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Caricias perplejas En las piedras de Cercedilla no sólo se puede escribir; a veces hasta es posible pensar. Y yo muchas veces me siento en uno de esos antiguos granitos y adopto una postura milenaria, con el mentón sobre los nudillos y la mirada grave, para devanarme en un misterio aterrador, que ahora les participo. A saber: ¿Por qué en este país (es decir, el mundo) hay tantísimos semejantes dispuestos a escribir un poema, tan poca gente que quiera leer un poema, tan poquísima proclive a comprarse un libro de poesía y sólo cuatro o cinco quieren ser concertistas de violín? Es una vieja pregunta que todavía no tiene respuesta. De los cuatro o cinco que quieren ser concertistas de violín tal vez les hayan tocado como vecinos esos dos que deberían tener una orden de alejamiento de instrumeno tan delicado. Si es así, lo lamento profundamente, sobre todo si están pagando una hipoteca. No queda más remedio que asumir el error estadístico, comprarse tranquilizantes y evitar los impulsos homicidas. Ahora bien, los blogs, las bitácoras, han multiplicado y amplificado la anomalía de que hablo hasta el paroxismo. Tener un blog se ha llegado a normalizar tanto como tener una lavadora. Basta con un ordenador y una conexión a internet para publicar y publicar. Publicar y no leer. Imponer. Exhibirse. Pero los blogs son un fenómeno que no merece ser despreciado. Como mínimo hay que intentar entenderlo, sobre todo en lo que nos ocupa, que son los blogs literarios en general y de poesía en particular. Basta con sólo acudir a algunos hechos ciertos. Publicar, para un poeta (se supone que de calidad), es muy difícil, sobre todo si nadie compra libros de poesía. Las revistas de poesía en papel (antiguamente altavoces naturales para un poeta con futuro) están viviendo una crisis evidente; los premios de poesía, legítima posibilidad, están sepultados bajo su propia abundancia. La endogamia, en fin, que nunca es cómoda de reconocer, empieza a vertebrar un ambiente muy complejo. Y frente a esto, sin duda, Internet impone su tumulto y su Babilonia. Pero en toda Babilonia siempre hay alguna esquina de orden. Puedo citar blogs a los que profeso fidelidad: el de Manuel Vilas, el de Julio Martínez Mesanza, el de Jordi Doce, el de Juan Salido-Vico. Y otros que tal vez olvide injustamente. Y sin embargo ahora quisiera hablarles de un blog que vengo leyendo y releyendo con mucha atención desde su nacimiento en el pasado mes de mayo hasta lo que llevamos de verano. Y si esta es una sección de lecturas de verano, justo es que así deje constancia de ello. Tiene un título que es toda una declaración de intenciones: Caricias perplejas. Y detrás de esas caricias está la poeta aragonesa Olga Bernad. Podría hablarles de “frescura”, pero esa es una palabra que cada vez me gusta menos usar y yo tengo muy poco de fresco. Piensen, mejor, en literatura. La literatura de siempre, la que vuelve y nunca abandona, siempre distinta y siempre fiel a sí misma. De los poetas puede decirse lo que se dice de los de Bilbao. Nacen donde quieren. Y un poeta puede aparecer en cualquier sitio, y declararse en cualquier tormenta, incluso entre la confusa e interminable tormenta de los blogs de poesía o pseudopoesía. Un poeta, al cabo, siempre acaba saliendo a la luz más allá de los medios y las escuelas y los círculos. En Caricias perplejas encontrarán, sí, literatura, y acaso se reencontrarán con ese viejo placer de y por la literatura. Prosas y versos, sencillamente. Y una voz, la de Bernad, personalísima e intransferible, una voz que sabe tocar y trenzar las palabras con una precisión envidiable, que nunca engaña con cabriolas de tahur lingüístico, que emociona en su pureza y que llega desde un profundo amor por la poesía en su sentido más amplio y libre, donde mejor respira; un amor como un largo, inagotable deseo. Como en este breve poema, titulado Todo: Sé
desde hace algún tiempo O como en este fragmento del poema Agosto espera, donde ese deseo toma la forma del antiguo mar del verano en la memoria: Siempre
