Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
maciaschain@gmail.com

Francisco León



Foto de Famara Martí

Francisco León (Canarias, 1970) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna (Tenerife, Canarias). Ha publicado los siguientes libros: Cartografía (Calima, 1999), Tiempo entero (Calima, 2002), Ocho pajazzadas para Salomé (CM de MC, 1999), Ábaco (Artemisa, 2005), Terraria (La Garúa, 2006), libro de prosas con el que obtuvo el I Premio Internacional de Poesía Màrius Sampere, y Dos mundos (Signos, Huerga y Fierro, 2007). Su novela Carta para una señorita griega ha sido recientemente publicada por la editorial Artemisa Ediciones. Fue editor literario de las antologías de poesía La otra joven poesía española (Igitur, 2003) y El sueño de las islas (Ediciones Idea, 2003). Entre los años 1993 y 1995 fue codirector de la revista Paradiso (Tenerife, 12 números). Coordinó los suplementos literarios De umbral en umbral e Ítaca (del periódico El Día, Tenerife). En 1994, Andrés Sánchez Robayna seleccionó poemas suyos para la antología Paradiso (Siete poetas). Durante el curso 2000-2001 trabajó como lector de español en la Université de la Bretagne Occidentale (Brest, Francia). Dirige las revistas literarias Can Mayor (Tenerife, 20 números) y Vulcane (Tenerife, 13 números), y funda en el año 2004, junto a otros amigos, la revista Piedra y Cielo (Tenerife, 4 números), de la cual es secretario de redacción. Poemas suyos han sido traducidos al francés, al holandés y al griego. Su obra ha sido incluida en antologías como Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (2004) y Campo abierto. Antología del poema en prosa 1990-2005 (DVD Ediciones, 2005). Ha colaborado con poemas, reseñas y ensayos en diferentes revistas españolas como por ejemplo Ínsula, Revistatlántica, Clarín, Letra internacional, Letras Libres, Turia, con la holandesa Foro hispánico, con la francesa Aires y con la griega Efthiní. Pertenece desde hace once años al Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna. Entre otros lugares, ha ofrecido lecturas de sus poemas en el Instituto de Estudios Canarios (La Laguna, Tenerife), en el ciclo «Lecturas en Guajara» que organiza la Universidad de La Laguna (Tenerife), en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en el Centro del Instituto Cervantes de Palermo (Sicilia), en el ciclo «El Jardín de las Musas» que organiza el Centro del Instituto Cervantes de Bruselas o en la Embajada Española de Luxemburgo.

Tras una breve charla mantenida con Juan Manuel Macías, se publican aquí diversos textos inéditos de Francisco León: Espiras, ciclo de aforismos sobre creación poética, seguido de cuatro poemas.

***

ENTREVISTA A FRANCISCO LEÓN

Grecia está siempre presente en tu obra y se me hace grato pensar que también lo estará en esta breve charla, pues es un tema inagotable e inevitable en poesía. Sería obligado empezar por preguntarte qué es Grecia para tí, cosa que ya hizo puntualmente Iván Cabrera Cartaya en reciente entrevista. De tu respuesta extraigo este énfasis: (...) la patria del poeta no es su lengua, como se nos dice a menudo, sino Grecia y su cultura. Y además supe de golpe que la patria de Francisco León no es España, sino Grecia y su cultura, antigua y moderna (...). A mí Grecia me deja confuso. ¿Reivindicación romántica? ¿Búsqueda de una cierta pureza clásica, de un canon ético y estético? ¿Puede ser la Grecia moderna, y en última instancia globalizada, una evolución natural de la Grecia antigua? ¿Existió realmente la Grecia antigua como una entidad histórica o fue una invención de los romanos, idealistas, o de los arqueólogos ingleses y alemanes, más idealistas si cabe? ¿Hay, en fin, un deber de reinventar Grecia, como el deber que Álvaro Cunqueiro se reservaba para inventar Bretaña? Dejo estas preguntas sobre la mesa, con una botella de ούζο, por supuesto.

Retomo tu comentario desde el principio. Lo griego —haciendo un esfuerzo de exactitud— ha estado en mis escritos desde hace mucho, casi desde mis inicios serios con la poesía y la lectura. Estuvo en mi primer libro, y antes, aunque fuera en estado de latencia sin que yo mismo lo supiera. Recuerdo incluso que allá en la primera adolescencia soñaba con la creación de un teatro junto al mar, un teatro polvoriento para ensayar tragedias griegas. Este sueño lo compartí con un buen amigo, Víctor Ruiz, que llegó a publicar algunos poemas. Más tarde tuve la suerte de tener una profesora en el Bachillerato que me inculcó la lectura de los poetas griegos antiguos, y no sé bien cómo esas lecturas han ido conmigo a todas partes. Y han aflorado a menudo en mis primeros libros de poemas, a veces simplemente como un halo de luz y a veces con un nombre o una cita intertextual reconocibles. Ahora bien, Grecia, con nombre y apellidos surge en mi pequeña obra con Carta para una señorita griega, esta novela que ha publicado Artemisa Ediciones hace sólo unos meses. Mi estancia en ese país dio para mucho, porque también pude escribir poemas de tema griego, por así decir. Viví esta parte de mi vida casi como un reencuentro con mis primeros sueños sobre lo griego. Hasta ese viaje yo siempre viví en la creencia poética común de que la patria de los poetas es su lenguaje. Puede se sea cierto. Pero no es menos cierto —o esto creo ahora— que la patria más honda del poeta es Grecia, y cuando digo «Grecia» quiero decir «lo griego», en el sentido, tal vez, dado a esta expresión por Odiseas Elytis. La idea, en el fondo, no es mía, sino de Jorge Luis Borges. Así que no sé si se debe reinventar Grecia. Dudo que se pueda. Sólo puedo afirmar que algunos poetas de Canarias a los que admiro se preguntan por su situación en el contemporáneo panorama lírico español, y créeme, nos cuesta situarnos dentro de ese panorama. Porque a menudo se nos suele excluir de antologías, lecturas oficiales, conferencias, charlas y encuentros poéticos organizados por nuestros iguales peninsulares en el lejano continente. Pero es normal que esto suceda: si la crítica general española continental excluyen a menudo a las poesías hispanoamericanas, cómo no iba a olvidar la lírica hecha en Canarias. Así que para un anarca melancólico y apátrida como yo, esa afirmación no resulta tan descabellada.

