Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
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Rafael Espejo y Andrés Navarro (al alimón)



Rafael Espejo nació el 3 de septiembre de 1975 en Palma del Río (Córdoba). Es autor de los libros Círculo vicioso (Universidad de Granada, 1996), El vino de los amantes (Hiperión, 2001) y Nos han dejado solos (Pre-Textos, 2009). Vive entre Granada y el resto de Andalucía.

Andrés Navarro nació en Valencia. Es autor de La fiebre (Pre-Textos, 2005) y Un huésped panorámico (DVD, 2010). Ha disfrutado de una beca de creación en la Residencia de Estudiantes entre 2006 y 2008. Actualmente reside en Valencia.

***

A. ¿Has notado cómo nos miran los jóvenes?

R. Suele pasar. Cada vez que alguien se proyecta en lo que no ha hecho todavía, por envidia o por miedo al fracaso, los ojos se le tuercen. Pero no creo que sea nada personal. Nos queda tanto por probar que enseguida me excito y me pierdo pensando en otra cosa. ¿Decías?

A. Que a veces asusta un poco la credibilidad que confiere una voz grave y asertiva, sobre todo si el interlocutor es muy joven. Acabas por maquillarlo todo con coletillas modestizantes. Y en el fondo creo que no todo es opinión, es decir, afirmo aquí y ahora que Yeats es mejor poeta que Andrés Aberasturi, pero claro, alguien puede empeñarse en sus propios gustos. Si no hay confianza, a veces sólo cabe relativizar.

R. No sé, no consigo que me preocupe eso. Por ejemplo: me gustan palabras inútiles como barbilindo, cebolloso, escañutar, verrionda, trincadero, marigalleta y romí. Intento utilizarlas todo el rato, pero los contextos en que me muevo son estrechos de caderas para tanto aparato. Quiero decir: yo tengo 35 cuando escribo pero 20 cuando hablo. ¿A quién puedo pedirle opinión entonces? ¿Espejo de quién? Cada vez que me miro me sabe a poco.

A. Además de a Perales, puedes recurrir a tus exnovias, las únicas personas de las que podemos asegurar que piensan menos en ti que tú en ellas. Por cierto, ¿a quién le lees tus cosas? ¿A quién no se las leerías aunque se dejara?

R. Yo ahora no tengo novia, así que soy más de camas deshechas; en todo caso disimulo un poco el desorden de sábanas enrolladas y ropa mal tirada para acostarme a gusto. No siempre, sólo si estoy de buen humor. Y esto para decirte que como uno… Yo soy mi oráculo, nadie me conoce tanto como yo, nadie me quiere y me castiga tan desinteresada, tan objetivamente. Así que marca una equis en la casilla “A nadie”. Pero igual te estoy entendiendo del revés: me preguntas a quién le leo mis borradores, ¿no? Porque si te refieres al poema hecho, entonces no hay pudor. ¿Pero qué hay de ti? ¿En quién piensas cuando escribes? Yo siempre especulo: si lo que ando escribiendo podría gustarle a Pavese me gusta a mí también. Si no borrón.

A. ¿A qué huelen las cosas que no huelen, una bombilla de bajo consumo, un mosquito? No me refiero sólo a exprimir el limón sinestésico, es que a veces el poema pide justo eso, meter los calcetines en el frigo, preferir la oruga al perejil. Y hablando de calcetines, las muchachas dicen que tus poemas llegan…

R. Las muchachas son seres muy curiosos y receptivos, pero también ocurre que los poemas llegan más lejos que el poeta. De cuando en cuando no está mal una excursión a Jauja, pero lo normal es que a un poema mío las niñas respondan con la blanca doble en los ojos. Mira que soy ingenuo, todavía me prometo que la poesía es democrática porque el idioma lo es, todavía me lo prometo. Pero sí, me empeño en escribir poemas más o menos transparentes, o de al menos una primera lectura transparente. ¿Tú crees que soy un cursi o sólo un raro? Pero qué más da, mucha de la que considero mejor poesía no la entiendo. ¿De qué van tus libros?

