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Marta Agudo
Marta Agudo Ramírez (Madrid, 1971) es licenciada y doctora en Filología Hispánica. Ha publicado el libro de poemas Fragmento (Celya, 2004). Es coeditora de la antología Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (1990-2005) (DVD, 2005) y con Jordi Doce del volumen Pájaros raíces. En torno a José Ángel Valente (Abada, 2010). Dirigió la editorial de poesía y pintura “El Lotófago”. *** UNO Algunas consideraciones nacidas al hilo de la asistencia a recitales poéticos y cuyo posible tono tajante delata un pensamiento cansinamente dubitativo
Es posible que si Marcel Duchamp en 1917 hubiera sabido las consecuencias que iba a suponer la exposición de su urinario, lo habría retirado; o no. – Actitud: necesidad de «extrañamiento». Sólo quien vive en los parámetros del exilio es capaz de percibir el potencial artístico de cuanto le rodea. Hasta aquí la lección ha permanecido indemne. Me hablan de un poeta reputado en España que sólo duerme entre cuatro o cinco horas porque, en la medida en que no puede evitar crear enlaces entre todo lo que experimenta, vive en una metáfora y sinestesia permanentes. – Objeto de arte: ante el hartazgo de los grandes nombres y de una realidad perfectamente estratificada nació quizá el deseo de que cualquier objeto fuera susceptible de llegar a la Tate Gallery. Problema inmediato y riesgo: la banalización como método de trabajo e incursión en las vetas más estériles de cierto postmodernismo. Lo siento, pero por mucho que Campoamor pueda inspirar a alguien por motivos biográficos, etcétera, su propuesta no es comparable a las de Browning o Baudelaire. Si se incurre en la confortable coartada de la igualación total se habrá llegado a un camino sin retorno. Un laberinto que al cerrarse deja de serlo para convertirse en prisión. Es obvio que alguien podrá encontrar en la rotación de un chupachups en la boca un eco del ritmo universal, pero eso no implica que la simple muestra de un caramelo baste. Al hilo de esto último decía Maiakovski, en traducción aproximada, que «los juicios al azar e individualistas, carente de principios y subjetividad caprichosa, sólo podrán eliminarse si se considera al arte como un oficio». Sin tener que incurrir en la genuflexión ante el ídolo o las vacas sagradas, quizá haya que empezar a respetar la idea de trayectoria. Si bien en alguna ocasión puedo haberme beneficiado de ello, creo que se ha procedido a una cansina idealización de la juventud como sector de la población presunta e hipotéticamente dotado de una creatividad desprejuiciada y, por tanto, más pura, más inequívoca. Prejuicio vanguardista de tintes filofascistas (así también su pasión por la vitalidad, pasando por alto las obvias y sangrantes diferencias) que trae consigo el arrinconamiento editorial de poetas de mediana y avanzada edad. Por eso, mientras sale o no un nuevo Rimbaud, nos estamos tragando primeras menstruaciones y porros inaugurales a mansalva. No obstante, como se dijo, lo discutible no es el asunto, sino el modo post-adolescente de abordarlo. ¿Está la «actualidad» reñida con el número de primaveras? ¿Deja de ser quien es David Lynch por su edad? (3
de mayo de 2009) * Siguiendo con Maiakovski, aunque trayéndolo a mi terreno, cada vez suscribo con más convencimiento su idea de que «sólo se debe coger la pluma cuando no existe otro medio que no sea el verso» (o el poema en prosa, claro está); o, dicho en otras palabras, cuando el imperativo de la escritura es absoluto. Sería interesante observar una hipotética mengua del número de poetas (y quizá me incluyo a mí misma) en el caso de que desapareciera cualquier medio de «exteriorización»: prensa, revistas, editoriales, etcétera, y todos nos viésemos abocados a una marginalidad sin paliativos. «No
me queda más remedio que escribir.» La fatalidad, en suma, sin que
ello deba entenderse como santificación neorromántica del hecho
poético.
(5 de junio de 2010) DOS
1. La sintaxis, la herencia, variaciones del tiempo... ¿Se hereda la estructura mental de lo escuchado? ¿Hacia dónde, pues, trazar la fuga? 2. Y en el origen qué fue: ¿el verbo o el nombre? El primero hizo al segundo y éste para afirmarse empleó un procedimiento negativo: si «no planta», si «no perro», si «no ojo»…; expectativa hasta que el adverbio «sí» pudo ser enunciado. Después el resto de partículas: «antes», «hasta», «no obstante», «todavía», repetición tras repetición para ir creando oraciones: llanura… 3.
…en la que dejarse comprender. No condenaré, pero tendré que
hablar, y tras la voz y mis gestos el juicio ajeno. Brújulas,
miradas que repercuten en círculos ascendentes. Te aíslas o cedes,
te retraes y letras que te defiendan. No hay tensión más severa que
los otros...
4. ...pues de nada vale resolver la suma porque es en el signo «más» donde el conflicto. Quedarse paralizada, como en un cuadro todo y todo verde, sin rumbos ni decisiones... 5. …sintaxis de los prodigios, la relación del yo con sus restantes. Se desgastan las aceras y plagas acorraladas, infecciones aún por explorar, avalancha de vidas que sustentan el engranaje de este monopoly con piezas de hombres bruscamente verdaderos. Milagro o astucia, ignoro las reglas y voy dando tumbos hasta casa. Llegaré y patios abandonados, memorias de antiguos exterminios, aunque, de paredes adentro, hexágonos de miel. 6.
Hay un rojo sanguíneo: la transexual periferia del lenguaje. La
miro, como quien contempla la perfección de un muerto, como quien
roza el privilegio de la flecha o los saltos de un día a otro con la
dulce fluidez con que bailan los idiotas.
Actualización: Del
libro 28010 (Calambur, 2011)
Publicado el 1/9/2010 |