supe que no me dejaría Olga Bernad nos hace partícipes de sus perplejidades. Y yo, para alimentar las mías propias, espero que no deje de escribir y que esta interesantísima, asombrosa bitácora siga creciendo a su aire en medio de los tráfagos de Internet o Babilonia. Al fin y al cabo, lo quiere todo. Publicado el 4/8/2008 Escribir en piedra El camino Puriceli es acaso la ruta más cómoda para practicar en Cercedilla eso que ahora llaman "senderismo", y antiguamente "andar por el monte". Si siguen su placentero itinerario encontrarán, tras un recodo que se ejecuta casi en ángulo recto, una enorme piedra de granito donde se lee, con trazos de pincel y pintura roja, en mayúsculas, esta enigmática inscripción: "caramelos Paco". Supongo que no sería difícil rastrear la historia, pero a mí me da pereza y, además, me encuentro mucho más a gusto en el pensamiento mitológico. De esa manera, uno puede imaginarse a algún caminante ancestral que una vez hizo ese mismo camino con un bote de pintura y un pincel en la mano, para dejar en una piedra de granito su modesto, aunque contundente, homenaje a la marca de caramelos. E incluso cabe pensar en un extravagante y romántico gesto de publicidad por parte de la propia marca, que anhelaba ser conocida sólo en un camino de Cercedilla. Pero, ¿por qué en Cercedilla, por qué en ese camino y precisamente en esa piedra? Aunque uno tienda a las mitologías, ya conocen esa grata máxima de que las mejores historias son las que no se saben o no se cuentan. Ahora bien, puede que la sensación de misterio se tambalee un poco, si yo les revelo la existencia de Caramelos Paco, que es una muy venerable, muy famosa y muy antigua tienda de, evidentemente, caramelos. Está en Madrid, por la calle Toledo. Tal vez la magia que pretendía al principio empiece a deshacerse si les digo que la tienda cuenta con una esmeradísima página web. Y, sin embargo, cada vez que me cruzo con esa piedra y esas palabras, me entra siempre el mismo asombro, y veo a los caramelos Paco con una notable pretensión de eternidad megalítica frente a su dudosa y contingente presencia en internet. Recorro siempre con ese pensamiento encima lo que me queda de camino Puriceli, escoltado por unos pinos tan solemnes como las columnas de un templo. Enderezo hasta el sanatorio de la Fuenfría y retomo la carretera que me devuelve a la civilización. Cualquier lugar con calles y casas es la civilización, cualquier sitio donde los hombres se soporten y se llamen entre sí vecinos. Pero la carretera no me lleva esta vez a Cercedilla sino a Pompeya, sepultada por siglos y lava volcánica. No me sorprendo. Me da igual, Cercedilla o Pompeya. El caso es llegar y descansar de montes y santuarios. Paseo por burdeles y tabernas. Aparto los dioses y los monumentos y el tiempo con manos cuidadosas y acaricio las paredes. Leo las palabras que han escrito mis vecinos, que son una metáfora de mí mismo, con la mano segura que mueve el ocio o el deseo. Están escritas en latín vulgar y las traduce Enrique Montero Cartelle. Las publica Gredos. Hay de todo. Sentencias de alambicada escatología, anuncios de prostitutas, siempre escuetos pero precisos ("Éutique, griega. Dos ases. De complacientes maneras"), graciosas imágenes onanistas ("Cuando el pensamiento de Venus me abrase con ardor insoportable, daré que hacer a mis manos removiendo las aguas"), poesía generalmente mediocre, o confesiones como ésta, de una temeridad sobrecogedora: "Si puede haber fe entre los hombres, sábete que siempre te amé a ti sola desde el momento en que nos conocimos". Pero la inscripción que más me sorprende es la que les copio a continuación, y pienso en aquel vecino mío que descubrió que la palabra Roma era un palíndromo al mismo tiempo que se descubrió a sí mismo decididamente ultraista. Y nos lo quiso participar, quizás también por altruismo: R O M
A Mis vecinos sabían, como Homero, que las palabras tienen alas y se las lleva el viento. Y que después de la voz nada mejor que la piedra. La piedra impone sus leyes y es un remanso para el pensamiento, que gira entre todas las palabras posibles. El hombre que escribe sobre una roca de granito o en la pared de una antigua taberna no quiere que sus palabras sean borradas, sabe que no hay vuelta atrás, no se deja seducir por la luz parpadeante del cursor. Y obtiene, así, una paz que se parece mucho al silencio. Pero hoy estamos en manos de Internet, que es una memoria universal donde nos descargamos de nuestra propia memoria. Es una ameba monstruosa y