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Poema de Bajo la piel, los días [TIENE EL CUERPO ANCHO…] Tiene el cuerpo ancho; la constituye una pureza redondeada. Verifico el himen: un lienzo sin estrías, de un granate próximo al escarlata, como el corazón de una geoda. Está temblando, pero su temblor no se corresponde con mi pasividad. [Es el fruto de la inminencia: la previsión de una puñalada líquida]. La piel se inclina: el sol —que penetra en el cuarto por las aberturas de las persianas, aunque haya tenido la delicadeza de bajarlas— le inyecta turbiedad; la vulva dentellea, contraída por la voluntad de asir, pero no encuentra objeto; las axilas resplandecen de albúmina, secretada por la anticipación del placer [el orgasmo es una idea, a cuya formulación sirven los mecanismos del cuerpo: se requiere la información que aportan las células y la lucidez desesperada que inspira el miedo; ambas obran con sigilo, como escolopendras que se introdujeran en una casa por una irregularidad de sus cimientos; también participan el recuerdo de las pieles con que nos hemos abrigado y el de las pieles que hemos oído, las esquirlas del azar y el daño, la ceniza y la humedad de la ceniza]. [Otro temblor, recorrido de azul —un azul que desagua en negro—, me rodea: lo tiznan reminiscencias de mandarina. Olas lábiles se alían con encinas que cuchichean, y de su alianza resulta un rumor de plata, afilado como el oxígeno. Hay una ventana abierta, por la que olemos el mar, y una luna voluminosa, apoyada en su alféizar, y un revuelo de pieles, entre sábanas acuosas, en las que hemos escarbado. Las gaviotas orlan la caperuza tintada del Peñón con el encaje de su planear ceniciento. Dices: a lo que renuncio es lo que construyes; huyo, pero no me muevo; abasteces mi miedo, y lo transformas en ojo que lame, en soledad que palpa; oscuro, agregas luz]. Está en la cama deshecha; se deshace también, modigliani gruesa. Distingo las melladuras de su sonrisa, rodeada de un carmín exhausto. La piel oscila del rosa al atardecer: posee una tersura ctónica, de negruras intermedias. Destacan los pómulos, los pezones, la vergüenza: el andamiaje turbulento de la sangre. Observo que los pies no son feos [casi siempre lo son: me sorprende su regularidad, que sólo hallo en los de los niños]. Compruebo su entrega y su turbación: se asoma al abismo de lo sólido. Sigue temblando, y me espanta mi serenidad. Husmeo en la vagina: mi lengua husmea. Nos miran las cosas enturbiadas por el deseo, que se filtran por el alambique de la penumbra. Oigo, en la habitación contigua, la conversación estruendosa de los vecinos [son negros; la noche anterior les pedí que hablaran más bajo: no me contradijeron, pero no hablaron más bajo; de hecho, tocaron un tambor]. Quédate, me dice. Tengo que irme, le respondo. Me fela, pero me retiro: siento sus dientes; roza la mordedura. Suena el teléfono. He de contestar, le digo. Lo hago. «Ahora es un mal momento», digo. «Me lo imagino», responde mi interlocutor, cuya sonrisa oigo. Cuelgo. Vuelve a chupar, sujetando el caño con ambas manos. Esta vez comete el error contrario, y no aplica la suficiente presión. No tiene costumbre, conjeturo. Lamo yo. Tengo miedo de hacerle daño. Me aprieta la cabeza con los muslos: muslos columna, muslos mandíbula, muslos mazorca. Siento la rojez de su ansiedad; el placer que le proporciono es agridulce, como su coño. La penumbra se blanquea, lijada por el sol; braceamos en la penumbra como en una piscina amniótica. Su cuerpo se instala en mí, encendido y helado: escala, escupe, interroga. ¿La razón de que no la desflore es que no creo que deba ser yo quien lo haga, como argumento, o que no estoy seguro de satisfacerla, es más, que no me siento capaz de vencer la pereza —y el temor— que me inspira esa obligación? ¿Creo en lo que hago? ¿En los dientes, vagabundos, que abrazan a otros dientes, y despeinan a las mucosas, e indagan en la lava leve de la saliva? ¿Creo en la muchedumbre de las manos? ¿En los testículos que se extravían en su boca, y en los que tamborilea la lengua? [Las palabras no tienen cuerpo; o bien su cuerpo se agrieta, como una lechada antigua. Ya no puedo cancelar sus fisuras, su rubor encrespado, su enfermedad de tea. Las palabras afirman, pero su afirmación no constituye ninguna certidumbre. Las encalo, pero me incriminan; hurgo en ellas, pero eluden mi abrazo: saben de su debilidad, que es la mía. Escribo y detesto escribir; la escritura, no obstante, me viste: es otra desnudez]. Le devuelvo las bragas. Le regalo libros con los que no quiero cargar. Cierro la maleta. [Poema III de Bajo la piel, los días, inédito] Publicado el 5/3/2009 |