Tú me preguntas «¿Reivindicación romántica?». Sí, te respondo. Y también me preguntas «¿Puede ser la Grecia moderna, y en última instancia globalizada, una evolución natural de la Grecia antigua?» La imagen media —por así decir— que se tiene de Grecia es la que hemos heredado de la cultura latina, y es bastante interesada. Por ejemplo. Hemos heredado la idea fundamental latina de que Platón es el gran poeta griego de todos los tiempos. Y eso es falso. El gran poeta griego al que Platón fusiló de arriba abajo es Parmeneides, Parménides. Pero hemos preferido el halo occidental-racional dado por la hermeneusis latina a Platón que el halo oriental-mágico de su progenitor filosófico, Parménides. La mayoría de las calas poéticas hechas sobre lo griego por poetas contemporáneos españoles se han quedado en la faceta neoclásica del mundo griego, lo cual es más bien una cala en imagen erudita latino-inglesa o latino-germana o, en el mejor de los casos, en la latina simplemente. Y sí, creo que aún es posible ahondarse o reinventar lo griego para la poesía española yendo hacia lo más originario, hacia lo más recóndito y mágico de lo griego. Seferis, Ritsos, Elytis… ellos lo hicieron, y hombre fueron como nosotros.

Como Arquíloco de Paros, poeta que vive en una isla. ¿En qué medida piensas que influye en la escritura (si lo hace) el lugar donde uno vive?

Arquíloco de Paros fue el objetivo de uno de mis primeros jaykus.

Que no descienda
la maldición de Tántalo
sobre estas islas.

Espacio insular, su paisaje, sin duda influye en la escritura. Por lo menos en mí. Lo insular crea en su habitante un ritmo circular de pensamiento que es más obsesivo cuanto más pequeño es su territorio. Eso lo descubrí en Sicilia, más de diez años después de escribir ese jayku. Creo que «isla», «demencia» y «videncia» son elementos naturalmente contiguos. En esa forma de pensar obsesiva y circular de los insulares, el paisaje, o mejor dicho, la meditación sobre el paisaje, es el único elemento de salvación, el único camino que encuentra la mente para no caer en la demencia o en la nulidad, para no caer en la maldición repetitiva de Tántalo. De ahí que los poetas de las islas tomen como vehículo para su poesía el hecho físico y metafísico del paisaje que les rodea. Es un método de salvación, y accidentalmente, de creación. A causa de esa obsesión circular, esa maldición de Tántalo que describía Arquíloco, los poetas insulares son, por lo general, más radicales en sus planteamientos, más pertinaces. Se juegan su lucidez, nada menos. No es raro que por este método se vean abocados a límites radicales entre la videncia, lo espiritual y el sueño diurno. Y todo por este hecho material de las islas: su paisaje.

¿Se impone otra insularidad, mental, para escribir poesía, frente a las corrientes, los grupos o las modas?

Esta es una pregunta compleja y que me ha perseguido siempre. Llegado a este punto de mi vida, sólo puedo decir que, a mí, de manera particular, me beneficia la reclusión, la lejanía, la excentricidad, la celdilla del san jerónimo. Mi vida en estas islas es muy simple, casi de boticario antiguo, con sus paseos a mediatarde, mis cafés en las plazas arboladas y mis horas de lectura cuando cae la luz. Me sienta bien mantenerme al margen de Madrid y Barcelona. Además prefiero el mar, las playas y los volcanes. Hubo un tiempo en que estuve a punto de cambiar mi residencia y vivir en Madrid y recomenzar allí mi vida y, tal vez, mi poesía. Pero una profunda reflexión me aconsejó permanecer dentro de mis obsesiones y alejado de los ambientes literarios. Me resultan insanos esos ambientes. En cuanto a los grupos: en sentido estricto nunca he militado en ellos. En cuanto a las modas: me repugnan las modas o las corrientes. No soporto que nada ni nadie me digan como tengo que escribir o pensar. Porque para mí la escritura es un acto de pensamiento soñado o de sueño pensado, algo, en definitiva, muy íntimo que pertenece a la expresión de mi interioridad. Escribir es, para mí, la vivencia de un drama interior que nadie puede decidir desde fuera de mí, como es lógico, a veces ni siquiera yo mismo.

Bajo el título de Espiras, se publican en esta firma invitada una serie de aforismos que recogen tus reflexiones poéticas. Interesantes aforismos. Subrayaré unos pocos. En uno, para empezar, defiendes que un poema ha de contar siempre algo, tener, en tus palabras, "todo el pequeño mundo de circunstancias que se forma alrededor de la palabra novela". Se esté o no de acuerdo, me parece una reflexión muy original y arriesgada, sobre todo por esgrimir una palabra eternamente en crisis —"novela"— para sostener tu poética. Homero, el primer poeta conocido, contaba algo, o se propuso contar algo. Ahora bien, ¿sabemos realmente lo que contaba? ¿Lo sabía él? En dos palabras, ¿se puede extraer un argumento de un poema, o es sólo un espejismo? Por otra parte afirmas que "El narrador de poemas es, téngase en cuenta, un músico de palabras..."

Bueno, ya sabes que los aforismos no pueden ser tomados como leyes para los demás, sino expresiones de deseo para quien los escribe. En eso creo: escribo mis aforismos como «lemas de memoria» que trato de aplicar únicamente en mi escritura. Y escribí éste que señalas porque a veces me parece demasiado fácil y cómodo escribir con ese estilo de poemas montado sobre un juego de palabras y conceptos y que parece no tener ni principio ni fin. Creo que esos poemas fundamentan su existencia estética sobre una idea un tanto equivocada de la constructividad y del hecho material del texto. Un texto que esté interconectado, construido, bajo una red sintáctica tensa no es en sí mismo un poema por mucho que el poema tipo sea una materia verbal. Aunque el poeta no tenga ni idea de lo que sucede y cuenta en su poema, en mi opinión, un buen poema debe poseer un suceso y contarlo, por muy sintetizados y velados que luego aparezcan en el texto. a veces nos olvidamos de que un novelista bueno también construye su novela. Y ese tipo de macroconstrucción es lo que hecho de menos en la poesía actual. Ahora mismo me acuerdo de Yorgos Seferis y su poema «Éngomi»: en ese poema pasa algo, y se cuenta con cierta dilación, formando tempos, argumentando el suceso, preparando un clímax, etc. Y todo esto sin olvidar la parte musical, material, del poema. En un jayku de Mashaoka Shiki, por ejemplo, nunca deja de contener estos elementos: suceso, narración, personajes, situación… Es una novela musical condensada hasta sus últimas consecuencias. También escribí otro aforismo que dice: Un poeta es un narrador con la tinta y el papel justos.

