Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
maciaschain@gmail.com

Jordi Doce



Foto de Eva Sala

Jordi Doce (Gijón, 1967) es licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo y doctor por la Universidad de Sheffield (Inglaterra). Ha sido, asimismo, lector de español en la Universidad de Oxford y subdirector editorial de la revista Letras Libres. Ha preparado ediciones bilingües de la poesía de W. H. Auden, Paul Auster, William Blake, Anne Carson, T. S. Eliot, Geoffrey Hill, Ted Hughes, Charles Simic y Charles Tomlinson, así como de las memorias literarias de Thomas de Quincey, y es autor de varios poemarios, entre los que destacan Lección de permanencia (Pre-Textos, 2000), Otras lunas (Premio Ciudad de Burgos; DVD Ediciones, 2002) y Gran angular (DVD Ediciones, 2005). En prosa ha publicado Bestiario del nómada (Eneida, 2001), el libro de notas y aforismos Hormigas blancas (Bartleby, 2005), el ensayo Imán y desafío. Presencia del romanticismo inglés en la poesía española contemporánea (IV Premio de Ensayo Casa de América; Península, 2005) y el libro de artículos Curvas de nivel (Artemisa, 2005).

Su obra está incluida en las antologías La otra joven poesía española (Igitur, 2003) y Campo abierto. Antología del poema en prosa en España 1990-2005 (DVD Ediciones, 2005). Ha colaborado como crítico de libros en ABCD las Artes y las Letras, Cultura/s de La Vanguardia y otras publicaciones, y ha coordinado los volúmenes de ensayos críticos Poesía hispánica contemporánea (con Andrés Sánchez Robayna; Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, 2005), Poesía en traducción (Círculo de Bellas Artes, 2007) y Un círculo de piedras. En torno a José Ángel Valente (con Marta Agudo; Berenice, en prensa), así como los recientes números monográficos de las revistas Quimera (con Marta Agudo) e Ínsula (con José María Castrillón) sobre Antonio Gamoneda.

Actualmente reside en Madrid, donde es coordinador del Área de Edición del Círculo de Bellas Artes.

Para esta firma invitada, Jordi Doce nos ha elegido tres poemas inéditos y cuatro poemas de sus libros Otras lunas y Gran angular (DVD Ediciones). También ha tenido la amabilidad de dejarnos sus Fragmentos para una poética en curso, que pueden leer a continuación. 

FRAGMENTOS PARA UNA POÉTICA EN CURSO

Uno de los rasgos distintivos de la escritura a mano, tal vez el fundamental, es poder hacer de una vez dos, tres o cuatro letras; con frecuencia, un solo trazo escribe una palabra entera, si es breve. Por muy rápido que uno pulse un teclado, la realidad es que las pulsaciones, los golpes han de sucederse unos a otros, siguiendo un orden estricto, para formar palabras. La rapidez del mecanógrafo se enfrenta siempre a la lentitud esencial del método. Y hay cosas que apenas pueden escribirse a máquina, porque exigen el trazo amalgamador de la mano en acción: el trazo que une y unifica. Es la acción de la mano rivalizando con el pensamiento, adelantándose a sí misma y a toda forma de pulso consciente. Es la mano que piensa, que aventura, se aventura.

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¿Qué supone escribir sino el íntimo placer de enlazar unas palabras con otras, olvidarse del tiempo buscando hacer saltar la chispa que ilumine nuestra mesa de trabajo? Lo mejor de la escritura no es, en mi caso, la expresión de ideas o emociones preestablecidas, sino la posibilidad de habitar la materialidad de las palabras, limando sus aristas y dejándome guiar, no sin titubeos, por sus veladas resonancias. Buscar la frase imprevisible pero que al tiempo suceda con extraña lógica a la anterior. Dejarse acunar por los zarcillos del ritmo. Palpar cada sílaba y cada palabra hasta obtener una estimación correcta de su ley.

