Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
maciaschain@gmail.com

Pablo López Carballo


En la presentación de Sobre unas ruinas encontradas


Pablo López Carballo (Cacabelos- León, 1983). Ha publicado el libro Sobre unas ruinas encontradas (La Garúa, 2010) y los cuadernos Viandante (2004, Sevilla) y Cámara de mano (2009, jcyl). Ha recibido varios premios, entre los que destacan el Letras jóvenes Castilla y león 2008 y el IV Premio Internacional La Garúa. Ha colaborado con relatos, poemas, reseñas y traducciones en las revistas Quimera, 7de7, Deriva, Letras libres, The Barcelona Review y La hamaca de lona, entre otras. Desde el 2007 es codirector del Espacio de Crítica Afterpost.

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ALREDEDOR DE “SOBRE UNAS RUINAS ENCONTRADAS”, DE PABLO LÓPEZ CARBALLO
por Alberto Santamaría

Las palabras tienen algo de tectónico, de movimiento contagioso capaz de hacer saltar por los aires eso-que-estaba-ahí. Ésta podría ser la lección que extraemos del primer libro de Pablo López Carballo titulado, muy acertadamente, Sobre unas ruinas encontradas. Porque, ¿cuáles son esas ruinas con las que el poeta se encuentra o sobre las que el poeta se nos presenta? En primer lugar podríamos decir que se trata del lenguaje. El proceso de construcción poético que nos presenta es el siguiente: la aceptación de la ruina del lenguaje, pero una ruina que no es fin de nada sino punto de partida. Esa ruina del lenguaje no es la destrucción del sentido, sino la búsqueda de un sentido siempre inalcanzable. Podríamos decir que recupera aquella idea del narrador John Cheever quien consideraba la destrucción como el punto de partida de la imaginación. Ahora bien, la destrucción, la ruina que hallamos en este libro nada tiene que ver con un nihilismo estético inútil ni con una melancolía sensiblera por lo perdido. Muy al contrario, estas ruinas son siempre indagadoras. De ahí que si el lenguaje es la ruina desde la que construye, ese mismo lenguaje se anuda hábilmente con una mirada capaz de hacer ver de nuevo. El acto de mirar, de buscar incansablemente, sería uno de los personajes protagonistas del libro. “Pretexto del ojo” se titula la primera sección del libro. El ojo es el que percibe e intuye la realidad antes de darle una cerrada forma racional. El ojo como animal que trata de someterse sólo a sus instintos. Así lo vemos en versos como “Mirar hacia dentro del poema / hacerlo tropezar eso es vertical / o casi”. Ésta era una vieja pretensión romántica: ver por vez primera, con los ojos del niño. Sin embargo, la inocencia de esta pretensión ya no es asumible. No es posible ni recomendable el retorno a lo adánico. Lo suyo, por el contrario, es un romanticismo manchado de realidad, de pretextos. Curiosamente acude a nombres como Wallace Stevens y su poema “Lo sublime americano”. Stevens fue un maestro en la reinvención de lo romántico. Escribía Wallace Stevens: “El poeta romántico hoy día es alguien que vive en una torre de marfil”, pero esta torre tiene “singulares vistas a vertederos públicos y a los letreros luminosos de las Salsas Snider, del Jabón Ivory y de los coches Chevrolet; es un ermitaño que vive solo, en compañía del sol y de las estrellas, pero que reclama que le sirvan el infecto periódico”. Así el poeta no se encierra en la mirada sino que, como dibuja en la segunda sección, “Lo glacial”, el paisaje y la posibilidad de su captación plena, son los protagonistas. Mirar hacia fuera. En esta segunda sección la mirada, el ojo como herramienta sale de caza. La tercera sección, “Corriente”, como si de un proceso dialéctico se tratase, nos vuelve a situar en la órbita del ojo. Se trataría como de un efecto boomerang. Pero el retorno del viaje ha transformado al sujeto que mira. Por ello, el poema que abre esta tercera sección dice así: “Mirarse de nuevo crear / hacia el exterior desconocerse / en aparente principio /continuar abandonarlo salir / volver a entrar recibir al viento / cambiar de piel y de ojos / otro color otra espesura / el rastro: así nacen los desiertos”. Podría leerse este libro de Pablo López Carballo como un libro de viajes, donde no hallamos anécdotas sino indagaciones sobre la mirada y construcción de la realidad desde el lenguaje. Y, claro está, el lenguaje como protagonista obliga al poeta a establecer con él un diálogo diferente, tratando de hallar en cada poema esa frontera entre el decir y el ocultar. Un libro repleto de hallazgos, de un delicioso ritmo sincopado, de situaciones donde el lenguaje se mueve como un ojo pero no para reproducir lo que ve sino para dibujarnos el propio acto de mirar.

