Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
maciaschain@gmail.com

Vicente Muñoz Álvarez, autor de El merodeador y Los que vienen detrás



Autorretrato

Vicente Muñoz Álvarez (León, 1966) es narrador, editor y poeta.

Ha publicado poemarios: Canciones de la gran deriva (Ateneo Obrero de Gijón, 1999), 38 Poemash (Vinalia Bolsillo, 2000), Privado (Baile del sol, 2005), Estación del frío (Eds. del 4 de agosto, 2006), Parnaso en llamas (Baile del sol, 2006). Relatos y novela: Monstruos y Prodigios (Premio Letras Jóvenes Castilla- León, 1995, Amargord Ed. 2007)), El pueblo oscuro (Las palabras del pararrayos, 1996), Perro de la lluvia (Iralka, 1997), Los que vienen detrás (DVD ediciones, 2002), El merodeador (Baile del sol, 2007), Marginales (Eje Ediciones, 2008), Mi vida en la penumbra (Eclipsados, 2008).Y ensayo: El tiempo de los asesinos (Iralka, 1998).

Ha coordinado antologías como Golpes, ficciones de la crueldad social, con Eloy Fernández Porta (DVD ediciones, 2004), Tripulantes. Nuevas aventuras de Vinalia Trippers, con David González (Eclipsados, 2007), Hank Over: Resaca. Un homenaje a Charles Bukowski, con Patxi Irurzun (Caballo de Troya/Random House Mondadori, 2008. 2ª Edición) o 23 Pandoras: Poesía alternativa española (Baile del sol, 2009.2ª Edición).

Su obra poética y narrativa figura en antologías como Dos veces cuento (Ediciones Internacionales Universitarias, 1998), Poemas para cruzar el desierto (Línea de Fuego, 2004), Voces del Extremo (Fundación Juan Ramón Jiménez, 1999, 2000, 2002, 2006), Cuentistas (Ateneo Obrero de Gijón, 2004), La venganza del Inca. Poemas con cocaína (Cangrejo Pistolero Ediciones, 2007), Poesía para bacterias (Cuerdos de atar, 2008), Qué nos han hecho (IslaVaria, 2008) o Palabras Malditas (Efímera Editorial, México, 2009).

Editó, durante los 90, la revista Vinalia Trippers.

Su blog personal:

http://mividaenlapenumbra-vinaliatrippers.blogspot.com

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Para esta firma invitada, el autor nos ha elegido dos relatos pertenecientes a sus libros El merodeador (Baile del sol, 2007) y Los que vienen detrás (publicado por DVD Ediciones). Nos los presenta con las siguientes palabras:

Los que vienen detrás y otros relatos (DVD ediciones, 2002) reúne varios de los cuentos que durante los 90 publiqué en el fanzine Vinalia Trippers, ilustrados por el maestro del comic subterráneo español Miguel Ángel Martín y prologados por Hernán Migoya.

Estética cruda e hiperrealista, crítica social, ultraviolencia, amor y desamor y crueldad y ternura se dan cita en sus páginas, conformando un libro heredero del espíritu pulp y el realismo sucio norteamericano del siglo xx, del que Miguel Ángel y yo nos consideramos deudores.

El merodeador (Baile del sol, 2007) describe una visión: la de un narrador enfrentado en soledad a sus propios fantasmas.

Durante casi una década, huyendo del esplín de la ciudad, viví en viejas casas de pueblo aisladas y me dediqué, entre otras cosas, a escribir una ficción relacionada con mis percepciones y experiencias de ese cambio de entorno y lapso de vida, cuando menos, alienante y confuso. Lo que en principio iba a ser un retiro creativo y una expansión sensorial, se convirtió paulatinamente en una especie de laberinto de tinieblas y cárcel de sombras que, finalmente, me forzó a regresar de nuevo a la ciudad...

Novela gráfica (monocroma y turbadoramente ilustrada por Toño Benavides) fragmentada y en construcción, diario existencial, monólogo interior, libro de ensueños... El merodeador narra el desasosiego bernhardiano de aquellos días y la sensación de vaciamiento y deriva, de extrañamiento, que a partir de entonces se hizo habitual en mí.