Dos aforismos más, curiosamente complementarios. Una cita pitagórica: "Huye de la embriaguez como de la locura". Y esta glosa tuya: "Huye de la realidad como de la estupidez". Sueño y vigilia, realismo e irracionalismo. ¿Dónde situarías el justo medio? La cita pitagórica, por cierto, me ha recordado la defensa que Lorca hizo de la consciencia como rectora de imágenes para su Poeta en Nueva York frente al automatismo surrealista. También me recuerda a esa suerte de sueño vigilante o una vigilia soñada del iniciado llevado a la caverna por el pholarcos...

Te respondo con otra pregunta. ¿Qué expresión responde más a un automatismo «nieve blanca» o «nieve negra»? Es un ejemplo burdo, lo sé, pero sirve para explicar que es en el lenguaje diario, en el lenguaje de la realidad, por así decir, en el que hay más expresiones automáticas simplemente porque nuestra mente compone frases dejándose llevar por agrupaciones conocidas y establecidas de palabras. Digamos que la mente automatiza las respuestas lingüísticas a las cuestiones de la realidad. Por otra parte, decía Roger Callois que la llamada «escritura automática» de los surrealistas dejaba de ser libre en poco tiempo de uso y terminaba por crear cárceles repetitivas de igual modo que el lenguaje informativo. No siempre el uso de métodos surreales produce aciertos poéticos. Por eso escribí esos dos aforismos. Mi método es desautomatizar las formaciones del lenguaje informativo sin sobrepasar ciertos límites más allá de los cuales todo intento hermenéutico es vano, porque nada se entiende. Por eso a menudo hablo de escribir instalado en una suerte de «sueño diurno», dicho de otro modo, bajo el dominio de la inspiración. La inspiración es el pholarcos que invita al iniciado a encontrar en su sueño las visiones misteriosas, pero sin dejar de sujetarle la mano, unido al mundo de los vivos.

Se publican también aquí unos poemas de dos libros tuyos inéditos: Heracles loco y otros poemas y Salmo para una estrella (este último, poesía en prosa). Háblame un poco sobre las tramoyas de ambos libros.

Y aún tengo otro libro inédito anterior a esos dos: Aspectos de una revelación. Pero me ciño a Heracles, que fue escrito durante una estancia en Grecia muy importante. No todo él, claro, fue escrito allí, pero si la mayoría de los poemas que lo componen. Muchos los compuse de un tirón, como «El Rey de Hydra», por ejemplo, otros los comencé en Delfos, por ejemplo, o en Sunion o en Egina, y los terminé en Tenerife. En contra de mi gusto, suelo escribir poemas que retomo y termino muchos años después. Hay que dejar fermentar el mosto para que surja el buen vino. Debo decir que todo lo escrito durante esa estancia se produjo en un estado de gracia delirante. Así es, para bien o para mal. Nunca tuve la sensación real de haber escrito todo eso de forma enteramente consciente. Iba por las calles, por las ruinas o por las islas y a mi paso surgían versos destellantes que apenas si podía anotar. Todo se producía como en un estado de videncia que me superaba. La verdad es que estuve allí para mitigar un mal existencial y cierto estado de neurosis bastante grave. Mi estancia allí se convirtió en seguida en un viaje de iniciación, y me inicié, sin duda. El viaje a ciertos lugares de Grecia fue revelador y, hasta ahora, una de las experiencias espirituales, por así decir, mayores de mi vida. Cuando regresé, me di cuenta de que había escrito tanto que tenía en mis manos un libro de poemas y una novela. Ahora he podido publicar la novela, Carta para una señorita griega.

Salmo para una estrella fue escrito dos veranos antes, de dos o tres tirones, a lo largo de un viaje a Turquía que se prolongó por un mes. Y es en cierto modo el diario intensamente lírico de lo sucedido allí: la pérdida de mi maltrecha fe cristiana. Tiempo antes de este viaje a Turquía mi vida dio un giro inesperado e inevitable. Mis íntimas creencias se vieron sacudidas, y el sacudimiento definitivo, por azares de la vida, se produjo en ese viaje al interior de los desiertos de la Capadocia. En el fondo Salmo para una estrella es un diálogo monologado de unas treinta páginas con la figura de Cristo, una aparición que surge de repente en una mezquita, en un bazar o en una prostituta rusa a la que vi en un bar de Ankara. No tenía demasiado tiempo para componer versos, así que lo más rápido fue escribir en prosa, de corrido. Sin detenerme demasiado a establecer un orden temporal adecuado, ni una estructura comprensible. La idea de este poema en prosa es que alguien recuerda y escribe durante la última noche de su viaje lo que le ha sucedido en una tierra extranjera durante un mes.

Abandonemos sueños y vigilias, y hablemos de la confusa realidad. Siempre me gusta acabar preguntando por el estado de la poesía española actual. En tu caso, también me gustaría preguntarte sobre las relaciones, los encuentros o desencuentros entre la poesía peninsular y la, digamos, insular. Así acabamos hablando de islas.

La verdad es que no estoy al tanto de la «confusa realidad» poética española desde que la investigué para elaborar la polémica antología que hice junto a Alejandro Krawietz, La otra joven poesía española, editada en Igitur. Supongo que el tapiz lírico de la poesía española no ha cambiado mucho desde entonces. Por ejemplo, nadie —ni editores ni lectores— fue capaz de acercarse a la fantástica poesía del canario Melchor López, uno de los más interesantes poetas de lengua española que conozco. Hacen mal los editores en no sacar sus libros a la luz, la mayoría inéditos. Libros de una inteligencia creadora que pocas veces encuentro en los poetas peninsulares de su edad. La mejor poesía del Archipiélago regala al panorama hispano un tipo de lucidez que no encuentro en poetas de castilla o Galicia o Sevilla, por poner ejemplos. Creo que entre los poetas canarios hay una mayor conciencia de la materialidad sonora de la palabra y mayor razón constructiva, y una tendencia hacia una poesía de pensamiento, por así decir. Sin embargo, aún aportando algo específico a la poesía Peninsular que ésta no posee, o posee en bajo grado, los buenos poetas canarios —que de todo hay, naturalmente— y que ahora tienen entre 30 y 40 años de edad, más o menos, continúan excluidos del panorama nacional establecido por una crítica segregacionista, débil e informal. Pero es lógico, pues la institución crítica española prácticamente no existe, y si ya es incapaz de detectar sus valores continentales, cuánto menos capaz no será de detectar los existentes en un archipiélago lejano cuya cultura moderna (especialmente desde las Vanguardias) desprecia.