cambiante donde todo puede ser borrado o enmedado. Los antiguos, es decir, la gente anterior al senderismo y a las tecnologías de la información, sabían muy bien esto. Los griegos y los romanos podrían haber tenido ordenadores e internet si hubieran querido, no lo duden, pero eligieron la solidez de las piedras y los muros para dejar sus palabras, frente a la fragilidad del disco muy mal llamado duro. Nosotros, que ya no andamos por el monte, vivimos presos de la representación binaria, donde las palabras y las frases pueden multiplicarse hasta el cansancio sostenidas por un juego o pantomima de espejos. Pero eso es tan vulnerable. El mundo, como sabía la gente que andaba por el monte, puede terminarse un sinnúmero de veces. Un día se terminó en Pompeya. Mañana nos podemos quedar sin luz, o se pueden venir abajo los servidores como las fichas de un dominó, o alguien querrá hacer explotar las cabezas nucleares que tenía guardadas en su desván, o una civilización extraterrestre creerá oportuno aniquilarnos. Yo qué sé, ya saben que en la sierra del guadarrama somos muy tremendistas. Pero es un alivio pensar que quedarán escritas las confesiones de madrugada, los palíndromos ultraístas y hasta los caramelos Paco, como monumento indeleble de nuestra propia fugacidad. Publicado el 27/7/2008 Teoría y alegato de la mujer dormida Entre Segovia y Cercedilla se alza un célebre y muy esmerado macizo de montañas que aquí llaman “la mujer muerta”. No se advierte desde el pueblo. Hay que subir. Yo lo vi por primera vez siendo muy niño, cuando ni siquiera sospechaba que acabaría viviendo en Cercedilla, en uno de aquellos viajes dominicales, madrileños y pequeño burgueses en el curiosísimo ferrocarril del Guadarrama, que es un tren de juguete para adultos. Recuerdo a aquellos mismos adultos, viajeros del mismo vagón, repetir insistentemente : “Mirad, la mujer muerta”. Y yo, que era un niño muy impresionable, me alarmé bastante. Pero también era un niño muy curioso, y no dejaba de buscar a mi alrededor con un placer de vértigo. ¿Quién sería aquella extraña señora, que estaba muerta? Todos miraban por las ventanillas, y yo imité, y cuando reparé en el perfil que dibujaban las montañas ninguno de esos adultos tuvo que explicarme nada. La mujer muerta, sí. Luego la vi muchas veces, pero nunca con aquellos ojos y con aquella luz. Supongo que la memoria no deja de levantar sus quimeras, y no sé si aquel leve fulgor sonrosado que embozaba esas montañas sólo forma parte de mi deseo. Pero lo cierto es que la primera imagen fue irrepetible. Porque, entre otras cosas, me concedió una certeza que nunca me ha abandonado: la lejana melancolía que puede llegar a conformar el cuerpo de una mujer y que, de hecho, lo conforma y lo sostiene en un leve equilibrio contra la nada. Pegué mi cara al cristal como queriendo olerla y tocarla, pero el tren de juguete entró temerariamente en una curva y ella se fue alejando, lenta. La naturaleza pone los lugares y nosotros los símbolos. Tal vez sea ésa una explicación para lo que llaman pareidolia, la tendencia de la mente humana a crear formas humanas uniendo una serie de elementos aleatorios, en un paisaje, en una cortina, en una nube, etc. Me parece muy humana la pareidolia, sí, y me gusta muchísimo que tal debilidad lleve un nombre tan evocador y tan griego. La naturaleza, por supuesto, nunca quiere decirnos nada. Es un exceso de romanticismo pretender lo contrario. Pero nosotros siempre estaremos gravemente aquejados de símbolos. Uno de ellos puede ser la silueta de una mujer tendida de cara al cielo, con la cabellera desperdigada y la doble pendiente de sus pechos. Tendida. Pero, ¿muerta? Uno puede pensar que aquí en el Guadarrama lo llevamos todo por lo tremendo. Pero buscando en Internet para llenar mis severas carencias montañeras, he descubierto que hay otros macizos de montañas por ahí que inducen a una semejante pareidolia y que llevan el mismo nombre. Todas, inevitablemente, muertas. Es probable que mi humilde equipaje de símbolos no tienda demasiado al tremendismo serrano, porque a mí siempre me ha parecido que el perfil de esas montañas representan, más bien, una mujer que duerme, tendida sobre su espalda. “Mucho sueño para un adulto”, podríamos pensar, citando al gran y escéptico Miguel Gila. Pero yo