Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
maciaschain@gmail.com

Álex Chico

Álex Chico (Plasencia, 1980). Licenciado en filología hispánica por la Universidad de Salamanca y doctorando en la Universidad de Granada, actualmente ejerce la enseñanza de literatura en Barcelona. Es codirector de la revista Kafka y miembro del consejo editorial de La isleta del Moro. Ha publicado el poemario La tristeza del eco (Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2008), y las plaquettes Nuevo alzado de la ruina (Vebo Blues Ediciones, Salamanca, 2005) y Las esquinas del mar (Vitolas del Anaïs, Granada, 2004). Ha ejercido la crítica literaria en diversos medios (Falsirena, La prensa de Zamora) y publicado sus poemas en diferentes revistas (Letra Clara, Contra Tiempo, La plaza humana, Nadadora). Fue antologado en el libro Poesía en La Tertulia y en Vitola de vitolas (Cuadernos del Vigía). Es autor de la novela Telón de fondo y del ensayo Antes del simulacro. Cine y literatura en el primer tercio del siglo XX. Mantiene, además, el blog Isla de Elca.

Para la presente firma invitada, el poeta nos ha escogido tres poemas de sus libros La tristeza del eco (Editora Regional de Extremadura), Más allá del Sur y Tiempo después, inéditos estos dos últimos. Antes reproducimos una breve charla y un texto suyo, escrito para la presentación de La tristeza del eco.

J.M.M.

UNA BREVE CHARLA

La selección de poemas tuyos que aquí se presentan forman parte tanto de tu primer libro La tristeza del eco como de otros dos, aún inéditos: Más allá del Sur y Tiempo después. De estos dos últimos afirmas que conforman trilogía con el primero. Es muy interesante esta concepción de la poesía como proyecto de un edificio superior al mero concepto de poema, laboriosa labor de arquitectura que contrasta con una visión más (digamos) cancioneril de la poesía. Me gustaría que te extendieses algo más sobre esto, y sobre los objetivos de dicha trilogía...

Se dice, opino que con bastante acierto, que siempre se está escribiendo el mismo libro. Todos los poemas pueden conectarse, porque entre ellos se establece un vínculo que escapa incluso al propio autor. Edmon Jabès solía comentar que antes de escribir un nuevo poema ya sabía qué extensión iba a tener. La explicación que ofrecía era que el poema ya está escrito mucho antes de que se plasme en el papel. De modo que hay una serie de constantes, de imágenes, que se nos quedan en algún lugar esperando el momento oportuno para salir. En esto, es el tiempo el que ejerce de catalizador, es el que organiza los períodos creativos. De ahí que yo opte por escribir desde la memoria.

Sobre la impresión de que esos tres libros forman una trilogía, he de decir que es una idea que me ronda en la cabeza desde hace poco tiempo, ahora que estoy cerca del final de Tiempo después, el libro que cerraría la trilogía. Es una impresión que me surge no con ojos de autor, sino con ojos de lector. Al leer estos tres libros, descubro que todos ellos forman una particular visión acerca del viaje, la soledad y la memoria. Por eso digo que pueden entenderse de forma conjunta.

Dices en tu presentación de La tristeza del eco “Tiendo a concebir la escritura como una consecuencia radical de la lectura, el último peldaño de ese proceso lector”. Ya conoces, sin embargo, la célebre preferencia de Borges por el estatus de lector, donde yo me suelo encontrar más cómodo. ¿No te parece que hay una cierta fatalidad en el hecho de escribir, de ser el minotauro y no el héroe, o el que acaba siempre pagando las rondas?

El libro establece un vínculo extraño con el lector y creo que hay una cierta magia en ese proceso. El hecho de que un poema mío llegue a alguien y que en ese encuentro sólo existan ellos dos es probablemente lo que más me llena de satisfacción, al margen de la crítica que haga del libro. El libro tiene vida propia y en el momento que se hace accesible sigue un camino que el propio autor desconoce. Me gusta que así sea. Si dije que la escritura es una consecuencia radical de la lectura, es porque opino que el hecho de escribir nos sirve para entender mejor lo que hemos leído, bien sea un libro, bien sea un paisaje geográfico, bien sea un estado emocional. Incluso cuando escribimos tenemos, en algún lugar de nuestra conciencia, a un lector invisible. Él sería nuestro verdadero juez, porque es quien juzga en último término lo apropiado o no de un poema, lo esencial o lo prescindible. ¡De modo que el auténtico escritor es un lector! Pero un lector que, como el minotauro, está encerrado en el mismo laberinto. Con esa comparación me suele venir a la mente la magnífica obra de Julio Cortázar, Los reyes. Elegimos ser el Minotauro, no Teseo, porque optamos por recluirnos en un pequeño espacio, un territorio solitario y oscuro, conformado de infinitos callejones, algunos sin salida, y así tratamos de soportar las amenazas que vienen desde fuera. El hilo de Ariadna sería el único vínculo que tenemos con la realidad.