Ahora mismo, los poetas no canarios que mejor comprenden la poesía de Las Canarias se llaman Jordi Doce, Vicente Valero, José Luis Rey, José Ángel Cilleruelo y alguno más que olvido. Sin embargo, le aseguro, que hasta el menos interesante de los poetas canarios conoce bastante bien la poesía peninsular. Pasa algo parecido, pero a menor escala, que con la poesía hispanoamericana. Los poetas peninsulares en general desconocen a sus hermanos latinoamericanos, igual que a los canarios. Y creo que por lo mismo. No comparten nuestra sensibilidad exuberante ni nuestra mirada imaginativa sobre mundo.

TEXTOS INÉDITOS DE FRANCISCO LEÓN

ESPIRAS

El orden es la ficción absoluta. Y ninguna otra invención intuitiva de su mente llegará ser una necesidad tan fundamental para la vida del hombre, y, substancialmente, para el escritor de poemas. Es, por decirlo así, la guía de los tiempos.

Lo que los físicos llaman, con razón, orden, no es más que una medida compensatoria a nuestra incapacidad física para contemplarlo todo de una forma global.

De ninguna manera es aceptable la idea de que el poeta nunca habla con oscuridad. Dado que lo únicamente «oscuro» es aquella experiencia de contacto que le acontece al poeta cuando se halla en contacto con el orden del mundo, tal como quería Hölderlin. O con la ficción del orden del mundo.

Por muy débil o insustancial que nos resulte su hilo argumental, un poema debe contar algo: posee personajes, situaciones, tempos y tiempos, escenas y, en general, todo el pequeño mundo de circunstancias que se forma alrededor de la palabra novela.

Contar y suceder. La existencia de todo verso no tiene otro fin que dar cuenta de ambos extremos.

Ahora bien, todo tipo de vaguedad es impropia del poema.

Sus personajes pertenecen a una gramática de imágenes superior.

El narrador de poemas es, téngase en cuenta, un músico de palabras.

Toda idea existente o que es susceptible de existir es ritmo, o está a punto de serlo.

Todo poema, por largo o corto que sea, es la expresión de un suceso condensado hasta el borde de su desvanecimiento.

Un poeta es un narrador con la tinta y el papel justos.

«Una vez alcanzado, el resto carece de importancia», dijo.

En esa lengua —dijo— el mensaje era siempre el mismo: el drama de un ser individual ante lo incognoscible. Es decir —respondió el otro—, la verdad de cada hombre. En efecto —replicó— por ello es preferible, como San Antonio de Papua, predicar a los peces, que traicionar nuestro propio drama.

¿Dónde se halla —preguntó— la función condensadora de la poesía? ¿En su energía musical, tal vez? ¿No tachamos allí donde únicamente pensamos «esto no me suena bien»? O, ¿en su limpieza narrativa? ¿No decimos acaso: «Esta frase no aporta nada» y la destruimos?

Un empleo exceso de materiales constructivos no sólo da cuenta del temor del arquitecto ante la fiabilidad de su estructura del puente que ha hecho, también hará que ésta se derrumbe en cuanto pase la primera persona.

En sentido estricto, un poeta no escribe, construye.

«¿Usted por qué motivo escribe?», le preguntaron. Y contestó: «Porque deseo vivir enteramente mi propio drama».

En un gran poema, hay versos más importantes que otros ―no podemos comparar un verso inicial con uno de transición o con otro de cierre: sus funciones son diferentes y su tensor interior está afinado con energía diversa―, si embargo, escritos e insertos en su debido lugar, todos son indispensables y han de poseer una tensión equilibrada y justa.

Todo existe gracias a una tensión latente.

Así pues, está diseñado, preexiste como diseño. Para hallar tal dibujo puedes ―y debes― agregar o suprimir palabras, pero siempre las correctas.

No agregues adjetivos para superponer efectos. No vistas con túnicas estrafalarias a los sustantivos.

Los adjetivos no se mezclan como los colores. «Rojo» y «azu»l no producen «verde».

Los adjetivos, del mismo modo que las metáforas, deben despertar la singularidad del sustantivo.

Por otro lado, si no hay más remedio, es preferible alargar el verso limpiamente que condensarlo con basuras.

En la medida de lo posible no rellenes con palabras, por muy bellas que sean, lo que no ha sido pensado o, cuando menos, lo que no ha sido intuido.

Puede hacerse el siguiente símil: la intuición es el resplandor que produce la cerilla al ser encendida, el chispazo inicial del que todo brota. Sin embargo, para que alumbre hasta el final, la vela debe continuar ardiendo por otros medios.

La intuición es el paso previo al poema, pero recuerda que el definitivo es la visión clara de lo de lo que ha de suceder en él.

Dicho de otro modo: entramos en el poema gracias a una intuición casual. Sin embargo, recuerda: debemos mantenernos y salir de él, y para conseguirlo, lo mejor es haberlo pensado con la mayor claridad posible.

Cualquier cosa que se piense a sí misma ha empezado a alcanzar la belleza mediante el uso de la inteligencia. Es la diferencia entre la belleza natural y la creada. La belleza es la inteligencia expresada en los términos de un sueño.

Otro asunto mayor en poesía: el encabalgamiento. Se trata de fenómeno a la vez rítmico y semántico. En el aspecto semántico es una especie de ampliador del sentidos, en el rítmico consigue mantener la vivacidad de la composición.

Sin embargo, un poema compuesto mediante una cadena seguida de encabalgamientos parece un cerebro rodando escaleras abajo. En los poemas también existen los descansillos.

No seas concesivo contigo mismo. Lo que hoy te parece aceptable, mañana te parecerá un miembro gangrenado. Un verso sobrante, una palabra, un espacio de más, una sílaba mal acentuada: sangre podrida.

