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Una
sextina soez
A nardo y a
tristeza sabe el coño,
a mar endurecido; asoma el
chichi
como una fruta: pulpa rubí, raja
sonriente de
tubérculo, enjuto higo
de semillas salobres y de
labios
pugnaces. Una estrella es la vulva.
Pero no
siempre he amado a la vulva:
la he negado a menudo. Ha sido el
coño
lugar de espanto y plomo, cuyos labios
incomprensibles
me vencían: chichi
que mata, almeja musculada, higo
voraz;
anonadado por la raja
me he sentido,
comido por la raja
que comía. Y hogueras en la vulva
me
bañaban; y filos en el higo.
Sin embargo, he sabido que era
el coño
un lugar santo, y he abrazado el chichi
con la
piel, y el espíritu, y los labios,
y el
pensamiento. Sangre de sus labios
—ambrosía— he bebido;
y de la raja,
frutos benignos. Me ha ganado el chichi;
en las
profundidades de la vulva
me he adentrado, por ver qué
oculta el coño,
de qué higuera inguinal brota el
higo.
Hoy no me
asusta: vivo por el higo,
y cifro mis deseos en sus labios.
En
calles y despachos busco el coño;
pretendo, hiriéndola,
sanar la raja;
quiero la piedra viva de la vulva;
que no haya
día sin la luz del chichi,
ni sin su hiel
amable: sea el chichi
mi criado y mi señor; endulce el
higo
mi lengua y mi mirada; arda la vulva
en fuego vertical, y
que mis labios
la silencien, posándose en la raja
como
la aurora en la noche. El coño
me nace; el
coño me deshace. El chichi
me acrece: es rosa, es higo, es
agua, es labios.
Ensánchese la raja; ore la vulva.
[Poema IV de
Seis sextinas soeces]
Publicado
el 5/3/2009
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