Cada vez que abordo el papel guiado por un propósito demasiado claro me aburro pronto o descubro todo tipo de imperfecciones que me llevan, finalmente, a abandonar lo escrito. Mi trabajo como editor me ha dado cierta facilidad (que no tenía) para la redacción informativa o periodística. Pero no deja de ser eso, una habilidad, una técnica más o menos sutil que uno aprende con el tiempo. Escribir, en buena parte, es una actividad pasiva, una forma de abandono a lo que uno, con mayor o menor fortuna, va suscitando. En ocasiones ese trabajo de colaboración nos arroja a grandes panoramas, paisajes opulentos cuya existencia ni siquiera sospechábamos; más a menudo nos devuelve un reflejo innegable de nuestras torpezas y limitaciones. Es cierto que la recurrencia de este reflejo impiadoso puede acabar desanimando o desengañando, pero evitarlo no nos compensa de perder ese placer que obtenemos escribiendo lo imprevisto, lo impensable. Así que uno se acerca a la página sin una idea muy clara de lo que hará o dejará hacer, aunque sabe perfectamente lo que no quiere. La brújula opera casi siempre por exclusión.

Recuerdo una frase de Gil de Biedma que venía a decir, más o menos, que el trabajo básico de un escritor es ir resolviendo a cada paso problemas técnicos. No sé si exageraba, pues la naturaleza de tales problemas no es indisociable, no puede serlo, de los propósitos estéticos e ideológicos con que uno aborda la página. Dicho de otro modo, el grado de ambición del escritor es directamente proporcional al número de obstáculos materiales que le es preciso vencer. Pero la idea de Gil de Biedma subraya el carácter esencialmente artesanal del trabajo creador, embebido en la minucia y el detalle revelador, condenado a moverse siempre por el revés de la trama. Se sortean por orden los obstáculos y uno llega, sin darse cuenta, al final del trayecto, hasta que vuelve a empezar.

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La poesía, entre otras cosas, es dialogar con la palabra en libertad. Pero nunca como en un poema se percibe que las cosas se parecen a sus nombres. De ahí pudiera deducirse, tal vez, que en libertad las palabras tienden a caminar hacia aquello que nombran.

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Un libro es lo que queda después de haber pasado infinitas veces por el mismo sitio. No una construcción: un surco, una herida en la tierra, la huella reiterada de unos pies afanosos.

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Con frecuencia, más que hacer nosotros algo, somos la resistencia contra la que ese algo germina y se fortalece. Cuántas veces, después de dos o tres horas de trabajo infructuoso, la línea o la idea buscada se me han aparecido cuando hacía otra cosa, cuando ni siquiera pensaba en mi trabajo primero. Esa línea estaba ahí, crecía contra el muro que yo mismo era para ella, y sólo cuando me aparté se hizo visible, pudo cruzar al ámbito de la conciencia. Era importante estar ahí, ofrecer esa opacidad, pero también marcharse, deponer el pulso, los vectores de la voluntad. Estar y no estar, ser el interruptor de uno mismo, el latido cuya naturaleza incluye negarse a sí mismo.

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La ambivalencia del poema: apunta siempre a otra cosa, quiere ser transparente, una ventana por la que mirar. Pero el poema, para ser y ser leído, debe llamar nuestra atención; debemos tropezar en él para caer en esa otra cosa. Tal vez por ello quiera ser transparente: para que no lo veamos.

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El desierto del poeta es el aprendizaje mismo de su oficio. Consiste en dominar una retórica cuya primera utilidad o imantación es la mentira, el brillo fácil, la exhibición gratuita, el falso decorado de cartón piedra. Pero él quiere decir verdad, quiere decir de verdad, más allá de sus certezas y prejuicios cotidianos; y entonces debe pasar de largo ante la mentira, emplear todo su oficio en alcanzar algo que rebasa e incluso niega el oficio, ese curso nada acelerado de mañas verbales del que a veces se avergüenza pero sin el cual -pese a todo, y él lo sabe- nunca habría dado un paso en firme.

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Cualquier músico competente, digamos, un contrabajista de jazz o un violinista de banda de feria, me inspira más respeto y admiración que la mayor parte de los escritores (incluido, desde luego, uno mismo): la capacidad para, en tiempo real y ante el público, combinar su técnica y su experiencia con la inspiración del momento y desarrollar una estructura que los sentidos pueden acoger de inmediato. En comparación con ellos, cualquier escritor tiene algo de chamán, de fraude. Esa ocultación, sobre todo.