Una vez un artesano me dijo que una buena puerta de madera debería dejarse reposar siete años en la oscuridad del taller antes de ser instalada.

Huye de la embriaguez como de la locura, Pitágoras.

Huye de la realidad como de la estupidez.

No te preocupes por la realidad, o por su majestuosa sombra. La poesía ya se vengará de ti concediéndote la verdad.

Acabar lo imposible es cuestión de suerte. Debes ser valiente y dejarte arrastrar por esa corriente instintiva que fluye con violencia hacia la verdad.

El poeta en el que pienso no se preocupa de sus lectores —realmente le interesa poco saber si cuenta con ellos o no. Digamos que su lector es dios. Que todos sus esfuerzos han de dirigirse al mantenimiento de su atención, de su alta escucha, de su tímpano inmenso en el que todo resuena como algo prístino.

De alguna forma, el destello final del poema se halla oculto en los dos primeros versos.

Para escribir poemas se cuenta con la gracia de cinco o seis obsesiones y el inconveniente de miles y miles de palabras.

No seas frívolo en el juicio. Recuerda que cada dos o tres palabras combinadas el poeta ha de mover, una y otra vez, la totalidad de sus leyes, la entera maquinaria de su gramática, la suma de sus dudas e intuiciones, el conjunto completo de sus experiencias, el legado aprendido de la tradición, el cúmulo de sus desaprobaciones, el cálculo inabarcable de posibilidades desechadas, el recuerdo íntegro de sus maestros… Esfuerzo impropio de humanos.

Le sorprende que alguien le pida que recite de memoria uno de sus poemas. Nunca recuerda nada de cuanto ha escrito. Como mucho lo recuerda vagamente. En realidad, qué sabe el poeta de sus poemas: apenas nada. Entre en ellos en sueños y los abandona sin darse cuenta. Si algo supiera con certeza tal vez no los escribiría, o los escribiría de forma perfecta.

Se describe a sí mismo como un niño que sueña.

La poesía no es minoritaria porque sea compleja. De igual manera que jamás será mayoritaria por mucho que se convierta en sencilla, diáfana y aun estúpida. Lo en verdad minoritario es el milagro del que depende la poesía. El milagro del encuentro único entre un lector y su poema. A partir de ahí no existe nada difícil.

La dificultad del «pensamiento por revelación». Quien pretenda tal cosa debe crear sus propios axiomas, que pueden ser a su vez disueltos por otros axiomas menores, a su vez disuelto por otros más insignificantes.

El pholarcos griego conducía al iniciado al interior de la caverna. En la oscuridad, le invitaba a permanecer en total silencio y quietud hasta entrar en una suerte de sueño vigilante o una vigilia soñada. Era la antesala del inframundo. La visión del sueño obtenido era un acertijo que contenía la verdad necesaria. El poeta no es el pholarcos. Es el durmiente.

(inédito)

BAÑO EN SELINUNTE

Nos dijeron,
«Visiten Selinunte,
los griegos la olvidaron en el Sur
al declinar
el opulento imperio».

Dos millones de olivos que dejamos atrás
en nuestro bólido de fuego,
formando un arco de centellas bajo el ojo de Júpiter.

El orden de los surcos
y más allá el silencio
magenta de las vides, al trasponer los campos del Sicani,
e irreales urracas
flotando en los trigales todo el tiempo.

Pensé que el sol del Sur no era una estrella,
sino el imán de Apolo
que arrastra los fragmentos de la tierra hasta elevarlos
tejiendo a mediodía sobre el aire
los velos engañosos de las formas.

Así merodeamos por las ruinas de aquella ciudadela
como en un mesmerismo reluciente.

Más tarde, Vía sacra,
los templos junto al mar, las roídas metopas,
e il conceto di acropoli
flanqueado por muros o espejismos.

De pronto alla sinestra, un grande porticato,
polvo mordido por el can del cielo,
chiamato stoà.

Allí me recosté, chiflado y solitario,
a la sombra de un pino; y pensé en la Medusa:
las espigas del cielo, los azules gorriones,
todo petrificado, semejante a un tumulto de hojas
en los confines de la historia.

Me acordé de un poema, mientras miraba el sol:
The pleasure of the ruins is not infinite.

A mediodía,
en la colina del Malóphoros,
me salieron al paso unas coturnici,
tal vez una familia potentada
de tiempos del autócrata Agatocles.

No era mi figura de su agrado
y me miraron mal mientras huía.

Dedicamos más tarde un tiempo
a buscar el templete de Cástor y de Pólux
por el zarzal tacaño.

«¿Persisten todavía los dioses allá abajo?»

No sé, hemos olvidado
tantas cosas nosotros,
los hombres.

Me pareció escuchar aquellas voces
y pasos removiendo tras nosotros los guijarros,
o tal vez fuera el viento pensando entre las vides.

No sé, tal vez tan sólo fuera
un mito entre las púas.

Cuando nos dimos cuenta,
a nuestra espalda vimos los muri a gradoni,
enormes como piedras las arterias
de cíclopes fingidos en el jaspe
que latieran ardientes todavía bajo el cetro del sol.

Atajamos después por un camino hacia la playa
porque el mar invitaba, desde lejos,
a refrescar la sien hirsuta.

Un reguero entre arenas, dorado y maloliente,
y juncos festonados con penachos
en donde caza el sapo
de tarde en tarde alguna araña.

Era el río Cottone, reducido aguachirle.

No vi velas de caiques hinchadas en el viento,
ni los yates modernos con magnates
desnudos en su popa,
doblegando las olas con rumbo a Siracusa.

Ahora Selinunte es un villorrio
que olvidaron los griegos
perdido en este Sur profundo y desolado.

Y este fue nuestro viaje a la leyenda.

Dejamos a secar la ropa en unos pecios,
bajamos a la orilla
corriendo por las dunas desnudos como faunos.

Las olas restallaban de tan frías,
me acordé de vosotros, felices en las ruinas modernas,
y a gritos invocamos el favor de Neptuno.

UNAS PALABRAS MÁS PARA MILLER ANTE LAS PUERTAS DE ELEUSIS

Al dejar la ciudad me volví para verla.

Parecía un arrepentimiento
de latas oxidadas y estropicios
machacados al sol.

