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EN MONSTRUOS EN SU LABERINTO
Como toda
forma de arte, la poesía es celosa de sus márgenes. Sucede --cuando
sucede-- indivisible de su propia voz, como sujeto y objeto de la
memoria. Recordar un poema memorable es volverlo a producir, aunque la
voz, en ocasiones, sea hipotética, quizás un falsete modulado por el
paso del tiempo o los hábitos comunales. La voz (o el habla, si
preferimos la mitología saussuriana) es el límite y la materia del
poema. La traducción, entendida en rigor como el volcado de
significados a otros moldes lingüísticos, sería por tanto ejercicio
improcedente y estéril para la poesía, que tiende a la simpleza de lo
elemental y, en consecuencia, es impermeable al escrutinio analítico
que se requiere en un traductor. Sin embargo, esta condición no ha
impedido que la poesía haya sido inagotablemente traducida de lengua en
lengua desde antiguo. O, para entendernos mejor, desde que los poetas
romanos se erigieran en lectores apasionados (extremos, diría Eduardo Moga) de los poetas griegos.
Pero quizás nunca se haya vendido tanta poesía traducida como en estos
últimos tiempos de nuestro país, hecho que debería llevarnos a alguna
reflexión. Acaso estemos ante un espejismo, el de la presunta
portabilidad de la literatura y ese extraño especimen de lector moderno
y cosmopolita, ávido de acceder a todas las tradiciones poéticas,
demandando una producción en masa cuya mejor caricatura bien podrían
ser los pobres algoritmos del traductor de Google. El lector moderno,
desesperado por pulsar el botón que le desvele todos los códigos,
tiende a olvidar que el traductor de poesía no es un engranaje de
sapiencia gramatical a su servicio. Mejor asumir aquí el vocablo
"traducción" en toda su impropiedad, pues la poesía es maestra de
impropiedades lingüísticas, de contradicciones y encrucijadas. Asumirlo
y aceptarlo como un juego, una mitología más, lo mismo que si nos
dejamos llevar de grado, cuando apetece, por la superstición de los
géneros literarios, o las fábulas de los filólogos y los diccionarios
en torno a ese raro néctar llamado "fidelidad al original". Pero el
poeta que traduce no es ni un traidor ni tampoco un mensajero
altruista. En el fondo no sabemos quién es en su instante legendario de
creación. Tal vez se parezca a un viajero maniático y obsesivo. Quien
lee su trabajo no accede tanto al lugar de destino, el esperado
desciframiento de la voz extranjera, sino a esa enfermedad que es el
propio viaje. Y el poema, lo que queda, no es fiel a nada sino a sí
mismo, un objeto más, inocentemente amoral frente a la realidad
intraducible a la que, sin embargo, pertenece.
Hemos incluido en este nuevo laberinto a ocho poetas que escriben en
español junto a un variado grupo de poetas traducidos por aquéllos. El
propio juego del laberinto propicia la confusión de causas y efectos, y
cada texto bien podría leerse en términos absolutos.
Juan Manuel Macías
***
En el año
2003, y con el título de Por vivir aquí, Bartebly Editores
publicó una antología de poetas catalanes en castellano, un
proyecto dirigido por Manuel Rico que daba cabida a una veintena de
autores nacidos entre 1952 y 1971. La muestra de poemas y poetas que
se esconde en nuestro laberinto toma su punto de partida temporal más
o menos donde acababa el de aquella selección, a pesar de que sus
objetivos difieran en gran medida, ya que si entonces se trataba de
dar eco a una serie de escritores consagrados o en vías de estarlo,
aquí se trata más bien de rastrear una posibilidad, de plantearse
una hipótesis, a partir de una serie de preguntas con múltiples
implicaciones: ¿se escribe poesía joven en castellano en
Catalunya?, ¿cómo es esa poesía?, ¿a qué impulsos, ambientes o
influencias responden sus representantes?, ¿a qué obedece su
elección lingüística?, ¿su escritura, como ellos, es bilingüe?,
¿cuál es su relación con los poetas que escriben (sólo) en
catalán?, ¿existe la más mínima consciencia de grupo?, ¿sostienen
una estética común?
Lo decimos ya:
la mayoría de estas preguntas quedarán sin respuesta, pues a pesar
de actuar como acicate de la presente antología, exceden de largo
sus posibilidades. Valga nuestra propuesta, en todo caso, como paso
inicial, como primera aparición conjunta de un grupo de poetas que
vienen desarrollando sus trayectorias de formas muy diversas y que,
acaso sin saberlo, ofrecen interesantes puntos de intersección que
al lector, si le apetece, le tocará descubrir. Trece
son los monstruos que se esconden en este laberinto, el más joven de
ellos nacido en 1986, el mayor en 1974. Todos son de Barcelona o
alrededores, o al menos han vivido aquí durante la mayor parte de sus
vidas. Todos se sirven del castellano, pese a que algunos de ellos
utilicen también el catalán como lengua de creación. Todos escriben
desde la más absoluta libertad, sabedores de que la literatura se
justifica por sí misma, más allá de proclamas, de politiqueos y de
intereses creados.
Ludovico Morales ***
El sueño de la razón produce monstruos,
como bien podría haber dicho el gran poeta apócrifo
Ferdinand de Saussure. Pero la vigilia de los monstruos edifica
laberintos para encerrarse dentro, y trazar un límite, un
delirio de pasadizos y rincones entre la cosmética de la polis y
la furia que obedece a ese orden más oscuro, más
secreto del caos. El laberinto niega el tiempo lineal, la evolución y el
principio de causalidad. El héroe que viene de la polis pretende
desentrañar un enigma, abrir un único camino, encontrar
al monstruo, darle muerte y resolver el laberinto. El monstruo prefiere
recorrer el laberinto por el puro gusto de hacerlo, sin
pretensión de hallar una salida. Irá encontrándose
con sus propios rastros una y otra vez, aquí y allá, no
sólo por el camino correcto, sino por las infinitas calles
ciegas. El eco multiplica, dispersa y confunde las pisadas.
¿Quién es el que persigue, o el que espera, o el que
acecha?
Juan Manuel Macías
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