LOS PASOS
(De El Merodeador)

Quien quisiera hacer un catálogo de monstruos no tendría más que fotografiar con palabras esas cosas que la noche trae a las almas somnolientas que no consiguen dormir. Planean como murciélagos sobre la pasividad del alma, o vampiros que chupasen la sangre de la sumisión.

Fernando Pessoa

Se oyen pasos.

Arriba se oyen pasos. En el sótano, en la galería, en el desván, en toda la casa se oyen pasos: un ligero arrastrar de pies, deslizarse a lo largo de los tabiques, en las paredes, bajo la tarima y en los techos. Pasos de animales, de obsesiones, de merodeadores o insectos, pero pasos: inequívocos e irregulares pasos en el interior de la casa. No lo parecen, a veces, como un susurro o un silbido en los tabiques, algo acuoso, una corriente de aire o el agua en la tubería, quizás, porque las casas viejas, los caserones de pueblo están llenos de extraños ruidos, inmemoriales vigas que crujen, que crepitan, ratas en el sótano y en el desván, polillas, arañas e infatigables termitas. Es el pulso, la respiración, la vida interior de la casa, compuesta por cientos de diminutas criaturas, pequeños e inquietos corazones latiendo al compás del reloj de pared que monótono, obsesivo, desgrana en el salón las horas. Pero a veces, en ocasiones, ciertas noches se despierta uno súbitamente y escucha sobrecogido esos nítidos pasos que resuenan por encima del tic tac del reloj de pared y que en nada se parecen a la habitual pulsión de la casa, pasos en las paredes, de abajo a arriba y de arriba a abajo, sobre el techo, irregulares pasos que parecen avanzar hacia ti, acercarse pausadamente a ti, y que se detienen sobre tu cabeza, justo encima, o en el tabique que roza la cama, a escasos centímetros de tu cuerpo, para escuchar tu respiración jadeante y nerviosa, entrecortada, y el acelerado fluir de la sangre en tus venas... O se acompañan, los pasos, de otros ruidos, cuerpos que se deslizan, que se arrastran, que reptan, y arañazos estridentes en la pared... Ratas corriendo, tal vez, o polillas que incuban en la oscuridad sus huevos... Cualquier cosa puede ser en estos caserones de pueblo, con cámaras de aire vacías, aislantes, entre los tabiques interiores y los gruesos muros de adobe que delimitan el exterior. Cualquier cosa: gatas maullando como bebés sobre el tejado o murciélagos batiendo sus alas membranosas en la cuadra. Pero uno tiende siempre a pensar lo peor cuando en las noches de insomnio escucha esos pasos, ratas, merodeadores o insectos acechando tras los tabiques, esperando no se sabe qué ni por qué... Tiende uno siempre a pensar lo peor porque el insomnio es así, dado a fantasmagorías, creador infatigable de monstruos... Ratas corriendo, quizás, o cualquier otra cosa.... niños encerrados, emparedados, llorando... manos amputadas que se abren camino... Delirios nocturnos, por supuesto, divagaciones de una mente agotada, necesitada de descanso y sueño, porque a decir verdad no pueden ser más que ratones, los causantes, ratas o ratones y sus crías, probablemente cientos, que se deslizan y arrastran por esas cámaras de aire a las que no existe acceso. Habría que derribar alguna pared interior para cerciorarnos de lo que allí pueda haber. Claro que entonces habría que estar preparados, habría que tener calculado y previsto de qué manera proceder, cómo enfrentarse a ellas, las ratas, si es que en el mejor de los casos son realmente ratas lo que se agita tras la pared. Podríamos utilizar entonces gatos, cepos, venenos durante unos días, limpiar las cámaras en cuestión y volver a levantar luego el tabique... Podríamos entonces serenarnos, podríamos dormir al fin tranquilos... Sólo que a veces, por las noches, no parecen de ratones ni ratas, esos pasos, sino de algo más grande y pesado, pasos humanos, diría yo, si no fuera porque sé que nadie puede entrar ahí, ni por el tejado ni por el sótano ni por el desván se puede acceder a esas cámaras, de unos treinta centímetros de anchura, cuya única finalidad es proteger el interior del frío... Cámaras vacías, inhabitables, selladas... Sólo pueden ser por tanto insectos o en todo caso ratas, las causantes, y sin embargo a veces esos pasos parecen humanos, pasos de alguien aprisionado, comprimido, que se arrastra lentamente y se dirige vacilante hacia nuestra habitación, recorre ominosamente la casa hacia nuestro dormitorio y allí se detiene, junto a nuestra cama, al otro lado, y nos escucha y araña insistentemente la pared... Parecen pasos humanos y sin embargo nadie puede entrar ahí, nadie puede sobrevivir ahí encerrado por más que yo me empeñe en razonar lo contrario... Es la inteligencia, la coordinación, la dirección de esos pasos lo que en realidad me inquieta: por qué hacia nuestra habitación, por qué siempre de noche, por qué invariablemente ese destino... Las ratas, creo, no se comportan así. Aunque a decir verdad, tampoco los merodeadores se comportan así... Nadie se comporta así, pero yo sigo escuchando esos pasos... Por la noche, cuando mi mujer duerme, se dirigen lentamente hacia nuestro dormitorio y allí se detienen, alguien o algo nos controla, acecha, nos vigila desde el otro lado y no sé para qué ni por qué... Claro que eso a ella no se lo puedo decir, esta vez no, porque entonces sobrevendría de nuevo el terror, nos dominaría seguramente el pánico y tendríamos que cambiar de vivienda otra vez... Una vez más tendríamos que mudarnos de casa y seguramente en la próxima nos pasara lo mismo, empezaríamos cualquier día a escuchar ruidos, pasos tal vez, y poco a poco todo se poblaría de sombras, se tornaría siniestro, extraño, hostil... Quizás los ruidos, los merodeadores, los pasos estén dentro de mí, en lo profundo, al interior, y sea yo el que al fin y al cabo se los haga escuchar a ella, pasos y ruidos que no existen y que sólo nosotros dos escuchamos... Quizá esta vez sean sólo ratas, las causantes, y pura y simple sugestión, sobreexcitación, cansancio, fatiga... Sólo eso. Así que no debemos precipitarnos, tampoco, mejor considerar esos ruidos simples ruidos y esos pasos simples pasos, ratas corriendo tal vez, en lugar de sacar de quicio las cosas y forzar de nuevo otro traslado...

