DVD Ediciones.com en el centenario
de Álvaro Cunqueiro
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Elías Moro |
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MAESE CUNQUEIRO
En el mundo que por mío tengo, y en tanto natura me de fuerza y posibles para ello -favores ambos que espero disfrutar gozosamente durante luengos años-, pláceme confesar a tan singular y distinguida audiencia que no ha de faltar nunca cobija en el lecho ni plato a la mesa -que es como si fuera decir (y permítanle la licencia poética a este humilde relator) un lugar destacado en los estantes de mis libros más amados- para el fantasma de maese Cunqueiro, mozo que fue del hermoso lugar que dicen Mondoñedo, donde en el siglo pretérito, y en jornada de antevísperas de la Natividad del Señor, vino a nacer en familia boticaria -de lo que mucho presumía-, allá por la Mariña Central en la provincia de Lugo, serena y noble villa -distante algunas leguas de las indómitas aguas cantábricas y no lejos tampoco de sus también rebeldes primos astures-, a la que, en tiempos harto alejados del presente, le cupiera el honor de ser una de las siete capitales del Antiguo Reino de Galicia con su sede episcopal, su catedral con dos órganos, sus tejados de losa contra la lluvia y el viento y sus calles húmedas de piedra y niebla.
Término
este mismo donde descansa por partida doble: su cuerpo mortal, en el
Viejo Cementerio de san Lázaro, patrón de los pobres (aunque
tampoco paréceme mal capitán para dar esperanza a los difuntos, que
se levantó de su tumba tan pimpante y dispuesto en cuanto el
nazareno se lo pidió); su efigie, en estatua sedente, mirando
eterno, despejado de ánimo y libre ya y para siempre de infortunios
terrenos, el discurrir de los días -ora calmos, ora atareados- en
una plaza principal de la suya villa materna. Grande, a fuer de discreto, poeta, maese Cunqueiro, intitulado Álvaro en su nombre principal, y aun Mora por honor de madre, diose también a cultivar con ahínco y talento fuera de lo común ese otro género de las letras que dicen prosa, gracias a lo cual tuvo largos y fructíferos tratos con plumíferos y letraheridos de toda estirpe y condición que velaban las armas de la palabra en gacetillas y periódicos; y alguno de estos diarios, de nombre marinero y luminoso y venerable, maese pilotó durante años con mano firme e ilustrada.
No
habrán de fatigarse tampoco mis ojos recorriendo, dulcemente
demorados y en perpetuo asombro y arrobamiento, las innúmeras
páginas salidas de su pluma de ave ligera en esas tardes lluviosas
tan del gusto norteño; ni querrá mi seso escaso trancar sus puertas
-antes al contrario, que ha de abrirlas presto y sin demora a su
llamada, incluso a horas de poca honra para visitas y cumplidos- a
las tan bellas y extraordinarias historias literatas -sembradas de
pícaros y princesas, clérigos de aldea y damas viudas, sufrientes
ganapanes y valerosos caballeros, embrujos y sirenas…- que
ensoñaba, morriñoso y en dos lenguas, en su magín de galaico, de
celta y de bretón. Y de todo ello, y aun de gentes y leyendas y sucesos de más allá de tierras ignotas y océanos sin surcar todavía, estaba al tanto don Álvaro sobremanera, y muñirlo y contarlo como pocos sabrían también estaba en su gracia y en su don. (“Y que lo más propio mío es sumar noticias que muestren lo vario que es el mundo, y lo ricamente, y con cuántas sorpresas, se puede almacenar la memoria humana”). Asuntos todos éstos -y otros muchos que no cito en detalle por no hacerme de fastidio ni cansar en demasía al respetable- que medran a su antojo cual perrillos cimarrones, cual gatos monteses, por sus tan mentadas fábulas y aventuras, fuente, las más dellas, de asombro y gozo para los leídos, y también para los que no lo fueren por desgracia de cuna pobre, mas no se recatan en la atención y el respeto al que los cuentos dice, y son gustosos de escuchar. Y puestos ya en decires y secretos, y antes ir acabando, he de confesar a usías -al abrigo amable de esta santa compaña, de esta lumbrecilla y este vinillo que parece vivo todavía, tal me agita la lengua y se me mueve por dentro buscando sus propicios rincones- que mi señor don Álvaro es de mi muy grande admiración, por su sapiencia de sabio humilde; que de humildes es compartir con extraños, como hago yo ahora mismamente con vuecencias siguiendo su ejemplo, y sin hacer gala de ello ni esperar favor o ventura alguna a cambio, los dones y saberes de que uno disponga.
Y
ahora, discúlpenme, señores, la pausa, pues he de hacer cumplido
honor a las viandas que me esperan, y que con tanto tino y acierto
-la presencia del plato así lo atestigua- la dulce mesonera ha
preparado y acercado hasta esta mesa, el Señor bendiga sus manos
hospitalarias y hacendosas. Porque es de ley, y nuestra naturaleza
así nos lo demanda sin faltar ni un día, darle al cuerpo sólido
alimento y líquidos amables, y callar la parla de cuando en
cuando.
Y
si de vuestro gusto es, y en vuestra voluntad está, otra jarra de
rojo néctar para este cansado y demasiado hablador viajero sería
festejada como merece, siéndome de gran desagrado que no brindaran y
bebieran conmigo a la mayor gloria de mi señor Cunqueiro. (Este texto fue publicado origianariamente en el número 5-6 de la revista Isla de Siltolá)
Publicado el 6/2/2012 |