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Cuando escribir no es más que reordenar los muebles de la mente, iluminar un rincón que hasta entonces había pasado inadvertido.

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Otros idiomas, acaso, para arrojarlos como pedrisco sostenido sobre la procesión de la lengua nativa y así depurarla, librarla de excrecencias, quitarle todo asomo de putrefacción o desidia, endurecerla y curtirla al contacto de ese frío violento.

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Contra la escritura como confesión: Que tú necesites decir ciertas cosas no significa que los demás deban oírlas.

Contra la escritura como profesión: Que los demás necesiten oír ciertas cosas no significa que tú debas decirlas.

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La fábula de Ícaro no es sólo, como se nos recuerda una y otra vez con dedo admonitorio, un aviso a navegantes demasiado ambiciosos, empeñados en franquear o transgredir el espacio que se les ha asignado, el papel que deben representar. Es también una crítica al modo en que ciertas voluntades proceden a plasmarse e intervenir en el mundo. El fracaso de Ícaro no se desprende, en realidad, de ese exceso de hybris que le lleva a rivalizar con el sol, aunque así lo parezca y así haya quedado registrado al margen de la fábula. Su verdadero error está en haberse contentado con una solución mecánica, esto es, en confeccionarse unas alas con plumas y cera que, llegada la hora de la verdad, no resisten el embate del calor. Nosotros no volamos, el avión lo hace por nosotros.

La genuina voluntad no debe contentarse con este atajo mecanicista; aun a sabiendas de que puede lograr poco o nada por esta vía, no debe plasmarse en el tener, en el simple hacer, sino proyectar su energía y sus vectores en el querer ser, en la creencia disparatada, fuera de todo lugar y razón, de que a fuerza de querer volar nos saldrán alas.

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Él me reprocha lo que no soy ni puedo ser de ningún modo. No ha entendido nada. Si algún valor tengo es lo que puedo ofrecer activamente, no la suma de mis carencias pasivas. Déjame con mi pobreza, mi desequilibro; sólo así lo que tengo podrá moverse, ponerse en acción, ser esto que voy haciendo, y haciendo de mí, a cada instante.

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Más que escribir, ser un espacio donde suceden cosas.

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He notado que el tiempo me ha hecho algo más reacio a ensayar alternativas o ejercitarme en suertes que no había probado hasta ahora. Soy menos atrevido, menos inmaduro en mis decisiones, tal vez porque la gran frecuencia con que he debido corregir o descartar lo escrito en el pasado me ha hecho desconfiar de mis capacidades o de la bondad de ciertos experimentos, o incluso de la experimentación misma (a falta de un término mejor: tal vez fuera más apropiado hablar de búsqueda) como fuente de escritura. En parte es fruto de la madurez, de haber descubierto con cierta convicción cuál es mi mundo, qué forma de hablar me corresponde y cuál me traiciona o me violenta, aunque la admire en otros. Pero también es cierto, aunque quiera negármelo a mí mismo, que concentro esfuerzos y voy más sobre seguro, lo que es un error, porque en el arte no hay experiencia acumulable ni algo así como una inversión de tiempo y de esfuerzo que pueda rentabilizarse a corto o largo plazo. Antes había más hallazgos, más riqueza de la que partir, aun si después se limitaba drásticamente el número de páginas publicables. Me he vuelto, en fin, menos disperso, menos irresponsable en mi disposición, y todo se vuelve un poco más angosto, se empobrece también, porque la penuria llama a la penuria en un extraño círculo vicioso difícil de romper.

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Hay algo en esta luz, en el sesgo tenue y matizado de la luz del norte, más determinante de lo que solía pensar. A sus pies el mundo está como sumido en sus formas, guarda una grisura discreta, no llama la atención sobre sí mismo: hay que mirar largo tiempo para hacerse con él, volver una y otra vez sobre el paisaje para deslindar y encender sus formas; hay que darle, en fin, mucho de uno para que cobre vida, proyectando nuestra imaginación y nuestro deseo en un esfuerzo por disipar la oscuridad, conjurar el silencio de esa noche unánime y primordial que amenaza con invadirlo cada poco. No es como la luz violenta del sur, que estalla en múltiples y nerviosos paroxismos, que salpica los ojos y los sentidos con una insolencia juvenil que hace a un lado cualquier resistencia: los colores y las formas se nos ofrecen con impudor, compiten por nuestra atención con una ferocidad que puede ofuscar al pensamiento: todo está ahí, al alcance de la mano, basta con tomarlo y blandirlo en el aire, cantar sus alabanzas, henchirse de mediodía.