No puede uno cambiar de vivienda sólo por eso y pese a todo nosotros lo hemos hecho ya, hemos cambiado de casa por escuchar susurros, pasos, ruidos, y por sentirnos dentro asfixiados, descorazonados, vacíos... Pero no siempre se puede seguir así, no siempre se puede cambiar de vivienda, mudarse sólo por escuchar ruidos, a algún sitio alguna vez hay que llegar... Mejor quedarse, no decir nada, no hablar del tema y esperar. Porque no obstante es pese a todo muy probable que sean solamente ratas, las culpables, y abriendo algún tabique, el de nuestra habitación tal vez, podamos terminar con ellas, eliminarlas, zanjar el asunto, y podamos asimismo serenarnos, relajarnos y dormir al fin tranquilos...

EL MERODEADOR
Vicente Muñoz Álvarez
Ilustraciones de Toño Benavides
Prólogo de Ignacio Escuín Borao
Baile del sol, 2007

UNA TARDE DE AGOSTO
(De Los que vienen detrás y otros relatos)

Ni siquiera supimos cómo se llamaba.

Estábamos tomando el sol en la piscina, hablando de cualquier cosa y mirando a las chicas, cuando llegó César corriendo y dijo:

- ¿ Quién quiere tirarse a una tía ?

Por el tono apremiante de su voz y la expresión de su cara, parecía que la cosa realmente iba en serio.

- ¿ Quién quiere tirarse a una tía ? - repitió -. Vamos, no seáis mariconas, ahí fuera hay una tronca que está dispuesta a todo, os lo aseguro, la encontré cerca del río y a los cinco minutos me la estaba apretando, de verdad, es una máquina, una puta máquina…

Nos pusimos sin convicción las zapatillas y las camisetas y salimos como autómatas tras él, rodeando la tapia del recinto hasta llegar al descampado donde ella le había dicho que nos esperaría.