A. Yo quería escribir rimas y me salían entradas de diario, sobre todo en el último libro y en lo que voy escribiendo. La gente que me conoce dice que los poemas son demasiado explícitos, y los que me conocen menos parece que se pierden. Pregúntame si me preocupa que mi poesía se entienda.

R. ¿Te preocupa que tu poesía se entienda?

A. Vaya, pues sí, pero no es algo en lo que piense cuando escribo sino luego, cuando ya no hay remedio. ¿Pensar la poesía en términos de facilidad y dificultad? Todos leemos en función de nuestras expectativas, es decir, de nuestras limitaciones. Como lector, prefiero los poemas que me incomodan un poco, que me obligan a reconfigurar mis prejuicios. Espera, voy a buscar un libro que me regaló un amigo común (pasan dos minutos que Rafael Espejo aprovecha). Escucha lo que dice el Señor Sueño: “si no explicas bastante, te comprenden mal, si explicas demasiado, no te comprenden. El justo medio está en explicar lo suficiente para que te lo reprochen”. ¿A ti qué te reprochan?

R. A mí no llegan a reprocharme, a lo más me prochan. Es la suerte de tener la cara que tengo. Pero en cualquier caso supongo que la polémica serena no sólo es sana sino recomendable. Por supuesto, no hablo ahora de postpoetas ni contracríticos ni perfopollas. Estoy hablando en serio, no te rías.

A. Perdona, pensaba en los perfopollas, los imagino palmípedos, pequeñitos, con los ojos saltones y un esnórquel en el cogote para respirar bajo el agua… ejem, ¿es cierto que has visto el documental sobre los diálogos con Solzhenitsyn de Alexandr Sokurov más de cien de veces?

R. Bueno, no tantas. En realidad ninguna. Ahora sólo veo westerns. Estoy en una edad donde prefiero el escapismo a la erudición. Al toro por los cuernos: la ficción dentro de la ficción. Qué poco original, ¿verdad?

A. Hay quien disimula sus calvas con un bisoñé de citas, y quien apiñona el belfo cuando se suena pedante. A veces son los mismos. La ironía es imprescindible y también una trampa, ¿ser uno mismo y cuestionarse sin perder pie?

R. Esa me la sé, y vas a pagarla: no pasa un día en que no me atormente con lo trágico de vivir ni media hora en que no bromee sobre lo cómico de vivir. Como dice Lorenzo Plana: “Sí y no,/ sí y no de ahora en adelante”. No sé, quizá tengo demasiado a ras de conciencia la idea de habitar una fantasmagoría, de ser una fantasmagoría. Por eso decía antes que prefiero gastar mi tiempo divirtiéndome que instruyéndome. Lo instintivo, o lo imprevisto, antes que lo cultural, porque la inteligencia no es una base de datos. Y fíjate que acabo de citar. Ay, ayúdame que me estoy perdiendo.

A. Claro: inteligencia, cultura, imaginación. A veces son cajas estancas. Como esas mesas redondas en las que te encuentras hablando de poesía junto a catedráticos, que saben más que tú del tema y además se explican mejor. Si el poeta es un fingidor, lo es sobre todo cuando no escribe poemas. Me refiero a que la cultura no le sirve de mucho, al menos para escribir, y la inteligencia por sí sola tampoco. Pero como tú dices, no hay más mística que la mística en sí. Va un tópico: ¿escribes porque eres escritor o viceversa?

R. Siempre he sido más de huevos que de gallinas. Las gallinas son algo ya hecho, un animal por lo demás sin gracia. Sin embargo con un huevo… De un huevo puede salir un paisaje, o una rubia diciendo ok, o incluso otro huevo. Si no fuese tan niño no escribiría, para qué. Conmigo me pasa igual. ¿Tú no tienes la sensación de que lo mejor de ti no sólo no lo has escrito aún sino que igual ni lo escribes?

