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Fragmento
de La luz oída
QUÉ
dentro hay un sol. Cómo grana en el ataúd
invisible
del cuerpo. Cómo arraigadamente
brilla, con qué
penumbra de asombrado meteoro,
con
qué óptima quietud. Alamedas en vilo
esperan,
junto al músculo, que se vacíe el fuego
que
impregna la noche. Es la tea, cerrada,
que
regresa; es el rayo inverso que revela
con su voz seminal las
posibilidades
del hielo. La ceniza se desangra. El
cereal,
acercándose,
busca gargantas donde hurtarse
a
las ardientes lluvias, cimientos para el puente
que
sólo han de pisar los vivos, los inermes,
los
que han sanado. Toros que respiran como arcos
tensados: aún
no. Acérrimos caballos
que optan por el seísmo: no.
Agua que se vertebra,
como
un súbito cuello, o clavos que la hieren:
todavía
no. Tierra sin sexo que ofrece
su
vuelo, su
lentísima energía, a los árboles
impacientes;
penínsulas faltas de sol y omóplatos,
donde
vertiginosos peces, inacabados
todavía,
ignoran el fluir de los sudarios.
Es
demasiado pronto para el tiempo. Los líquenes
crecen
en las saetas disparadas. Los fetos
brotan como cardumen y esbozan
fidelísimos
músculos,
pero encuentran, antes de concluirse,
su
cadáver exacto. Los galápagos son
jóvenes
como el frío. La carne es un minúsculo
tren.
El cielo se va. Los ojos, detenidos,
son
jazmines sin ímpetu. Sólo un viento de huesos
que
protestan agita los cuerpos indecisos
para
que vean cuántas ruinas en el latido,
con qué
germinación las sombras cristalinas
vuelven
a su semilla. El silencio contiene
silencio
de mar, pétalos de explosiones, eclipse
de volcanes,
fusiles que relinchan, cerveza
inaudible; designa los sonidos, los
piensa
con
paciencia de miel, con terquedad de proa,
como
si fueran, ay, el aire de un insólito
cadáver o las
ígneas mieses en cuyas simas
se enamoran las águilas
(…).
[Fragmento
inicial de La
luz oída]
Publicado
el 5/3/2009
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