Poeta extremeño (Plasencia) que vive y trabaja en Barcelona. ¿Es tu poesía, entre otras cosas, un intento de resolver esa curiosa ecuación?

Estas dos ciudades son cruciales para entender buena parte de mi creación poética, porque son lugares a los que acudo constantemente. El tercer vértice sería Granada. Desde siempre, he dado una importancia extrema al lugar. Es mi punto de partida, mi eje. Una ciudad es un estado de ánimo. Por eso, dependiendo del lugar donde me encuentre mi visión de la realidad varía. Existen ciertos sitios que me dirigen, incluso, mi forma de pensar. Las ciudades son mis verdaderos adjetivos. No soy el mismo cuando hablo de Lisboa que cuando lo hago de Buenos Aires, por ejemplo. Mi temperamento varía, incluso el tono que elijo al hablar, o las palabras que empleo. Lo interesante es que todas ellas forman un enorme mosaico que define lo que soy. Para Pessoa somos una confederación de almas. Pues bien, esa multiplicidad yo la identifico con los lugares que han marcado mi vida.

Me gustaría, para terminar, que nos dejaras algunos trazos sobre cómo ves la poesía española actual.

José Antonio Gabriel y Galán distinguía dos tipos de escritores: los que se juegan la vida en su trabajo y los que no. Obviamente, el sentido no es que para escribir haya que poner en riesgo la vida de nadie, sino que la creación literaria supone una particular caída al vacío. Por eso, me interesan los escritores que son capaces de trasmitir su visión personal de lo que encuentran en ese descenso hacia sí mismos. Poetas que nos enseñan a mirar e interpretar lo que nos rodea, sea un lugar que conocemos o un territorio que nos resulte ajeno. Claro, esto no atiende a modas, ni a tendencias, ni a grupos generacionales ni a promociones poéticas. Es una actitud, o mejor aún: un carácter, como lo definía César Simón. En la poesía española actual hay escritores que se han conformado con pertenecer a tal o cual grupo, y otros que han comprendido las palabras de Simón. No trataré de limitarme a dar un puñado de nombres, pero hay poetas españoles actuales, algunos conocidos y otros no tanto, que están escribiendo libros sumamente interesantes. Con un añadido: no se han conformado con la lectura del maestro, sino con lecturas mucho más heterogéneas. Hay poetas que han puesto en práctica la idea de que la poesía es una búsqueda, un tanteo. Y para ello, afortunadamente, no se han limitado a leer a unos pocos.

TEXTO PARA LA PRESENTACIÓN DE LA TRISTEZA DEL ECO (PLASENCIA, 21 DE ABRIL DE 2008)

¿Por qué he escrito La tristeza del eco? O simplemente: ¿por qué escribo? Paul Auster comentó en una ocasión que no sabía por qué lo hacía, pero que sería mucho peor si no lo hiciera. Es cierto, al menos en mi caso. Pero debo encontrar otra razón, si cabe, más precisa. Hace poco, escribiendo una poética para Las afinidades electivas me hice la misma pregunta. Os digo lo que dije entonces: escribo para defenderme del lugar que habito, para interpretar lo que me rodea, porque es la única manera que he encontrado de descifrar lo que tengo y no tengo a mi alcance. Y siempre bajo la perspectiva de alguien que se sabe dentro y que, sin embargo, prefiere observarlo desde fuera.

Tiendo a concebir la escritura como una consecuencia radical de la lectura, el último peldaño de ese proceso lector. Así, escribo para entender mejor a Eugénio de Andrade, por ejemplo. O para entender a Gamoneda, a Gil-Albert o a César Simón (un paréntesis: coincido con varios autores de mi generación en una cosa: la promoción de los 50, la más conocida, la de Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, la de Valente o Claudio Rodríguez, nos enseñó a leer, mientras que la otra generación del 50, la de Simón, Gamoneda o Costafreda, nos enseñó a escribir). Escribo para explicar lo que he leído, y en ese proceso se produce algo extraño. Interpretas a otros autores y desde el fondo de su palabra surge una voz nueva: la tuya. Consigues formar parte también del poema, y con el primer verso abres la puerta a otro mundo diferente, una realidad que nace, ahora, desde tu experiencia.