Tal vez así distinga ―me dije― el humo del cigarro
y su cabello blanco.

Lo imaginé
rendido por el tedio, en la alégastos petra,
avergonzado del destino de los hombres
leyendo los Misterios en un mármol,

tentado de adentrarse para siempre
al otro lado de las puertas
hasta el infierno mismo,
y abandonar el mundo de los hombres,
para alcanzar adentro lo real
y el horror de sus formas,
y al fin desengañarse de este ensueño

tal vez el cielo de Elefsina te cubre para siempre,

pues ha de estar maldito y nos impide
volvernos algo más que meros hombres.

EL MINOTAURO Y YO

Sé que voy solo, conduciendo, por una carretera,
que todo está en silencio junto al mar.

Dejo atrás las palmeras, los rumores sin vida
y pájaros fugaces al borde del asfalto.

Alguien dice a mi lado:

El resplandor de mayo por la tarde,
cuando el fuego de mayo se gira para hablarte,
un fuego en forma humana
que recubre los astros,
invade el coche,
e ilumina los hombros y tu nuca.

Pienso en el Minotauro del dibujo
que he visto esta mañana,
mientras paso una curva y resplandecen los sargazos.

Lo guiaba una niña, como a un anciano, y estaba ciego.
El semidiós vidente, reclinado en su báculo.

Imagino un puñal de venganza que abrasara sus párpados,
pues devoró a los hombres.

Sé que voy solo, que el mar está en silencio
al borde del asfalto,
que he pasado una curva y ya es de noche.

Huele a mar de sargazos podridos.
La brisa está salada y remuerde mis ojos.

Ojalá yo no fuera el Minotauro
al que llevan enfermo bajo el fuego de mayo
las manos de una niña,
sin comprender el nombre de los mitos antiguos.

Voy por el borde de las olas, conduciendo.
La noche de sargazos se avecina
e ilumina una luz la sombra humana de tu espalda.

Ojalá yo no sea el Minotauro.

Los diamantes del mar relumbran en las palmas
porque nadie se acuerda del nombre de los mitos.

De Heracles loco y otros poemas (inédito)

SALMO PARA UNA ESTRELLA
(FRAGMENTO PRIMERO)