Y allí estaba, con un pantalón rojo y el sujetador de un bikini a rayas, sonriendo estúpidamente y mirándonos con descaro a los ojos.

No tendría más de quince años y, aparte de estar casi en los huesos, era increíblemente fea. Una putilla salida de no se sabe dónde frente a tres adolescentes novatos.

- Estos son los colegas de los que te hablé... Y están todos por la labor. ¿ No es así, chicos ? - preguntó César.

Pero ninguno de nosotros dijo nada. Nos quedamos los tres callados frente a ella, que sonreía desinhibidamente y parecía estar calibrando a distancia nuestros cuerpos.

- Aquí no podemos hacerlo- dijo -, se nos vería desde cualquier sitio... Será mejor que bajemos al borde del río...

- Ya habéis oído - asintió César, agarrando su cintura y mirándonos con aire de complicidad -: allí abajo estaremos más tranquilos…

Descendimos tras ellos la pendiente de arena que llevaba a la orilla hasta alcanzar un sendero que, serpenteando entre zarzas y ortigas, desembocaba en un claro de hierba plagado de pequeños mosquitos.

Y allí, sin mediar palabra alguna, fría, mecánicamente, ella se quitó los pantalones y el bikini y se tumbó desnuda en el suelo con la piernas abiertas.

- A ver - preguntó César - ¿ quién va primero ? Yo ya tuve antes lo mío... Es vuestro turno…

Todos nosotros, exceptuándole a él, éramos bastante inexpertos, aunque solíamos inventarnos grandiosos encuentros con desconocidas para justificar de algún modo nuestra virginidad. Y ahora era el momento de repasar con él la lección.

- ¿ Pero qué hostias os pasa ? - gritó - ¿ Es que sois maricas ? ¿ No tenéis huevos o qué ? ¿ A qué estáis esperando ?

La chica sonreía, con la mirada perdida en el cielo, frotándose el sexo con las manos y mirándonos de vez en cuando a los ojos. Pero los tres seguíamos allí clavados, en medio de aquel claro infestado de mosquitos, sin saber qué hacer o decir. Todo era demasiado forzado, demasiado crudo y explícito, demasiado deprimente para ser real.

Entonces César gritó:

- ¡ Sois unos maricas de mierda !

Y, bajándose el bañador, se tumbó encima de ella y empezó a embestirla con furia, casi con odio, como para convencernos de lo que realmente era capaz. Le apretaba los muslos hasta dejar en ellos marcados sus dedos, le mordía los pechos, le pellizcaba con saña los pezones, babeaba encima de su boca y la insultaba a gritos, y ella sonreía con los ojos en blanco y sus escuálidas piernas enlazadas entorno a las suyas, gozando aquella violencia tan ajena a nuestros onanistas sueños.

Así hasta que al fin se levantó bruscamente del suelo mirándonos desafiante a la cara.

- ¿ Qué, quién le echa cojones ? ¿ Quién se la folla primero ? Ya sabéis cómo hacerlo...

Y mientras él hablaba, ella seguía tumbada en la hierba, frotándose el sexo e introduciéndose hasta el fondo los dedos, con el cuerpo lleno de picaduras y ronchos de ortiga: multitud de rozaduras y granos salpicando su frágil carne blanca.

Sólo de vez en cuando parecía sentir el picor de los mosquitos pegados en su piel y salía por un momento de aquel trance patético para seguir masturbándose instantes después ajena a cuanto la rodeaba.

- ¿ De verdad no queréis follárosla ? - gritaba César - ¡ Sois unos maricas !¡ Unos putos maricas ! No tenéis ni medio polvo…

Y el eco de su voz rebotaba en la tapia gris de la piscina mientras los tres nos alejábamos corriendo de allí.

LOS QUE VIENEN DETRÁS Y OTROS RELATOS
Vicente Muñoz Álvarez
Ilustraciones de Miguel Ángel Martín
Prólogo de Hernán Migoya
DVD Ediciones, 2002
 

Publicado el 19/4/2009



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