siempre la he tenido, salvo en algún momento oscuro, por "la mujer dormida", y espero contar con más gestos de adhesión para cambiarle el nombre. Me gusta que en algún lugar de estas sierras, entre Segovia y Cercedilla, insista en su perpetua siesta, con esa inmensidad inalcanzable y tan propia de las mujeres dormidas. No la despiertan ni las confusas, profanas y verbeneras noches de Cercedilla en verano, con sus orquestas de charanga y sus hormonas goliardescas. A ella no, nunca, pero a mí desde luego, me crispan los nervios. Y pensar en disparar a alguien por no poder dormir o querer tener una conversación insomne al menos, me hace recordar muy gratamente a Juan Ramón Jiménez, que sabía muy bien lo rara que se pone una mujer dormida. Lo decía en estos versos que aquí me apetece mucho recordar: Cuando,
dormida tú, me echo en tu alma Estrambote: Muerta, dormida... También hay una tercera posibilidad, y es que tan sólo esté pensando y pensando con los ojos cerrados. Igual, hasta se ríe con lo que escucha. Es probable que algún día se levante. Ese día no será el fin del mundo, pero será un día, desde luego, digno de ver. Publicado el 19/7/2008 Cercedilla, limbo y Valéry Los altos padres de la Iglesia, fieles a su política de ir cerrando los espacios de recreo y esparcimiento, han clausurado el limbo. Ya sólo nos queda el cielo, el infierno y el purgatorio. Este último tiene que ser tan ingrato como los exámenes de septiembre. Los dos primeros necesitan de una gran dosis de militancia y convencimiento. Pero el limbo estaba muy bien. Libres de extremismos, allí las almas flotaban a su aire, sin salvarse del todo pero tampoco sin condenarse por completo. Con ese necesario grado de idiotez, vagaban sin urgencias entre las “ruinas de su inteligencia”, como quería aquel poema de Gil de Biedma. Un buen lugar, sin duda, el limbo, y el sitio idóneo para comprarse y lucir un sombrero panamá. Pero no teman, no todo está perdido. El limbo realmente sigue en pie, con coraje, y lo encontrarán en Cercedilla (Madrid), en los meses de verano. Hablaremos mucho de Cercedilla estos días. Es más, intentaremos crear una mitología sobre Cercedilla, con la excusa de lo que vamos leyendo. El acto de leer también es muy propio del limbo. Hablaremos de páginas de papel y de blogs en internet. Pero también de libreros suicidas y radicales que sólo quieren vender libros. Y de bibliotecarias sarcásticas y heroicas, sin aire acondicionado. Y de lo fría que está la cerveza Mahou. Y hablaremos de las montañas que dicen aquí “la mujer muerta” (o dormida, según esté nuestro grado de optimismo). Y de antiguos capitanes de submarino que no creen en Dios pero sí en el National Geographic. Y de los amigos que se compran un sombrero panamá y dan mucha envidia. Pero también, claro, de las terrazas que se solapan en esa plaza donde todos quedamos y no existe. Porque Cercedilla es el único pueblo del universo sin plaza. Nos contentamos con imaginárnosla. Hace un par de días, por cierto, quedé a tomar unas cervezas en una de esas terrazas legendarias. No sé por qué siempre vuelvo al Cementerio Marino de Valéry por estas fechas, dócilmente. Llevaba conmigo la magnífica traducción y edición de Héctor Ciocchini y Héctor Blas González en la editorial Linteo. Un libro tipográficamente admirable y con unas ilustraciones muy bellas. Era el primero en llegar, me pido una de esas cervezas tan frías y comienzo a hojear el gastado libro. El preciso azar me lleva, como siempre, a aquellos versos de Píndaro traducidos por Valéry: “O mon âme chère, n’aspire pas à la vie inmortelle, mais épuise le champ du possible”. Y luego, paladear esa terrible primera estrofa inicial (cito en la traducción): Ese
techo tranquilo que surcan las palomas, ...Mediodía, el justo (Midi le juste). Y es, sí, mediodía. El mediodía que inventaron los griegos, como tantas cosas notables y transparentes, desde la medida inapelable de su stichedion. Ese punto donde el planeta se detiene, esa porción de nada donde duda hasta la eterna rueda de la batidora elécrica que muele el gazpacho o el sarmorejo, ese vórtice donde todo se contempla desde su propio abismo. Incluso el limbo (que no tiene mar por decisión del pleno municipal), necesita del justo mediodía para recomenzar y recomenzarnos. Publicado el 7/7/2008 |