La luz del norte exige otra sintaxis, otro movimiento del pensar. No importa el turno de las estaciones: por debajo de cambios aparentes, aquí las cosas se remansan en su aparente atonía, en sus grises y verdes y ocres que atenúan las fronteras, las diferencias, y la mente las persigue con tiento insistente, con la prudencia ávida del que no desea espantarlas pero siente el imperativo de la búsqueda y la posesión: quiere hacerse un hueco entre ellas, indagar en su distancia y su misterio. El pensamiento también se remansa, discurre en una espiral que extrae cada vez nuevas conclusiones, o la misma infinitamente matizada, afinada. Y se habla con otra voz, menos brillante y decorada, llena de graves sutiles que avanzan por debajo de la melodía principal hasta alcanzar su destino. Todo lo obtenemos con esfuerzo, en una tensión activa que nos obliga a ponernos de parte del mundo, proyectando en él nuestros deseos y fantasmagorías, nuestros giros mentales y nombres privados. Para los ojos del norte, en fin, la plenitud no es un instante sino un proceso, no es la hora rigurosa y solar del mediodía sino el lento entreverarse de la conciencia y el mundo, la hora declinante del atardecer, cuando más importa arrebatar a la noche el secreto de las formas, el misterio de lo visible.

***

Siempre estaré más cerca de los escritores para quienes el hecho de escribir supone al menos una alegría física, instintiva, casi animal, como la de un niño saltando las olas o dejándose llevar por el entusiasmo de la carrera, jugando con una fuerza que no sabe cómo agotar, braceando en el excedente de sí mismo. Esa ligereza, al cabo, su facilidad para ir de un estado a otro, de la risa al llanto, del juego a la hosquedad. Como Dickens, que lloraba y reía con cada quiebro de la acción, y a quien sus hijas oían desde el piso de abajo decirse en voz alta los diálogos de sus personajes.

***

Que las reglas no te impidan ver el juego.

Jordi Doce
2004-2008

TRES POEMAS INÉDITOS

DE VITA BEATA

Así las cosas,
decidió que no más,
que le bastaba el crepitar del cielo,
el hondo gris de los cañaverales.
«Los dioses se arrodillan en tu casa»,
oyó decir, y sonrió complacido.
Pájaros en la mano, el silencio de arena
de las horas, la cal embridando los ojos.
La oblea de la vida se fundía en su lengua,
en la sangre tentacular, y era un cansancio
sereno, casi experto,
la raíz de la nieve retoñada en su mano.
Todo viajaba en un carril transigente,
luces que brillan o se apagan según las horas.
Retirado en la paz de estos desiertos,
para qué libros, refutaba,
y luego: para quién.

EPÍLOGO

Están sobre las sábanas,
inciertos,
desarbolados,
con su pose como de trapo. Una vez
giraron con violencia hasta hacerse invisibles,
esconderse uno del otro, pero ahora
se acogen a su sangre quieta,
su terquedad compartida. Les imanta
la luz en diagonal de la tarde de junio,
la luz y sus tenazas tenues
removiendo su porción de rescoldos.
Estuvo en ellos el desvelo, la voracidad,
se abrió la piel para cerrarse de un portazo
y una ráfaga de frío respiró desde ningún sitio
hacia los rostros en fuga.
No hay más. Nada ha cambiado.
Y luego los cuerpos,
la distancia entre los cuerpos.

