Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
maciaschain@gmail.com

Manuel Moya


Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960) es autor de varios libros de poesía y dos de cuentos, Regreso al tigre y La sombra del caimán, que fue finalista en el premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en España durante 2006. Su relato Huracanes obtuvo el premio Faroni. Ha publicado tres novelas: La mano en el fuego, La tierra negra y las más reciente Majarón, saludada por la crítica como una de las mejores novelas escritas en los últimos díez años. En su labor de traductor destaca su versión de Poesía Completa de Alberto Caeiro (DVD, 2009) y Libro del desasosiego (Baile del Sol, 2010), ambas de Pessoa.

ESBIRROS Y OTROS MICROS
(Nueve microrelatos de Manuel Moya)

EL OSO POLAR

Es terrible, terrible: un oso polar viene cada noche a poseerme. Yo lo dejo hacer, lo dejo hacer de puro miedo y si hasta ahora no he gritado ha sido para que no acabe por descuartizarme. Llevo dos años así y creo que ya no podré aguantarlo más. Un día de estos pondré un cepo de osos a la entrada y de camino informaré al director, ¿me está oyendo, Padre Ignacio?

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PERDICES

Para Aurelio Fernández

Como todos los días, Salvador Lafontaine cuelga sobre el muro la jaula de perdices y nada le importa que desde hace cuatro años, cuando aquellos días de helada que lo quemaron todo, ya no haya perdices, porque él las sigue escuchando y no admite la menor réplica sobre el asunto.

El día para él transcurre de esa forma, es decir, al lado de la jaula, trajinando sobre las varetas de olivo que en sus manos diestras parecen más bien mantequilla o juncia. Un artista de eso, y a ver, a ver qué daño hace. Salvador Lafontaine no se mete con nadie, dicen que por no quebrar el trajín de sus perdices, que se pasan el día refiriendo historias de esos lejanos países que vuelan en la noche.

Los domingos, todos los domingos, sueltan por el pueblo dos autobuses llenos de turistas que se llevan el áspero aceite del molino, embutidos caseros, quesos sudados, piñonates y tortas del Carmona y, con un poco de suerte, las cestas de Salvador Lafontaine, que él cuelga de cualquier forma en el mismo clavo donde los otros días reposa la jaula perdicera. Él de eso vive, de eso y de la paguita de treinta mil pesetas que le sacó Mariano, el del ayuntamiento, cuando lo dejaron solo en este mundo y a ver, el pobre, de qué se iba a valer. De eso, quiero decir, y de escuchar durante horas sus perdices, temiendo que llegue la noche y al descolgar la jaula, descubra que han volado.

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HASTA EL FIN DEL MUNDO (amour fou)

Al llegar a la curva de La Estafeta, nos lanzamos ciegamente hacia adelante, pero algo me decía que me volviera. No sé qué era ni por qué lo hice. Desde entonces todos se impusieron volverme a la carrera. Embestí a unos y a otros, y sentí a mi alrededor el acre olor del pánico. Había logrado remontar casi hasta la salida, cuando algo me dijo que estaba cerca, muy cerca de mí. Giré la cara, Dios, y era, era ella. Me molestó que también esta vez llevase el maldito cencerro, pero, Dios, qué podía hacer, qué podía hacer, más que girar sobre mis pezuñas y seguirla hasta el fin del mundo.

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MUSEO DE CIENCIAS NATURALES

Al despertar ya era otra vez Gregorio Samsa, pero seguía torpemente allí, observado por el niño que no se decidía a anotar en su cuaderno aquel nombre estúpido. No te haré daño, alcanzó a pronunciar, después de un primer escalofrío, al comprobar que él también, Dios, él también seguía estando allí, escuchando cómo otro niño decía, ¡maestro, maestro!, ¿qué le decía yo?, ¿había o no había un dinosaurio?

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ESBIRROS

El hombre que cada noche duerme en el portal, hoy lo he sabido, no es más que un contratado del ayuntamiento. Rodeado de cartones, de un escobón, de un carrito construido a base de despojos y apestando como una bodega, ese tipo no es más que un maldito contratado gracias a las oscuras ordenanzas municipales. ¿Merezco algo así? ¿Por qué nos trata como a imbéciles el ayuntamiento? ¿Creían que no me iba a acabar enterando? Todo, todo encaja. A mí no me la dan. Puedo parecer estúpido, pero a mí no me la dan. El ayuntamiento contrata a esos tipos para que sepamos qué es lo que nos ocurriría de no levantarnos cuando es todavía de noche, de no coger el metro cada mañana y de no volver ya oscurecido al lugar donde nos está esperando el hombre que apesta como una bodega, fiel esbirro, ya digo, del ayuntamiento. Entonces, sorteamos como podemos al tipejo, esperamos el ascensor, llegamos derrumbados a casa, besamos a la niña que está haciendo los deberes en su cuarto, ponemos el despertador a las seis y media y comenzamos a soñar en el adosado ese de la zona residencial, donde no dejan entrar a nadie, y mucho menos a los esbirros del ayuntamiento.

