DVD Ediciones.com en el centenario
de Álvaro Cunqueiro
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Jesús Aguado |
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POÉTICA
Para
llegar a ser buen poeta antes hay que haber aprendido a fugarse de
muchas prisiones: la del Sentido, la de la Historia, la del Cuerpo, la
de la Sociedad, la del Yo, la de la Ideología... Llámese uno conde de
Montecristo o Fanto Fantini (por no citar sino dos de los innumerables
ejemplos que nos ofrece la literatura), encontrar modos de escapar,
fallos en el sistema represivo de la Realidad, es la tarea por
antonomasia del poeta. Para ello debe desarrollar técnicas
aparentemente inútiles (o que lo serían para los ciudadanos y las
circunstancias normales de la vida) como hacer ganzúas, escalas,
túneles, estudiar los sonidos, el ritmo de las olas o los turnos de los
guardianes, mantenerse psicológica y físicamente en forma en
condiciones precarias, etc. Mucho esfuerzo y sufrimientos inenarrables
para ganar la libertad, que es un espacio antes que un derecho que cada
cual tiene que hacerse por su cuenta. El buen poeta conoce el material
del que están hechos los muros y las rejas, y los reta inventándose un
modo nuevo de relacionarse con ellos. La Poesía hace tiempo que fue
sobornada por los carceleros, es decir, que contribuye a extender las
alambradas de espino y a barrer con haces de luz el perímetro del
recinto. Por eso el buen poeta también desconfía de la Poesía y se
niega a tener una poética, lo que sería tanto como ponerse a sí mismo
los grilletes o a confesar un delito que no ha cometido. El buen poeta
es un hábil fugitivo: una vez que se evade ya nada le puede atrapar.
Pero una vez que se evade, ¿cómo seguir siendo poeta? Para ser un buen
poeta hay que estar en tensión constante, revisando sin descanso los
planes de fuga. Y una vez lograda la fuga, ¿cómo se puede recuperar esa
concentración, ese supremo estado de atención (que calificaremos de
poética para entendernos) sin la cual uno no es el que es ni penetra el
ser de nada? Por eso el buen poeta se deja atrapar de nuevo una vez que
consuma la fuga. Tanto si le devuelven a la vieja prisión como si
construyen una distinta exclusivamente para él, el buen poeta comenzará
desde cero a estudiar lo que le rodea: cualquier fisura, desajuste,
falta de coordinación, error (en los sentimientos, en el lenguaje, en
la interpretación de los hechos...) serán datos útiles que no se le
pasarán por alto y que analizará meticulosamente. Cada
libro de poemas es un plan de fuga puesto en práctica para escapar de
una cárcel diferente. El poeta que escribe siempre el mismo libro (aun
si éste es genial en todos los sentidos) se limita a soñarse como
poeta: no se atreve a poner en práctica su plan de fuga, no se atreve a
asumirse en plenitud de riesgo y de aventura como poeta. Además, una
vez publicado su plan, la Realidad, tomando buena nota del mismo, lo
desactivará mejorando sus sistemas de vigilancia y multiplicando sus
alarmas. Cuando uno escribe el mismo libro reiteradamente se está
convirtiendo en su propio carcelero. Es igual que sea por miedo al
afuera, o por desconfianza hacia las cosas o por lograr el favor de los
guardias: no cabe duda de que su situación dentro mejorará (será
nombrado bibliotecario o cocinero o tendrá horas extra de paseo por el
patio), pero sus libros, inútiles ya para la tarea para la que fueron
concebidos, se parecerán más a un manual de normas penitenciarias o al
plano de una fortaleza que a un verdadero libro de poemas. Para fugarse hay que ser sabio y paciente. Y volver en beneficio propio lo que se repite (la rutina burocrática del mundo) no repitiéndose uno sino en lo accesorio, en lo desechable, en aquello de lo que uno se desprende para aligerar el peso durante la fuga. Y, sobre todo, hacerse tan liviano que no haya huellas que rastrear. Cuando los perros aúllen enloquecidos y desconcertados en medio del bosque, qué placer esperarles de vuelta ya en cualquier celda.
Publicado el 22/12/2011 |