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Juan Carlos Méndez Guédez escribe sobre Tal vez la lluvia |
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BORRADORES PARA TAL VEZ HABLAR DE UNA NOVELA 1er borrador: Nunca dejo de sorprenderme con la lluvia. Para mí sucede siempre como una perplejidad, como un descubrimiento. La lluvia no tiene memoria en nosotros y siempre está ocurriendo por vez primera. Creo que esa fue la inicial incitación para escribir esta novela: entrar en un territorio brumoso, húmedo, un lugar plagado de preguntas, de vacilaciones, de atisbos. Siempre supe que esta historia se llamaría así. Tal vez la lluvia. Porque la sola frase me parecía un modo de aliviar la quemadura que dejan los días, el desgaste, la muerte de los otros, las despedidas, las destrucciones. Cuando al principio de la historia coloqué epígrafes de dos autores entrañables como Ítalo Svevo y John Fante, supe que ubicaba esta novela dentro de la órbita de quienes piensan que una novela debe ser flexible y musculosa, que una novela debe sacudir sentimentalmente sin alzar la voz, que una novela… Pero no. Quizás los epígrafes los coloqué al final. Cuando ya conocía por entero la historia. Quizás. ¿Era Conrad quien decía que contar la novela después de haberla escrito era hacer una novela de la novela?
Segundo 1er borrador: Hace más de un año Andrés Neuman me comentó que acababa de cerrar una historia en la que había trabajado cinco años. Luego murmuró que en esos momentos finales uno siempre piensa en esa suerte de abandono en el que deja a sus personajes. ¿Qué será ahora de ellos? Me conmovió esa idea. Intento no pensar en eso; sospecho que mis personajes estarán algo extraviados, sin país, sin futuro, viviendo en habitaciones oscuras y húmedas, comiendo pizzas recalentadas, mirando la calle como una sucesión de cuerpos, de amores imposibles, y pensando que envejecer es un oficio muy cansado.
Segundo borrador: Semanas atrás un periodista me dijo: “¿Algún consejo para la juventud?”, y como no le di ninguno jamás publicó la entrevista. Soy muy malo al dar consejos. Le dije a Alberto Barrera Tyszka que no se presentara a premios en España antes de tener agente. Alberto ganó el Herralde. Deseo que haya olvidado mis palabras. Espero que todo aquel a quien alguna vez aconsejé algo lo haya olvidado por completo. Un novelista debería ser un inmenso silencio, interrumpido a veces por sus propias novelas.
Tercer borrador: En teoría debo utilizar estas notas para hablar de mi novela: Tal vez la lluvia. Decir algo así como que aparecerá pronto en la editorial DVD, algo como que todo el mundo debe leerla. Quizás si hablase mal de alguien podría tener una base para iniciar un auto elogio. Hasta ahora sólo he mencionado autores que me gustan y que he estado leyendo en estos días (Fante; Svevo; Neuman; Barrera Tyszka). Eso debe cambiar. Hablar mal de otros autores siempre puede resultar más jugoso para lanzar un libro propio. Es un juego infantil que las vanguardias o quienes se sienten vanguardia conocen bastante bien. “Las novelas anteriores a las mías son una basura porque no interpretan el tiempo actual. La novela actual debe ser tal y tal y tal cosa. Sólo pueden ser eso. Nada más. Casualmente mi nueva novela cumple todos esos requisitos, léanla o los dejará tirados el tren de la historia”. ¿Algo así?
Cuarto borrador: Tal vez la lluvia, la novela que jamás leerán Camilo José Cela, Umbral, o Saramago. No. Cela y Umbral no pueden leerla. Según dijeron los periódicos ambos murieron gritando frases ilustres para que la historia los recibiera en su seno. Y Saramago. ¿A quién le importa Saramago? Lo cierto es que tampoco me importan Cela y Umbral. ¿Para qué nombrarlos entonces?
Quinto borrador: Si yo supiese que debe ser una novela jamás las escribiría. La idea es fingir que estoy averiguando el gran secreto de la novela como género hurgando en sus mecanismos más conocidos, y que mientras tanto…¿mientras tanto, qué?
Sexto borrador: En navidad regale Tal vez la lluvia. Parece joda, pero en Facebook leo cada mañana mensajes de ese estilo. ¿Seré capaz de hacer algo así cualquiera de estos años?
Séptimo borrador: Escribir una novela es ordenar las preguntas que le hacemos a los días. Darles carne, cuerpo, sudor, voz. Con suerte, al acabar nuestra historia tendremos nuevas preguntas, que serán una nueva novela, que a su vez…
Octavo borrador: Uno respira. Es complicado vivir sin respirar. Uno respira. Uno escribe. Es complicado vivir sin escribir. Creo que a casi todos nos gusta respirar. Por eso algunos escribimos: para respirar mejor.
Noveno borrador: Releo los intentos anteriores. Hace veinte años tenía montones de certezas; poseía las respuestas adecuadas; ahora cada vez que hablo siento que mis palabras son un puñado de arena que se va disolviendo sin remedio. Por eso al escribir novelas busco la risa. En la risa no hay énfasis, no hay seguridad absoluta. La risa es sólo risa. Gesto en el que entrecerramos los ojos, en el que nos entregamos, en que salimos fuera de nosotros para celebrar el mundo desde nuestra garganta.
Décimo borrador: Poco antes de corregir las pruebas de Tal vez la lluvia viajo a Caracas por motivos familiares. En veinte días presencio dos tirones de cartera; un tiroteo; un atraco a mano armada, un robo de parrilla argentina con papas fritas y trozos de yuca; miles de horas en la tele con el rostro omnipresente del Comandante; miles de kilos de basura infectando las calles; escasez de medicinas; avenidas destrozadas; niños pequeñísimos trabajando de sol a sol; millones de militares ahorcando el diccionario con sus declaraciones; y centenares de paredes pintadas con consignas de una impresionante brillantez retórica, como por ejemplo: “Ahora sí somos libres”, la mejor de todas y que revela la privilegiada inteligencia de quien la pronunció y de quienes han decidido convertirla en frase sagrada. Veo que me he quedado corto al escribir mi novela y ubicarla en un país atenazado por el odio, la estupidez, la mediocridad, y la picaresca. Decía Pirandello que la realidad no necesita ser verosímil. Por suerte, allí siempre quedan los afectos, los amigos, los abrazos, el Ávila, y el queso de telita con arepas.
Undécimo borrador: Sigo pensando que en las ciudades hay un punto en el cielo que nos conecta con lo sagrado. En Caracas se encuentra cerca de la calle catorce de la Intercomunal, un poco más allá de una panadería donde huele a lasaña, justo en el sitio donde un señor bogitudo vende queso guayanés y queso de mano. Te detienes allí, y desde el cielo algo parece envolver tu cabeza y elevarte, como si hubieses tomado cinco whiskies seguidos. Maravillosa sensación que además no deja resaca. Eso intentan las novelas. Reconocer en medio de las moscas, la belleza de lo intangible.
Duodécimo borrador: Unas muchachas bellísimas en la puerta de una librería en Madrid. La más alta mira hacia adentro: el lugar está repleto, esa noche presentan un poemario. -¿Qué es esto, eh?- pregunta la más baja. - Nada importante…uno de esos encuentros de escritores…ya sabes…muertos de hambres con ego. Sigo de largo y me escondo en una tienda de ropa deportiva. Cuando las muchachas se marchan entro a la librería ocultando mi rostro con un libro de Lacan. Comienza a llover. Publicado el 7/10/2009 |
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