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LA SIRENITA

No hace ni una semana que vi a la sirena en el acuario de mi prima Ifi. Movía su cola, su pecho y su larguísima cabellera de sirena como me han dicho y yo he leído no sé dónde que hacen las sirenas de verdad. Yo me hubiera ido con mi prima al jardín, pero la sirenita me guiñó un ojo, hizo tilín-tilín con sus pechos, me tiró un beso volado y me mostró su cola de una manera que no sé no sé si es como muestran sus colas todas las sirenas. Cantar no me cantó, más que nada porque estaba debajo del agua y debajo del agua es difícil cantar. El caso es que me quedé allí quieto, sin saber si irme al jardín, si jugar con las palomas o inventar cualquier excusa para estarme todo el rato con la sirena. Era mi primera sirena y la verdad es que era todavía más guapa de lo que pensaba. Mientras decidía, me la quedé mirando entre los demás peces, que nadaban por allí tan ricamente, sin echarle mucha cuenta, la verdad. Incluso uno se acercó para decirme con esa boquita como de gelatina que se gastan los peces y que les impide gritar: no te fíes de esta pelandusca, está majarona perdida, anda y vete con Ifi, antes de que te complique la vida. Pero ella me hacía guiños, movía su cola y su melena y me decía, ven, ven que te voy a... y a mí, si no era mi prima Ifi y las palomas, no me esperaba nadie, aunque yo le daba a entender, en fin, que mi prima... pero ella seguía dale que dale y que me metiera, venga, que te metas conmigo en el acuario, que vería lo que era bueno y yo no sé qué más... Pero aunque yo le juraba que quería hacerlo, cualquiera se metía en el acuario sin saber nadar ni nada y, además, conociendo a mi tía Clitem. Bueno, que no hacía una cosa ni otra.

En una decisión de cobardía o de que me dolían todos los huesos por dentro y por fuera, me fui al jardín con mi prima y lo primero que hice fue preguntarle que desde cuándo tenía una sirenita en la pecera.

-¿Una qué?

-Una sirenita. Sí, esa que tenéis dentro del acuario.

Por lo que se ve, no escarmiento. Cada vez que cuento algo de esto, acabo en casa de un señor que siempre le está diciendo a mi madre, que no se preocupe, que me va a poner bueno y que se tira todo el rato preguntando y preguntando, como si lo que yo viera o no viera le importara una pizca así. Por eso le pasó lo que le pasó, porque lo uniquito que a él le importaba era el dinero de mi madre. Antes se tiró todo el tiempo preguntando que si la sirena por aquí, que si la sirena por allá. Que si era verdad que hacía esto y lo otro con la cola y con los pechos, que si era verdad que me había dicho..., que si además de la sirena había otros seres en la pecera. ¿Seres? ¿Cómo que seres -pregunté alarmado, pensando en pirañas, serpientes pitón y esas cosas-, qué son seres, qué quiere decir con seres? Monstruos, no sé, cosas peligrosas, como dragones, dinosaurios, rinocerontes, mamuts y todo eso. Está loco, pensé, este tío está loco. ¿Mamuts, dinosaurios...? ¡Cómo iba a haber!. Es una pecera, le solté. Pero... Los mamuts, los saurios viven... Vivirán, dije, pero la pecera de mi tía Clitem es una pecera igual que todas, sólo que con una sirena así y asá, contesté de mala gana. Entonces, una sirenita, eh, una sirena cómo, ¿de esas que son mitad mujer mitad pez, con los ojos azules y una diadema de oro en el pelo? ¿Estaba tonto o creía que me estaba tomando el pelo?, me preguntaba. Y le dije cómo era, cómo son las sirenas y él golpeaba con su bolígrafo de oro en la mesa, toc, toc, toc. ¿Entonces? Entonces ¿qué? No entendía nada, de verdad, yo no sé cómo puede haber gente así en la vida, y encima que cobre por hacer esas preguntas. Pues eso, chavalote, que has tenido la fortuna de ver nada más y nada menos que a una sirena, ¿no es verdad? Claro, una sirena así y asado, sólo eso ¿Usted no ha visto a ninguna? Me miró haciéndose el sorprendido y dejó de hacer cloc-cloc con el bolígrafo. Nunca, nunca había visto una sirena, mira que soy viejo, pero... ¿Cómo son las sirenas, chavalote? Escamas, pechos, pelo rubio hasta la cintura, ojos pintadísimos, bocas de fresa, una larga cola brillante... ¿Así era, dime, así era la sirena que tú viste? Hay preguntas estúpidas incluso para un médico que era el campeón mundial de las preguntas estúpidas. Si uno ha dicho una cosa ¿a qué viene preguntarle otra vez si es así o asado...?, y, además, una sirena es una sirena, no hace falta haber ido a la universidad y tener colgado el título por todas partes, más fea o más bonita, con los ojos azules o verdes, una sirena es siempre una sirena, así que no tengo que andar explicándole a nadie qué es una sirena, como no tengo que andar explicándole a nadie cómo es un bonubús, un helado de tres bolas, un coche de bomberos o el grito de Tarzán.