Alberto Santamaría

CUATRO POEMAS DE PABLO LÓPEZ CARBALLO

Las piedras no estaban aquí al principio
aparecieron luego entre varios puntos
de la historia a ciencia cierta, eso dicen.
A este lado los pájaros
son azules las plumas
azules la piel azul a este lado
los pájaros son así. El desierto
es arena y no solo eso. Sabrás
en que punto estamos, compartiéndolo
en este momento cierto, sin ciencia.
Los símbolos, me repito, no son más
que ruinas las ruinas deberían ser
ruinas y por encima de ellas más palabras
habitándolas saturando cada espacio abriéndolo:
nómadas entre piedras.

Acodados en el lago abandonamos
la casa, cruzamos autopistas
y sentimos el frío. Contrapongo
el lago y la autopista
pero en realidad son lo mismo
carecen de altura. Bacterias
para reconstruir una especie
la nieve y el agua se contradicen
en el estado. Luz que traspasa
la luz. Una bacteria
no desemboca en otra tampoco
la autopista lleva al lago:
confluyen, son uno en el papel
y fuera de el.

SOLUCIONES APLAZADAS EN DESVELOS

Diferentes especies vegetales,
anoto los resultados, crecen.
Líneas rectas escasas entre cinturones,
acelerador de parábolas. En la cama
recién pescada aleteas. Desconsuela
ver como te secas; en el hielo
un pájaro se posa vuela
corta el tendido eléctrico.
Seres microscópicos la sorprenden
estaban ahí antes que ella.

(De Sobre unas ruinas encontradas, La Garúa, 2010)

ESTAMPA I

¿Amanece?

Solar el terreno.

                              Baldosa y azulejo separan

el gesto
sicalíptico
de la mano. Mirar sin ver,
desconocerse.

La pintura en el vivero rinde cuerpo y se dispersa.
Los detalles luego:
                              giro de tronco o de muñeca,
nadie más escondido entre la hierba.

Fue aquí, junto a ese árbol. Las ramas parecieron abrirse, sí, fue en ese momento. Después las ramas parecieron cerrarse. Ahora es lo mismo pero con nieve. Disolución para pinceles.

Los días de simulaciones lingüísticas
se vuelven uno
como un guante. La ciudad agreste
cruzando la pasarela: igual que anotar los campos.
Sobre el televisor el catálogo de árboles, más abajo
la tierra y su supuesta autonomía de fruto. Cambio de canal
como remontando un río. Ya solo se hacen cosas
no se describen.

Cultivamos lo desconocido por miedo a perderlo,
surgió un mundo y nos quedamos sin dedos para señalarlo.
Sujetar por igual una flor y el espacio,
cada una en una mano. Pasan cuerpos,
ya hombres, que se proyectan: diapositivas sobre el cuadro,
¿mirar es proyectarse?

Las sombras previenen el movimiento.
Todavía el blanco entre las manos,
el afuera que no nos pertenece.
Voluntad sin espacio.
Crisantemos
tuétano
todo ocurre ya a destiempo. Nadie ha visto nada.
Nuestras iluminaciones son ruedas.
Distinguir voz.
Discriminar voz.
Diferenciar.

(Inédito)

***


 

Publicado el 18/8/2010



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