A. Lo mejor que voy a escribir... Jean-Marie Straub, y va otra cita, lo explica mejor que yo: Un genio es quien tiene una paciencia duradera. Porque cuando la paciencia es duradera, al mismo tiempo se llena de contradicciones. Si no, no tendría tiempo de llenarse. La paciencia duradera se llena, por fuerza, de ternura y de violencia. La paciencia impaciente sólo se llena de impaciencia."  Fíjate, si sustituyes "genio" por "opositor a bedel", "figurante de cine para adultos" o "poeta", la frase sigue funcionando.

R. Ay, la contradicción, no hay quien la entienda. Para ser poeta, o al menos para escribir poesía, es necesario que la inseguridad penda sobre tu cabeza como espada de Damocles, creo. Cuando definitivamente un poema te resuelve cualquier contradicción, inquietud, duda la película acaba. Y es lo que se espera: en algún momento tiene que llegar el fin. Pero más que el poema logrado a mí me divierte el proceso, es decir: la duda, la inquietud, la contradicción. Contradíceme si me equivoco.

A. Hace poco un amigo biólogo y gran escritor de aforismos me decía: cuánta cháchara le echáis, ché: si sólo hay dos tipos de poetas, lo chéveres y los chungos. Aparte de anotar su preferencia por las palabras con “ch”, lo tomé a broma. De hecho lo era, pero le sigo dando vueltas al número dos, ¿crees hay dos tipos de algo, Fruela y Fernández, chupete y biberón, unidad y fragmento? La pregunta no es retórica, palabra.

R. Te sigo, amigo mío. Las categorías absolutas siempre distinguen entre dos: ying o yang, Dr. Fruela o Mr. Froy, churras o merinas, on u off. Supongo que entonces tu amigo tenía razón, con la salvedad de que en poesía –en cine, en música, etc.- encuentro subcategorías dentro de lo chévere. Porque se puede ser objetivamente bueno o malo, y ahí no hay discusión. Pero dentro de lo objetivamente bueno, se puede empatizar más con éste que con aquél. Por ejemplo: entre Szymborska y Heaney, dos extraños casos de nobeles de justicia, la primera me parece que soy yo mientras que el segundo lo siento ajeno. A los dos agradezco que vivan y escriban, pero no con la misma temperatura. Dime tú si no a quién quieres más, a tu padre o a mi madre.

A. Más que a tu padre, me gustaría parecerme a la hermana de Szymborska: viajar más, hablar o no hablar según el clima, cocinar sopas exquisitas sin premeditación… ¿Y qué me cuentas de lo último de Mark Strand, Hombre y camello?

R. ¿Lo dices por mí?

***

CODA FLAMENCA
de Andrés Navarro

La luz les da filtrada por medusas.
Conocen sus activos. Ríen y fuman
cigarrillos y escupen
perdigones muy blancos en la acera.

Normalidad. Viento terroso. Normalidad.
La raya de un avión agrieta un cielo seco.
Nubes estabuladas se encabritan y mugen.

En el ojo esquimal inexpresivo
sedimentan
ceros remunerados, folclore, ocio
otoñal... Al fin somos noticia
como niños de antes, fauna
atormentada o feliz
de libros, sensibles, afincados, al aire
los tobillos en verano y las zarzas
desiguales para un dolor igual.

Puede que en sus nucas altivas
prendan velas eufóricas
de fiebre, un vicio de cristales
rotos

en una carcajada. Y no las amo.

***

TRAS LA CORTINA DE ÁRBOLES
de Rafael Espejo

Aunque yo no soy ese
me deleito mirando:
él le ablanda el oído,
ella simula apuro y

por el verde sendero que bordea
al arroyo cantor,
con una manta al hombro,
se adentran en el bosque.
(Los árboles también
son seres íntimos,
aunque no duerman
juntos.)

Recuerdo así una casa:
de puertas para afuera.

Id pues al goce.
Yo prefiero esta vez hacer aros de humo
y deshacerlos,

ver desde la ventana
                                    cómo despacio,
muy despacio
                                el paisaje se mueve.

Publicado el 30/5/2011



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