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Poema
de Cuerpo sin mí
[VUELVEN
LAS HOJAS…]
Vuelven
las hojas
a su
quietud:
anclan
en los bajíos
del aire y distribuyen su oro mustio
como
bisagras
que unieran
los
ángulos dispersos
del azul, los segmentos ácueos
de
una transparencia impenetrable. Tosen
los coches, y su tos
ahoga
el bullir gris del día,
la excitación de
los ladrillos
y de la hierba, por la que transitan
perros sin
cuerpo y árboles sin cuerpo
y gente convencida de
saber
quién es o a dónde va. Las hojas alumbran
la
sombra,
fabrican
la
sombra que ya mancha
los
huesos,
que ya se esparce, como una adherencia
fuerte, por la
avenida
del tiempo.
Y
en el silencio
procuran selvas suaves, susurros espinosos,
secos
silbidos de metal.
Ayer bebimos vino. La noche era
sonora. Las
palabras
se diluían en el aire pétreo
del
comedor: se ensortijaban
y ascendían, primero, como
mangle;
después, colgadas
de las volutas
que
revelaban
las formas escondidas en lo informe,
lamían
las molduras
y el sudor, y, tensadas por su casi
inexistencia,
se precipitaban
en
la realidad
con firmeza de sueño, como témpanos
en
ascuas.
Al borde de su desintegración,
nuestras palabras
nos miraban
como si no
reconocieran
nuestros labios,
o como a prensas que las troquelaran:
las
bocas eran eslabones
gelatinosos,
lombrices
que sangraban
y reían. La luz, expulsada del mundo,
pero
inexplicable sin el mundo,
se solidificaba en las esquinas
y se
vertía en la conversación
y, sutilmente,
satinaba
los lóbulos,
y
afilaba los pezones,
y prosperaba entre los muslos,
en cuyos
desniveles amelocotonados
adquiría matices
felinos;
la
luz, más tarde,
se fragmentaba en instantes,
y llovía
como ámbar doloroso,
y conciliaba
los
labios con los labios,
la voluntad de ser con el miedo a ser,
la
permanencia con la huida.
Dolía el rictus del televisor:
su
abejeo oscurecía
la ropa
y
exasperaba
a los cuchillos, e instalaba
su amoratado
zigzag
entre los brindis
y
las caricias.
Había terminado de comer. (El olvido
es lo
que queda cuando ya
no
queda nada:
lo que hay en el plato cuando el plato
está
vacío).
Perseveraba
la
nada entre los flejes de la noche:
bolas de sombra rebotaban
en el gres, y en las lenguas
crecían máscaras
y
calcificaciones. ¿Qué pulsión
a la que nunca
he visto el rostro me confina
en este islote de metacrilato
y
grasa,
en este haz de
presencias
que
son envés
de mi presencia? ¿Qué me une a las
lámparas,
a su tenacidad azafranada
y muda? ¿Qué
me obliga a compartir
cuerpos que no comparto, cuyo fin
es
revelarme
que el otro es soledad, que el hartazgo es
soledad,
que los días son
soledad, y que yo soy muerte?
¿Por
qué respiro, pues? ¿Por qué
sonrío,
pese
a lo leve de los labios,
pese al mundo? ¿Por qué
atiendo al crepitar
de las lenguas, si sé
que mastico
insomnio y sueño,
si en el café se mezclan el
azúcar
y la maldad,
si
me poseen por igual
el agua y las mandíbulas, la cárcel
y las alas?
La cena no ha acabado; y las distancias
se
agrandan, aunque roce el cuerpo
de quien se sienta junto a mí.
[Poema
XI de Cuerpo sin
mí]
Publicado
el 5/3/2009
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