No sé qué es lo que quería sacarme aquel señor, pero como veía que por ahí no me iba a pillar, me preguntó muy muy serio que mirase alrededor y le dijera todo lo que veía en el despacho. Yo miré a todos lados, muy despacio, para que no se me pasara nada. Un sillón, le dije, sin saber si era ese el tipo de respuestas que me pedía. Un sillón, muy bien, ¿qué más? Unas paredes, dije, un poco más escamado todavía por que no sabía hacia dónde quería llevarme. Ah, claro, unas paredes, muy bien, muy bien, unas paredes recién pintadas. ¿Qué más? Un almanaque, dije siguiéndole el juego. Muy bien chavalote, un almanaque, un buen almanaque italiano. ¿Qué más? Un bolígrafo de oro, dije, importándome un bledo que el almanaque fuera italiano o no o que el bolígrafo fuera de oro. Un bolígrafo de oro, repitió como haciéndome ver que era oro auténtico, del bueno, chavalote, oro bueno, bueno. ¿Qué más? Un aparato de teléfono, dije. ¿Qué más? Una lamparita, dije. ¿Qué más? Una ventana, dije volviéndome hacia el ruido que desde hacía un rato se había ido agrandando en mi cabeza. Claro, claro, una ventana, que da a la ciudad, que forma parte del mundo ¿no es eso? Una ventana, repetí. ¿Qué más? Una cosa muy grandes con plumas rojas que está entrando por la ventana y no sé cómo se llama. ¿Qué cosa roja?, preguntó alarmado. Esa dije, riéndome para mí, señalando a esa como águila prehistórica que ya iba derechita perdida hacia él, como para zampárselo allí mismo.

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HURACANES

No, Cristina no ha llegado todavía. La arrastró un huracán ya va para tres meses y de momento no ha vuelto. No es que temamos especialmente por ella, porque se conoce bien los huracanes y estamos seguros de que cuando se canse, volverá. Lo que temo es que a éste le coja afición, como le ocurrió a madre, que después de irse con todos los que pasaban por aquí, ya de mayor, se largó con uno y nunca más quiso saber de nosotros. A mí, que siempre he sido una incomprendida, me dio por los hombres y ya ve usted, aquí me tiene, en el Texaco Girĺs y esperando a Cristina, que, como le digo, tiene que estar al llegar.

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CÁRCEL

La cárcel, esta cárcel que crece cada hora. Yo la conozco bien. Me paso el día sobornando a los guardias o tratando de limar los fierros, pero nada. Nada de nada. Sé muy bien que escapando no consigo nada, pues he acabado por ocupar el centro y los extremos de mi propia cárcel y ya no hay manera de entrar ni de salir. A veces, siento, incrustados en mí los barrotes que antes... Bastaría con introducirme la mano para tocarlos. Bastaría golpearme con una piedra para oír cómo suenan. Cuando al llegar a casa con las manos oliendo aún a vísceras, los niños corren a mis brazos y los detengo con una sonrisa triste. Papá está cansado, les dice Gloria, pero no es eso, no es eso, los dos sabemos que no es exactamente eso. Lo que le ocurre a papá es que no quiere que al acercaros podáis acabar atrapados en esta jaula... pero quién, quién se atreve a decirles la verdad, ellos que se figuran que detrás de este preso que vuelve cada tarde, se esconde el Increíble Hulk, capaz de retorcer una barra de hierro con solo posar en ella sus dedos.

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MENSAJES ENCONTRADOS EN UNA BOTELLA

(Colección particular)

M217/Kenitra-2.12.1976

¿Alguien sabe cómo se cogen las caballas a mano?

M567 / Isla de Man- 13.1.1979

Estoy perdida. Creo que ha sido Ludwig. Sus sicarios, quiero decir.

M815 /Bahía -14.3.1979

Si esta botella llegara a manos de una persona buena y caritativa, por favor, regrésela al mar.

M1023/Osaka-11.3.1992

¿S.O.S. Alguien me podría enviar por el mismo medio la receta de la sopa de aleta de tiburón?

M1321/ Brest-6.9.1997

Todo, todito lo que te dije es cierto. Lügnut sólo fue un capricho.

M1342 /Sebastopol 9.10/1998?

En esta botella dejo mis últimas voluntades. Aurelio, todo te lo dejo a ti.

M1354/ Mijas-10.10.1998

Ha sido Casio*

*Es posible que se trate de un apócrifo. Se ha encontrado un mensaje similar en Capri, que figura con la nomenclatura C0001267-Castellina Marittima, 13/10/.2002.

M2124 /Bergen -31.4.2001

¿Alguien podría venir a recoger a este niño?

Publicado el 6/2/2010



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