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Martín
López-Vega

Dijo
una vez don Pedro Salinas que escribía poesía para explicarse
su propia poesía. De igual forma, podemos entender que la mejor
poética que pudiera escribir Martín López-Vega son sus poemas.
Poeta juntamente de cancionero y libro. Poeta, pero también
saludable, tenaz lector de poesía, y también inspirado
traductor y regalador de poemas de otros. Así, la poesía de
Martín López-Vega no necesita de prosaísmos intermediarios: se
explica a sí misma, y nos explica nuestra propia vida, cifrada
por ejemplo en el rítmico ritual del desayuno, que nos civiliza,
o en el símbolo del viaje, que nos puebla la memoria de paisajes
y nos revierte, fatalmente, hacia nosotros mismos. La poesía de
Martín López-Vega se parece, en fin, a un mapa del mundo o a
una fruta partida por la mitad. Y por eso leerla, decirla o
escucharla es una rara forma de ser feliz.
Martín
López-Vega (Po de Llanes, Asturias, 1975) es autor de los libros
de poemas Objetos robados (SPPA, 1994), Travesías
(Renacimiento, 1996), La emboscada (Dvd, 1999), Mácula
(Dvd, 2002), Elegías romanas (La Veleta, 2003) y Gajos
(Pre-Textos, 2007), además del poema largo Extracción de
la piedra de la cordura (Dvd, 2006). Su obra poética en
asturiano ha sido recogida en el volumen bilingüe Otra vida
(Universidad de Zaragoza, 2008). Además es autor de la novela
El letargo (Laria, 2006) y de la trilogía viajera
compuesta por Cartas portuguesas (Pexe, 1997), Los
desvanes del mundo (Pexe, 1999) y Libre para partir
(Trabe, 2008), así como del volumen de traducciones
poéticas Equipaje de mano (Acuarela, 2000) y de diversos
estudios y antologías. En la actualidad es librero y colabora
con los suplementos culturales de los diarios El País, Abc y La
Vanguardia.
Reproducimos
a continuación cinco poemas inéditos, escogidos amablemente por
el poeta, y dos poemas de su libro Extracción de la piedra
de la cordura (DVD Ediciones), que obtuvo el Premio de poesía
Hermanos Argensola en 2006.
J.M.M.
Cinco
poemas inéditos
ALBADA
Quieres
dejarte dormir aunque sea un minuto y te mordisqueo el culo
antes de levantarme para preparar café.
La
luz entra por la ventana a escondidas, para vernos, para que
nos veamos.
Puede
que esa sombra sea un remordimiento, puede. Pero no crecerá
hasta mañana, y ya nos habremos ido.
No
hagas preguntas, si tú traes ya las respuestas. Retengamos el
momento y vayámonos luego.
También
hay que venir a veces a donde no estamos seguros de ir, oler
la flor que ha crecido asombrada en la oscuridad y marchar sin
prisa.
Gracias
por venir, gracias por irte. Quería saludarte, no más.
No ha hecho falta mucho para entendernos.
Nos hemos
abrazado como quien sin miedo cruza un puente entre dos
precipicios. Ahora solos volvemos con esta rara conciencia de
no estar solos: un manojo de humo que al desvanecerse se nos
parece.
ANTÍGONA
EN GRÜNERLØKKA
El
mundo, lo sabes, es cada vez más una procesión de híbridos
de muertos y sus fantasmas. Esta mañana al ver esa pequeña
escultura de la mujer que mira la puesta de sol (en
realidad, un pedazo de madera mal pintado de amarillo) eras tú
de nuevo quien estaba allí, aquí. Si no le das a tu vida la
pendiente adecuada, decías, no hay agua que no se estanque.
Sístole
y diástole, rotación y traslación: mi corazón es un
planeta exhausto.
No
viajo ya por huir de nada ni de mí, tan sólo para poder así
verme desde lejos. Esta mañana, al mirarme en el espejo del
baño, no me reconocí: no era un rostro lo que había al otro
lado, sino un paisaje equivocado, como si al salir de un
largo túnel me asomase por fin a la luz y el lugar no fuese
el esperado e ignorase si tengo tiempo aún para volver sobre
mis pasos y reemprender el camino que buscaba. En los restos
de vaho intento dibujarme. Un monigote, un pelele sin
gesto, otra cosa no consigo de mí si soy yo quien me dibujo.
Al fin
y al cabo, lo trágico sigue siendo lo trágico, por muy rotos
que estén tu Yo
y
mi Tú. Tú
tienes tu carga y yo tengo mi carga. ¿Por qué nos
encontramos hoy en medio del mercado? ¿Si llevamos tanto
tiempo juntos, por qué ahora? ¿Qué has venido a decirme o
a que te diga? ¿Eres tú la sombra que carga con mi cadáver
o la sombra soy yo?
Cuando
era niño, en las manchas de las paredes veía mapas de islas
a las que alguna vez iría: ahora en cambio reconozco
cicatrices de heridas que ya tuve. Deberíamos vivir como
árboles y, al final, lo que hacemos con nuestra existencia
es construir una estatua: llegado un momento nos congelamos
en un gesto, y en él nos quedamos ya de por vida. Nunca como
niños corriendo cuesta abajo.
Hay
por todas partes luces de colores y la cerveza es mala, pero
no hay una mujer que no sea hermosa. Querrías acercarte a
una, a cualquiera, pero pesa demasiado el cadáver que
arrastras. Le darías la mano, pero ninguna de las dos tienes
libre; hablarías con ella, pero tú ya sólo hablas con los
muertos. La besarías, pero tus besos quién te asegura que no
sepan a cadáver.
