra en todos sus usos y significados anteriores. La saturación de niveles de discurso y de referencias de todo tipo, la parcelación de la narración, la exaltación de la imaginación y la nostalgia por un mundo que ya nunca será el nuestro, porque el nuestro es un automóvil con la música a toda pastilla, unen estos dos libros estrictamente coétaneos. Que sintonizan no sólo con el blog, sino con youtube, con Google, con la lectura simultánea, a saltos, de la pantalla, de las pantallas. Obviamente, pese a esa sintonía o al margen de esa sintonía, la exigencia lingüística es tan elevada que nos encontramos ante alta literatura. Alta poesía: que mira al futuro en vez de regresar una y otra vez sobre la herencia de Whitman y de Baudelaire, aunque sea infinitamente reactualizable, como búsqueda de la forma de lo futuro. Porque el futuro no existe y no tiene forma; pero lo futuro, con ese artículo neutro, parece existir y parece ser formalizable. .

El aleph ha llegado y se llama Internet. Nos ha convertido a todos lo escritores en Carlos Argentinos Daneris, paralizados por lo inabarcable. En Internet, como herramienta de conocimiento, y sobre todo en lo que Internet ofrece, a lo que da acceso, está el gran problema y el gran tema de nuestra época. “La grande aspiración del arte literario en nuestro tiempo es dar forma a todo esto”. Eso no lo digo yo, lo dice Galdós. Él se refiere al reto de su época: la clase media, sus problemas, sus ideales. Yo me refiero a la mía: Internet y lo real, la realidad y el simulacro, su difícil, fascinante convivencia dentro de la representación, con el futuro (que no existe) cada vez más cerca. Galdós y yo compartimos la obsesión por la forma. Cómo dar forma a todo esto. En su ensayo sobre Hitchcock, Žižek escribe: “Hay toda una serie de procedimientos narrativos en la novela del siglo XIX que anuncian no sólo la narración cinematográfica estándar (el intrincado uso del ‘flashback’ en Emily Brontë, o de los ‘cortes’ y los ‘zooms’ en Dickens), sino también a veces el cine modernista (el uso del ‘fuera de campo’ en Madame Bovary): como si ya estuviéramos ante una nueva percepción de la vida, pero que todavía había de buscar los medios propios para articularse, hasta que finalmente los encontró en el cine”. Concluye que el cine de Hitchcock anuncia procedimientos de comprensión de la vida que se materializaron con el hipertexto y con lo virtual.

Creo sinceramente que en la intuición poética de Agustín Fernández Mallo y de Manuel Vilas, o de Manuel Vilas y Agustín Fernández Mallo, tanto monta, monta tanto, hay vías para entender el hombre del siglo XXI. Para formalizar lo futuro. No es casual que estos dos libros compartan una intuición de la forma: prosa que todo lo absorbe, parcelación textual, elevación y descenso continuo entre niveles discursivos. El presente en los tiempos de Brönte, Dickens o Flaubert era otra cosa. La aceleración y la innovación tecnológicas, ahora, son tales que todo es futuro: hasta el pasado lo imaginamos ya gracias al futuro. En ese contexto, la escritura sigue siendo lenta; pero mucho menos que en los tiempos de Lorca o de Vallejo. La literatura de estos dos señores es rápida. En un sentido absolutamente positivo: nos permite adelantar al presente, por la izquierda, para ver cara a cara al conductor que viene en contra nuestra. Convertir el perseguidor (la tradición) en el perseguido (el futuro, Internet, el aleph). Para enfrentarnos a un conductor anacrónico, psicópata, ridículo; un actor fracasado, un zombi, que regresa de entre los muertos para plantarnos cara. Estos dos libros son sendos volantazos. Que cada uno entienda como quiera la metáfora.

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Publicado el 14/5/2008

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