No te he olvidado todavía, después de tanto tiempo, después de las densidades de los sucesivos mundos, hemos vuelto hasta el borde de estas aguas en que un día fuimos los últimos del amanecer, me dijiste, los últimos inconsolables y las últimas cigarras, los dos pájaros últimos que se perdieron en las ondas existenciales más allá del fin que recuerdas, que olvidaron el camino de vuelta, tú y yo, los relegados, los que nacieron en cualquier parte, te dije, y los que huyeron de todo lugar porque se buscaban desesperadamente, siempre los últimos por los rastros del sol, hebras del sol, filamentos de refulgencia por los que descendemos entre las nubes, hasta los hombres que no te he olvidado todavía, después de tanto tiempo, tú y yo, los que verán el esplendor definitivo de la última estrella, dijiste, te dije, me dije, nos dijimos allá adentro, cerca del fondo de las aguas, porque tal vez sea esta amanecida la jornada definitiva en la cadena de los tiempos, aquí, junto a estas aguas donde nadie existe ni es para sí solo. Allí nos encontrarán, heridos pájaros esperando en el borde del libro futuro o quizás estemos allí, en este tiempo venidero desde ahora, quizá hayamos siempre estado allí, en el extremo borde del logos, bordeando el límite siempre cuando la luz desciende sobre el alba de la estrella, y entre tanto el ahora sólo sea un sueño de redención, un transcurrir soñado de la existencia. Así decíamos junto a las aguas, aquella noche, en la ciudad marina sumergida bajo los tiempos. Pero tal vez mañana, en la apertura de la mañana abriéndose en millares de alas, también aquí, y frente a las aguas del Bósforo, las barcazas vendrán para buscarnos ―así me consolabas—. Háblame, háblame antes de que descienda sobre nosotros el griterío del dios y el pálpito violento de sus criaturas nos ciegue, alas, gritos, formas pasajeras, turbulencias de los límites, y la consumación del final nos separe en cientos de fragmentos, partículas, vestigios, espiras o nada que desfila como una ráfaga a través de todos los mundos. Aún no, —dijiste—, espérame. Todavía hablábamos de la visión de las barcazas flotando por las aguas, ¿lo recuerdas? Tú deseas que escriba que vamos ahora sobre la superficie, contemplado la química nebulosa de las olas, la negra fosforescencia de las luces lejanas. Cielo ardiente y astros sobre el amalgama de las olas y hombres que cantaban en voz baja, cubiertos por mantos de dolor, agudos ojos, manos amarillas como cera, alargadas igual que los cirios. ¿Quiénes son, cuáles son sus nombres? Lo escribo ahora, mientras recuerdo, y nada viene a buscarme en el interior de ese recuerdo, sólo son nuestros ojos que deliran, nuestras manos que tocan una espesa niebla con forma de tiempo, nosotros mismos embozados, cruzando, atravesando de súbito el espesor de todas las cortinas del tiempo, y volvemos, ya estamos aquí, hemos regresado a un muelle, lo mismo que en un sueño pintado sobre telas fuliginosas, nada más que eso, pigmentos materiales, ásperos aceites y las densidades de los sucesivos mundos, todo lo profundo y toda la materia inconsciente hasta nosotros atravesada por un sueño de amanecer. Aún no. No te han olvidado todavía, después de tanto tiempo, regresan para llevarse al viejo león. Siempre arderán sus antorchas en cubierta por ti, los veo cada tarde caminando arriba y abajo por los muelles, compran vasos funerarios, hacen libaciones, cantan los salmos, y mientras tanto te esperaban para continuar el viaje sobre las aguas, meridianos abajo, hacia el sur, hacia la isla de los muertos, esos de ahí, oscuros hombres, esos serán tus ojos y tu cayado un día, acaso el último de los días en el final de los tiempos, ellos te guiarán, y serán los fanales que gobiernen a los inconsolables, barcas de los inconsolables. En verdad, desesperadamente un día te diré, ningún ser existe para sí sólo y arderás de ternura en una alianza superior y sin confines. Vendrá un día en el que lleguen bailando con siringas, niños y jumentos, gallos y mujeres, corderos juntamente con las fieras, vendrán en la algarabía de cubierta, bailando, sonreirán con sus quijadas de asnos hermosos, y serán bellos a tus ojo sus dientes, mandíbulas parlantes, manos secas, ojos humanos que palidecen. Nos dirigimos al puerto, dirán, venimos a por nuestro león decrépito, pero también verás los rostros de los padres, y tú mismo dirás en el borde lumínico de las aguas: Dolor por los padres que sollozan por sus hijos, por los padres afligidos en el beso de sangre del olvido. En nuestras manos —me susurrabas— el nombre de Allah está escrito. El que es y será, el que fue en el principio, y antes, el que antefué y jamás acabará, el que no se olvida de ninguno de nosotros, el que se halla inconmensurable en la corona de la esfera y es la esfera, el que lleva la cuenta de hasta el último de nuestros cabellos, el que es una palabra con la que nacemos y a través de la que nacemos, la gran madre sagrada por la que vinimos, por la que vamos andando hacia la estrella, la estrella guía que nos sacará de este mundo cuando lleguemos al borde de los tiempos, en el delta final del fluyente existir. ¿A dónde viajaron éstos, Rabí, las buenas bestias, los mansos hijos de San Juan El Bautista, éstos que pintaron tus iglesias en los desiertos agónicos? ¿Sabes una cosa?, ayer vi la aflicción de El Bautista en presencia de Cristo coronado en los atrios de Santa Sofía. Sus cabellos y sus barbas de fiera salvaje de los desiertos, arrebatado en la entronización del Maestro, como un león que se ha peinado un poco, ya sabes, así, de este modo, e inclina la cabeza humillando su frente y frunciendo sus cejas como lo haría la fiera que teme y adora la presencia de su amo. «No soy un apologista, no soy el Quadrato aquel, ni el Arístides, pero». Desgarraba la bestia solar con sus garras de pólvora, restallado sobre las plazas. En la multitud de los cráneos hervía la ambición de los hombres. Gemía el sol y todo temblaba como en un gran árbol de fuego, imperaba el calor y todo parecía derretirse, pesaba el bochorno en los párpados y todo se alzaba ante mí como espejismos o imágenes de codicia, y yo los admiraba como se desea una prístina belleza, hecha de falsedad y de anhelo, y todo así dispuesto, más tarde, antes de escribir todo esto que ahora veo y digo, mientras vagaba por las calles herido de exaltación y de quimeras, vi a un dios. Lo vimos, pues otros iban conmigo aquel día. Un dios que estaba en pie junto a una panadería en la avenida de Laleli, entre flores incompresibles y harinas, entre hombres y orines. Los llamó, los está llamado todavía. Vengan, hombres, vengan: entren en mí, coman este pan que sabe a las flores de mi huerto. Quien coma de estas flores será saciado y ya sólo tendrá sed de estas flores. Pero nosotros mismos somos su huerto, me dije. Nosotros somos sus flores. Su cuerpo era de materias luminosas, su manto era un delirio que nos acogía a todos, y tan pronto llorábamos a sus pies ―insectos, culebras, antílopes, manadas de almas confundidas―, desconsolados como perros que perdieron la mano de su dueño, tan pronto así llorábamos, y yo era uno más sollozando bajo aquella túnica, como de pronto reíamos henchidos de felicidades extremas. Fuimos niños un instante, Rabí, niños que arrullaran la cerviz de un halcón entre sus brazos. Él vendrá mañana, dijo el vendedor de anillos, el que es, el que será, el que antefué, ese altísimo en ninguna parte vendrá mañana, no temas, forastero, pues no hablará de sombras ni juicios sin clemencia, él, el grande, el niño que nos convirtió en niños y convertirá en niños otra vez, mañana. Ése, pues si como un cántaro saca agua de la entraña más sombría, ¿no sacará a manos llenas el júbilo de nuestros pozos, el valioso tuétano, a nosotros hambrientos, a nosotros inconsolables?, ¿y con una palabra dicha de su boca, no nos volverá amantes en su plácido pecho? Amantes, amadores, libadores, abejas de lo invisible en el panal de lo visible, así se dijo y así será, pues nadie existe para sí sólo. Estaba escribiendo y miraba a lo lejos las aguas corrompidas, inflamadas en nubes de gas ardentísimo, contemplaba las fosforescencias por las aguas, fluidos repugnantes y contrafluidos que