|
Patricia Esteban |
|
Sólo me reconozco en un límite, justo antes de los signos más discretos del abandono. Estoy sola, se ha enfriado la leche, suelto el vaso y las manos que se retienen en mí, me hunden. Aunque no los elija, son mis dedos la primera corteza que atravieso en mi descenso. Abro la boca para soportar el peso que ahora se escurre y se me escapa entre los dientes. Estoy cayendo en una caída tan cotidiana, y no habrá ruido de cristales, sólo el vértigo de seguir y el fruto mordido de la noche rodando ante la ceguera de los otros.
Publicado el 31/12/2008 |