Eduardo Moga

Una sextina soez

A nardo y a tristeza sabe el coño,
a mar endurecido; asoma el chichi
como una fruta: pulpa rubí, raja
sonriente de tubérculo, enjuto higo
de semillas salobres y de labios
pugnaces. Una estrella es la vulva.

Pero no siempre he amado a la vulva:
la he negado a menudo. Ha sido el coño
lugar de espanto y plomo, cuyos labios
incomprensibles me vencían: chichi
que mata, almeja musculada, higo
voraz; anonadado por la raja

me he sentido, comido por la raja
que comía. Y hogueras en la vulva
me bañaban; y filos en el higo.
Sin embargo, he sabido que era el coño
un lugar santo, y he abrazado el chichi
con la piel, y el espíritu, y los labios,

y el pensamiento. Sangre de sus labios
—ambrosía— he bebido; y de la raja,
frutos benignos. Me ha ganado el chichi;
en las profundidades de la vulva
me he adentrado, por ver qué oculta el coño,
de qué higuera inguinal brota el higo.

Hoy no me asusta: vivo por el higo,
y cifro mis deseos en sus labios.
En calles y despachos busco el coño;
pretendo, hiriéndola, sanar la raja;
quiero la piedra viva de la vulva;
que no haya día sin la luz del chichi,

ni sin su hiel amable: sea el chichi
mi criado y mi señor; endulce el higo
mi lengua y mi mirada; arda la vulva
en fuego vertical, y que mis labios
la silencien, posándose en la raja
como la aurora en la noche. El coño

me nace; el coño me deshace. El chichi
me acrece: es rosa, es higo, es agua, es labios.
Ensánchese la raja; ore la vulva.

[Poema IV de Seis sextinas soeces]

Publicado el 5/3/2009



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