GRENDEL

Lambeth Rd., Londres

Llega el monstruo puntual,
incomprensible,
se cuelga del gran techo de madera
y blande entre los hombres caudalosos,
los hijos del tiempo,
su látigo de renacuajo,
sus abismos de saña y mala muerte.
Llega para quedarse, exasperado
por el canto del juglar
y la lumbre juiciosa de las teas,
la sangre madura de los vivos.
Sagaz, inabarcable,
su rapiña envilece las crónicas,
ondula por los siglos de los siglos
bajo un manto de vaho y falsedad
y allí, en el lugar de los objetos truncos,
de los fragmentos miopes,
deja un rastro de babas que complican el día,
suturan la noche. Allí, secretamente,
entre despojos y fachadas rotas
y espectros que jamás tuvieron nombre,
en la esquina zurda de cualquier margen,
donde un viejo aferrado a un cartel mendicante
pregona su canción de fin del mundo:
No hay tiempo
............................Estamos perdidos
Rezo por todos nosotros
.........................................ACEPTO LA VOLUNTAD

POEMAS DE OTRAS LUNAS Y GRAN ANGULAR

CONSTATACIÓN DEL MIEDO

Torvo y locuaz a un tiempo,
el vuelo de estos cuervos
que niegan cielos y jardines
en la fría mañana de febrero
tiene tono y dicción de alegoría
o precisa metáfora del miedo
mientras la página desnuda
confirma mi impotencia.
........................................Nada tengo,
no hay cielo ni jardín ante los ojos
que conduzca al relato minucioso
de asombros y alegrías. Sólo
el vuelo de estos cuervos
(su sombra como un mal presagio)
podría llevarme a escribir
lo que su vuelo espanta con violencia:
prisionero de antiguas dejaciones,
el temor es mi asunto y mi silencio.

SALUDO

Y tú, vida que empiezas,
no digas nada aún:
crece sobre tu sangre,
se temblor y latencia.

Ciego nudo abisal,
giras en los serenos
hondones de tu madre,
en el limo imantado.

No siempre vivirás
sin tiempo, sin mirada.
Asomará tu boca
a las puertas del día.

Tu cuerpo espera y calla.
Multiplicado tacto
el de esta piel bañada.
Respiras negro, negro.

(De Otras lunas, DVD Ediciones, 2002)

DESIERTO DE LOS MONEGROS

El coche en sombra bajo el tendejón
y flecos de maleza parda junto a las ruedas.

El sol de mediodía percute en el asfalto
y siembra el arenal de transparencias.
Dos muros desdentados,
una señal de tráfico,
restos de chapa y neumáticos rotos
son cuanto evoca
el tiempo de los hombres, su transcurso.

La botella de agua y tus gafas veladas.
Estar de paso es de repente
este paisaje alucinado,
esta incredulidad de diez minutos
que es otro modo de distancia
y convierte la vida en memoria precoz.

Dejas caer el agua por tu frente
y el pelo se te encrespa, más oscuro.
Has vuelto a abrir los ojos
y una sonrisa rompe el maleficio,
este breve paréntesis de insidia
que tiembla con el aire.
La mueca de tu alivio es una calma
y sé reconocer su contundencia.

Veloz hacia un destino
que nos llama sin conocernos,
el coche arranca y deja surcos en el arcén.
Queda sólo esta luz,
la aguja fiel de agosto
que horada cuanto toca,
más allá de nosotros.

INVERNAL

One must have a mind of winter…
.......................Wallace Stevens

El tiempo no te ha dado las respuestas,
sólo nuevas preguntas.
......................................Declina con las horas
la luz, las calles se despueblan,
desde tu cuarto sólo ves
un futuro de ramas harapientas,
la noche agazapada en los tejados,
y crees sentir, incluso, esa quietud
que precede a la nieve
como un aliento contenido,
algo que espera a ser
y desespera.
......................El invierno
lo hace todo más simple,
con su buril de frío y de carencias.
Es una disciplina,
un acuerdo entre el mundo y su reverso,
el lado de penumbra en que se apoya.

El color de la tarde
se iguala al pensamiento.
Cae sobre la calle
una luz aclarada, casi exenta,
y todo se distancia y adormece
como en un objetivo,
como si el mundo fuera un diagrama del mundo,
un mapa desnutrido y eficaz
que ha dado con el hueso de las cosas.

La mente se complace en el invierno.
Le alivian sus aristas,
su quieta economía,
la forma en que se atiene a lo que tiene.
Todo lo simplifica,
también estas preguntas intranquilas
que cambian con el tiempo,
que no cambian.

(De Gran angular, DVD Ediciones, 2005)

Publicado el 6/11/2008



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