DVD Ediciones.com en el centenario
de Álvaro Cunqueiro
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Francisco Ferrer Lerín |
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EL RUISEÑOR
Leo en El País del miércoles 4 de junio una entrevista a Edward Farhi, Director del departamento de Física Teórica del Instituto de Tecnología de Massachusetts. Pregunta la periodista Alicia Rivera: “Usted ha trabajado en algo muy atractivo: la máquina del tiempo.” A lo que Edward, un hombretón atlético y rubicundo de expresión sonriente que no desentonaría interpretando el papel de compinche principal en una comedia americana de bajo presupuesto, responde: “Sabemos, por la teoría de la relatividad de Einstein, que el tiempo se altera: si fueras en un cohete muy deprisa, tu reloj marcharía de manera diferente que un reloj en la Tierra.” Luego, Rivera apura al sabio: “¿Es el ejemplo de los hermanos gemelos en que uno viaja al espacio..?” Y éste confirma: “Sí. Uno va en un cohete y el otro se queda en Tierra y cuando el primero regresa, está en el futuro de su hermano. El efecto lo sufren los astronautas, pero es pequeñísimo, a lo mejor regresan una millonésima de segundo más jóvenes que si se quedaran aquí. Ahora bien, si los cohetes fueran muy rápidos, casi a la velocidad de la luz, un astronauta podría partir en 2008 y volver un año más tarde para él, pero habría transcurrido un siglo aquí, sería 2100, y conocería a sus tataranietos.” Casualmente, en la mesa de la cafetería Iruña de la Plaza del Castillo de Pamplona donde me siento a tomar una cerveza con unos afroamericanos, encuentro un folio cicloestilado, de los que se entrega a los peregrinos del Camino de Santiago, que dice lo siguiente: “Virila
fue, a finales del siglo IX, monje del monasterio de San Salvador de
Leyre, Navarra, del que llegó a ser abad y su figura histórica está
perfectamente documentada en el Libro gótico de San Juan de la
Peña (fol. 71). Mantenía el bueno del abad tremendas dudas
sobre cómo sería el gozo de la eternidad. Es así que un día de
plenitud primaveral se interna en el bosque cercano con estas
meditaciones que leía en un libro. En la espesura del bosque aparece
un ruiseñor, que con sus trinos distrae su atención de la lectura
escatológica, apartándolo hasta una fuente. Allí queda prendado
del canto del pájaro, hasta que se adormece. Cuando se despierta la
naturaleza había cobrado nueva vida y no encuentra el camino de
vuelta, hasta que al fin lo reconoce y al monasterio al fondo, que
ahora es más grande, con iglesia mayor y nuevas dependencias que no
comprende. Al llegar a la portería e identificarse, nadie le
reconoce. Buscando en el archivo del cenobio encuentran un abad
Virila “… perdido en el bosque…”, pero hacía trescientos
años. Es entonces el monasterio una revolución por el milagro
acaecido, y en pleno Te Deum de acción de gracias se abre la bóveda
de la iglesia y se oye la voz de Dios “… Virila, tu has estado
trescientos años oyendo el canto de un ruiseñor y te ha parecido un
instante. Los goces de la eternidad son mucho más perfectos …”.
Un ruiseñor entra entonces por la puerta de la iglesia con un anillo
abacial en el pico, y lo coloca en el dedo del abad, que lo fue hasta
que Dios lo llamó a comprobar la gloria eterna.” (Este texto pertenece al libro Gingival, que será publicado
Publicado el 27/12/2011 |