subían corriente arriba, entre los detritos y las fibras de luz azul luciente negra verde de la superficie, y un girar de graznidos animales, despojos, bagazos, restos y llamas de maquinarias, y flores ya pútridas que sobrenadaban en las salpicaduras de las olas, vi ahogados que se mecían en las aguas lucientes, y todo eso nos llamaba a gritos porque no recordaban sus nombres y se perderían para siempre, y temblaban de miedo. Socórrelos, tú que sabes de palabras, porque no sabrán resucitar así cuando llegue la aurora, dijiste. Rostros mudos anónimos en la hora final, ahogados, y las fosforescencias en los ojos, y las nubes del cielo, tan infectas, fibras de muerte y de locura que se agolpan sin orden en un grito desesperado nocturno, voces que gritaban en la lejanía, entre las callejas de brillantes adoquines y esquinas poco alumbradas. No me abandonéis en las aguas, no permitáis que mi cuerpo se hunda y se deposite en el légamo. Vi barcos braceando sobre mantos corrompidos, vi las chimeneas de los barcos fabricando el huracán sideral de la noche con humaredas negras, vapores y fogonazos, pestilencias y hollines, músicas por el cielo y por las aguas, todo elevándose hacia los cielos, en hórridos jirones de voces y graznidos, como una música de almas despedazadas a golpes contra el polvo, como un gran abrigo de cenizas desmembrado por las garras humanas de los seres. ¿Qué he venido a hacer aquí, Rabí? ¿Por qué me has traído a este lugar que yo no deseaba? Era ya de noche cuando vi aquellos hombres en los barcos que pasaban sin premura, felones con sus perfiles embozados en el claroscuro de la luz, hombres muy cerca de nosotros, mirándonos al soslayo, contemplé sus rostros desconocidos, cicateras miradas, los labios avarientos. Nadie conoce a los hombres que vienen remando del fondo de los tiempos, con un guiño de alfanjes afilados bajo el sayín, entre escarnios de muerte y de amor en un tablero. Pasaban con sus juegos de vísceras y de cristales para la videncia, con el corazón de la amante clavado en una aguja de perdóname, te lo suplico, con los ojos de la amante quemados por un beso de huye de mí, hombres que miraban embozados, ocultando al mismo tiempo sus rabos y bufidos de chivo, otros remaban, también, tocados con capuchas y visibles gusanos en la comisura de sus bocas, porque estaban enfermos de podrida enfermedad, y la risa avarienta desplegada en sus dientes los delataba, la enfermedad del mal pustulando sus bocas, y la enfermedad de la conciencia, el sudor y la codicia trasudados en sus mantos, y con sus ojos me decían: Huye de mí ahora que aún estás a tiempo, huye de mí, te lo suplico, o enfermarás, así me observaban, hombres de toda índole me observaban con el ojo corrupto, a punto de ser juzgado y descuartizado sobre el tablero hediondo de la conciencia, hombres que escondían la intención de sus cuchillos bajo la turbia tiniebla de sus pellizas, y sus sombreros de piel, y sus cuchillos de músicas metálicas, de horrenda súplica, quiero mi sangre, me susurraban, y al mismo tiempo, huye, no te acerques, insensato, intruso. Qué noche era aquella junto a las aguas, dónde me encontraba. Me decía a mí mismo, escribe, escribe con sangre esto que ves, no lo olvides, escribe sobre estas luces de la ciudad vertida en las aguas, escribe sobre esta sangre y estos espectros, sobre las aguas en visión infinita, sobre la ciudad de sangre y llamaradas, escribe esta noche, nombra a la muchedumbre que se encamina por el gran cuerno dorado bajo los puentes y las bocinas gigantes, bajo las enormes trompetas, escribe, dime, Rabí, a dónde van los hombres con sus juegos de muerte y de locura, con sus alfanjes, ya expulsados, a quién buscan esta noche para prenderlo a cambio de unos pocos denarios, a dónde van los hombres de ese barco de tableros podridos y velas negras, a donde se adentran remando, remando en las entrañas del mal. Pero no respondías, porque inclinabas la cabeza con pesadumbre, sobre la palma abierta de tu mano, y luego, y guardabas silencio, ¿por qué tantos siglos de silencio para tus hijos? Cuando llegó la tarde, te acompañé por las calles nuevamente, de vez en cuando tú me hablabas, y te volvías para verme, y yo te decía, oh roca mía en que me refugio. Íbamos al mercado, andando hacia el bazar entre mujeres vestidas con las túnicas y hombres con bonete, oh roca mía en que me refugio, porque tú deseabas encontrar un anillo de plata con la inscripción del los leones, y oculto en su garito, echada la cortina de basta tela, hallamos al vendedor envuelto en su chaqueta gris de tela antigua, hombros gastados, con el ojo de hierro mirándonos de soslayo. Mantenía en su mano un quinqué de roja llama, que levantaba sobre nuestras cabezas para vernos mejor en la opacidad de su jaima, y si giraba para mostrar sus mercaderías a los forasteros, con él, en turbulencias y palpitaciones, giraba tornadiza, en caleidoscòpicos destellos, la quincalla de su tienda, lenta marea enrojecida que anegaba los cuadros de medinas antiguas, láminas de saladinos con turbantes, refulgentes rubíes y serpientes de plata, tibia marea de rojizos reflejos, enrojecida, circulando por las arterias de pequeñas argollas, circulando rojo por los enardecidos corazones de avecillas en bandejas de plata. Y entregándote uno de aquellos corazones para que tú lo examinaras a la luz de la llama, otra vez, inconsolable otra vez, te volviste para decirme, soy pequeño y despreciable, pero tus leyes nunca olvido, recuérdalo. Me adelanto a la aurora mientras sigo escribiendo esta noche, pues conozco su advenimiento, y en lo alto de esta montaña, aguardando tus palabras, pido tu auxilio. Me adelanto a la aurora, este será nuestro anillo, símbolo de una alianza que recordaremos mañana con los claros del día, al borde de la gran mañana. Y después regresamos andando junto a las aguas, una alameda antigua de piedras y bancos de madera, íbamos junto a las llamas verticales y sucias que lamían las olas y eso fue todo aquella tarde y su noche. Pero no te retires, aún no, continúa hablándome, mantén tu voz erguida en esta noche, vela conmigo, recita conmigo estas asuras, estos rezos cantados, palabras dichas junto al mihrab que nos mantiene despiertos esta noche, mantente a mi lado, Rabí mío, y recuerda tu origen, dime tus recuerdos, de dónde vienes y para qué, pues las aguas brillan esta noche para ti, alumbran para ti, para ti los peces de amatista en estas ya nocturnas olas en las fulguraciones del alba, mira que las antorchas arderán en cubierta, tómalas, ve con ellos, guíalos, sé uno más entre los inconsolables, que no te importe nada tu ignorancia, olvida tus conocimientos, que no te importe la forma de tu materia, las membranas de tu forma, eres solamente una llama o un hálito inflamado, una simple y pura llama esta noche al borde de los mundos. Háblame y háblales también a ellos, todos están esperando por ti, diles que vienes de parte alguna incognoscible para ser acogido, que ya no posees nada, ni forma ni sustancia, que igual que aquel Aurelio gritaste en el brocal de un pozo a las profundidades, abandonadlo todo, abandonadlo todo, que ni siquiera ya posees amor, aquel que un día vibró en tu pecho, como un tambor de impaciencia, y que no te dejaba siquiera en las noches de jaleo en compañía de tus hermanos. Veo estas nubes rojas y las olas rojas, puedo ver estos vendedores de conchas rojas que gritan a las estrellas los nombres del misericordioso, mientras escribo, hacedores de músicas que aúllan, gente pidiendo clemencia por las calles, luz roja para sus ojos, eh, vosotros, abandonadlo todo, echad a correr, quedaos sólo con el aire y los pulmones, unas pocas monedas serán suficiente para el reino de un día bajo el sol definitivo. Veo las ropas flotando por las aguas, algas rojas flotando por las aguas, locura de papeles escritos con tinta roja flotando por las aguas, y toda esta respiración flotando por las aguas vendrá a ti, llenará tus entrañas, habrá una marea nueva en tus pulmones, y allá dentro quedará como un sello hasta que anuncie la trompeta del último día su canto: emerged.

De Salmo para una estrella (inédito)

Publicado el 29/5/2009



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