¿Qué
hacer cuando alrededor la belleza abunda de esta manera, y uno
no encuentra lugar en que enterrar a sus muertos en paz y
empezar de una vez la vida nueva?
Ya es de
noche, Antígona, desde la ventana puedo ver los raíles del
tranvía y a los jóvenes que siguen bebiendo en los bares
cercanos. No importa quién seas tú ni quién yo
sea. Salgamos juntos a enterrar a nuestros muertos. Mañana
será domingo, el reloj dará horas que no importen y el sol
de mediodía querrá penetrar en nosotros a la fuerza, ojos
adentro.
ZEN
MATINAL
No
conozco nada más zen que tu forma de aclarar la cafetera por
la mañana, como si eso fuera lo más importante del día: un
hilo de agua fresca que no apague el olor de las mañanas
pasadas pero que no ocupe ni un solo segundo necesario para
facilitar la invasión del día que llega.
Mientras
tanto yo, que me levanto un poco más occidental que de
costumbre, rayo tomate, pepino y queso para las tostadas, y
confundo el nirvana con un chorrito de aceite com ervas da
Arrábida.
DEMASIADA
MEMORIA
Agendas
viejas. Bosques en mayo. Camisas compradas cerca de la playa.
Cicatrices, una. Tengo demasiada memoria. El ovillo de
hilo rueda y yo le sigo, de eso se trata, nadie querría
ser el que recoge hilo sucio. También escuché a Mozart en
Nueva York, pero cuando suenan esas notas a donde vuelvo es a
aquella iglesia de la Via del Corso. Demasiada memoria.
Tenías
el colchón en el suelo. Eso lo recuerdo. Y también la cuesta
que llevaba a tu casa en aquella calle oscura, detrás de la
estación. Me grababas en una casete tus canciones favoritas y
luego traducíamos las letras. Recuerdo más cosas, desde
luego, pero esto es lo que llega ahora, como el olor que nos
sorprende en la calle y nos devuelve un rostro, otro paisaje,
más vida.
No
quiero escarbar más, recuerdo demasiadas cosas. Se me ha
ocurrido decirte: recordarás tal vez el día que nos
despedimos, las frases vagas que se dicen en esos casos y que
no evitamos, cada uno tenemos nuestro camino, seguir
buscando es lo que toca, es lo mejor, nos quedamos con lo
bueno.
Arcos
románicos. Semáforos en rojo bajo la lluvia. Una mesa puesta
frente al mar. El amor sin prisa. ¿Quizás tú encontraste lo
que esperabas?
WANDERLUST
Ayer
me preguntaste: ¿cuánto tiempo aún?
Llovía,
llovían agujas que se clavaban en la tierra sin conseguir
hilar pensamientos o caricias. El hilo estaba deshecho de
tanto intentar enhebrarlo en vano.
Mosquitos
muertos, aplastados contra la cal de la casa inventaban un
idioma de malentendidos que tú dejabas hablar.
De
pronto una extraña quietud se ha adueñado del mundo:
la
repisa metálica del cobertizo
está
llena de balas mohosas que encontramos la tarde que decidimos
buscar el tesoro que suponías.
Pero
la hierba se rebelaría si el viento dejase de acariciarla, ella
es el cabello de la tarde, y pide cariño.
Las
manos me huelen a tomillo –como un cuerpo, una vez, pero ya
no recuerdo cuál.
Ayer
me dijiste: el horizonte ya no tiene puertas. Hoy sé que es
cierto, pero es que se ha abierto por completo. Aún no habías
aprendido a mirar, y yo veía a través de ti.
Sé
que te has ido o me he ido, pero nadie dirá nada.
Briznas de
la tarde, sed mis riendas.
Dos
poemas de Extracción de la piedra de la cordura

1,
Con
una cuchilla de afeitar hice una hendidura en el aire de la
tarde
Una
ciudad apareció ante mí tan real como las uvas de Zeuxis
este
poema es la cortina de Parrasio
Una
ciudad de torres transparentes que eran música alzada sobre
una colina de furor magnético
No
había caminos en aquella ciudad Sus habitantes eran
invisibles formas perfectas de energía Sentí su corazón
inerte
El
sufrimiento del corazón es sufrimiento del cuerpo
Una
caricia en mi piel que era de otra piel Y no había piel Sólo
caricia
Este
poema es la cortina de Parrasio
No
había voz No era necesario decir nada No había río El agua
era alma Ninguna filosofía
Sin
cuerpo no hay preguntas
Con
una cuchilla de afeitar hice una hendidura en el aire de la
tarde
Ni
sangre ni aire nuevo Sólo hendidura sin ser herida
Miré del
otro lado Ya no había ciudad
Seguí mi
camino La herida conmigo
39,
¿Quién
me lanzó a este viaje que no entiendo? De un salto, abandonar
la inercia.
No me
mires, Soy un horrendo pez abisal. Todo ojos para ver,
hecho para no ver visto. Deseoso de tener nadie podría
tenerme.
El río no
se une al mar, se ahoga en él. Las águilas no vuelan en
bandada.
El cometa
que en un punto del espacio se cruza con otro cometa ¿lo
toma, aunque sólo sea por un nanosegundo, por semejante?
Mi camino
me adelanta. El todo arrastra al yo, un impulso ajeno a mí
tira de mí hacia lo que no decido ser y mientras
tanto preocupado en no dejarme llevar mi camino se esconde
de mí.
Ir es tan
inútil como no ir o como detenerse aquí, en este
punto final.
Nada
importa nada.
Todo
es irreparable.
Extracción
de la piedra de la cordura, DVD
Ediciones, poesía, 102 Premio
de poesía Hermanos Argensola, 2006
Publicado
el 2/6/2008
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