Pero escribir es, como dije, defenderse del lugar que habitamos. Eso es lo que debí pensar una tarde, esperando el metro en Barcelona. Te encuentras en el subsuelo, viendo cómo el tiempo se esfuma y cómo acontece tu vida debajo de tierra. Y el único modo de afrontar esa “no-realidad” es escribiendo. En mi caso, no sólo me defiendo de Barcelona, sino también de Plasencia. No recuerdo qué poeta, creo que John Ciardi, dijo que para escribir no era obligatorio sufrir, porque la adolescencia ya era bastante dolorosa para cualquiera. Y mi adolescencia nació y murió aquí. Han hecho falta varios años y ha hecho falta este libro para saber qué ciudad habitaba entonces.

Una anécdota que resume perfectamente lo que quiero decir. Cuando le preguntaron a Saul Bellow cómo se sentía después de ganar el premio Nóbel, respondió: “No lo sé. Aún no escribí sobre eso”. Creo que ese es mi punto de partida. Esa es la actitud que he mantenido para construir cada uno de los poemas que he escrito hasta este momento.

TRES POEMAS

CIUDAD DEL HOMBRE

Volvería a este lugar
si lo hubiese habitado.
Buscaría mi exacta conciencia,
recordando nuevamente mi rostro
en cada esquina.
Ocuparía el atardecer
para que la ciudad me retomara,
rescatándome desde la tierra,
si pudiera,
como a un hijo suyo.

Si perteneciera a este paisaje,
plegado entre los valles que la concentran,
la voz de algún pariente me reconocería,
y volvería a hablar conmigo.
Yo me sentiría un ser prolongado,
asumido entre su especie.

Pero nunca he habitado este lugar,
mi paso por aquí no es más que un espejismo.
No he construido esta tierra,
ni puedo ocupar –es imposible - el silencio que la nombra.
Las aguas que la circundan no me pertenecen
y las voces que creí escuchar de mis parientes
anuncian, en otra ciudad, el final de este viaje.

(de La tristeza del eco, Editora Regional de Extremadura)

TESTAMENT

Ya es hora de admitir la derrota,
porque el tiempo se ha vuelto
mucho más frágil.

Es hora de admitir la añoranza
de ese punto de luz sobre el río
que, alguna vez, bien pudo ser la vida.

No es cuestión de memoria,
sino de fracaso.
La soledad se elabora a base
de ir juntando pequeñas ganancias,
de acumular sin certeza las minúsculas
anécdotas de una ciudad a medianoche.

Por el día, también yo
caminé por extramuros,
y sentí la ausencia como una muestra
impalpable de la densidad del territorio.
Recorrí calles en deuda con el frío,
falsas avenidas en donde el hielo
no era más que una presencia
vaga de la sombra.
Y volví, sin saberlo, al hogar más vacío.

Yo también pensé en reconstruir
las ruinas, y como todos volví
a escribir sobre el agua que tarde o temprano
situaría los límites.
Oí las mismas voces, intentando
equipararlas al sonido de mi propia boca.

Por eso, cuesta ahora imaginar
que cada tramo pueda olvidarse.
Se perderá –no me cabe duda –,
como la luz del tabaco se escapa
en cada poso de ceniza.

Ahora lo sé.
Sólo escribí para morir con cierta dignidad.

(de Más allá del Sur, inédito)

INSTANTE

Ciertos lugares conservan el paso
de los que se detienen, y deciden –al cabo –
observar lo que les rodea.
Sin más interés que el de permanecer allí
por algún tiempo.
Esos territorios en donde el instante
pretende ser perpetuo,
cercados en un bosque
con una explanada verdosa en su centro.
En esos lugares se aprende a decir: lo desconozco.
De ahí su condición inabarcable: siempre quedarán
sujetos a una duda.
Un espacio –un lugar – que acaba por no saberse
si existió, y logrará subsistir en la distancia.
Donde no ha ocurrido nada y sin embargo
se logra no haber sido nunca.

(de Tiempo después, inédito)

Publicado el 15/10/2008



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