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El ave Fénix solo caga canela, poemario de Ángel Cerviño, se presentó en Madrid


El pasado 8 de junio fue presentado en la librería La Central del MNCARS, en Madrid, el poemario de Ángel Cerviño El ave fénix solo caga canela (y otros poemas), XV Premio de Poesía Ciudad de Mérida, publicado en DVD Ediciones. Intervinieron en el acto, además del autor, el crítico de arte Alberto González-Alegre y el poeta y traductor Juan Manuel Macías. Reproducimos a continuación los textos con que presentaron la obra Juan Manuel Macías y su autor, Ángel Cerviño.

PRESENTACIÓN DE EL AVE FÉNIX SOLO CAGA CANELA, POR JUAN MANUEL MACÍAS

Ángel Cerviño ha entrado en la poesía con un libro renovador. En el fondo, todo buen poemario, entendido como objeto, propuesta, poema, lo es. De lo contrario, quedaría en simulacro o en falsete coral de escuela o escuelita. Renovación auténtica, pues no viene (como podría suponerse) a abolir ni a quitar razones. Antes bien, algunas de sus estrategias, que con urgencia o pereza podemos denominar «vanguardistas», están ahí, en su acrobacia, no sólo por el sano capricho de estar, sino además por poner a salvo otros modos y otros tonos que, insistiendo en la molicie, llamaríamos «clásicos» ¿Pero a salvo de quién o de qué? Fundamentalmente, de los clasicistas.

Los poetas siempre quieren dar algo nuevo, y su auditorio, si es exigente, escucharlo. Pero lo «nuevo» no se garantiza por acomodar el pie en la boca del poeta previo o contiguo. La gracia está más bien en no repetir el número anterior. Así de simple. Y, si se repite, que el respetable, al menos, no lo note. La imagen del poeta derribando edificios ya vacíos para erigir el suyo es una pose más de ese personaje de ficción, perito en poses, que llamamos poeta. En algún lugar inusitado, y a despecho de uno, los escombros siempre acabarán por rearmarse. Las catedrales y los puentes romanos que usted ha dinamitado regresarán de noche, junto a su cama, para urbanizarle el sueño de arcadas y pináculos y gárgolas. Cerviño sabe y demuestra que la materia prima de la poesía no es tanto el lenguaje como la voz y la dicción de los poetas de su misma lengua. Una materia histórica y anacrónica a un tiempo. Y su libro, por supuesto, es un saludable acto de libertad creadora, la libertad que declara límites, la misma libertad de la que hicieron uso Gustavo Adolfo Bécquer o el Arcipreste de Hita.

Pero no hablaré de profundidades, ni de tramoyas de símbolos o intenciones, pues el taller del poeta me está cerrado a cal y canto, siempre y cuando volvemos a reincidir en esa pregunta, tan macabra siempre, tan improcedente: ¿de qué habla, Cerviño, tu libro? O mejor: ¿de qué hablas con tu libro?

La poesía es capaz de sostener cualquier coloquio con la competencia tornadiza de un camaleón. Se nos vuelve interlocutor robusto y confiable en nuestros largos monólogos y procesos de manías. Como una aristócrata muy bien educada, nos sigue la corriente cuando le hablamos de encrucijadas, tropiezos, carencias biográficas con la alondra o la palabra alondra, la canción reproducida hasta el desgaste o, incluso, la diáspora teórica del psicoanálisis. A veces, es como el loco recién fugado del manicomio, con los bolsillos llenos de identidades rotundamente falsas. Estanque de Narciso, trajinar de ecos y más ecos donde acaso un matiz se nos viene familiar a nuestra voz, pero ya articulado en una garganta ajena o, lo que es peor, sin garganta ninguna. Tras la máscara sólo está la propia máscara. La poesía nos hace creer por un instante que sabe de todo y en realidad no sabe nada, lo que es una forma sublime de saber más que nadie.

Si la poesía es maestra de ignorancias, yo me acerco a este volumen con ignorancia, y lo pongo ante vosotros como una fruta partida por la mitad, elemental y extraño como un ensayo más, un golpe de pedal apasionado de lo que llamamos realidad.

El ave Fénix solo caga canela me desconcierta placenteramente lo mismo que una cantiga medieval. Igual es la cantiga que no pudo escribir Martín Códax, la más rara y la más secreta. La cantiga del yo desatornillado, donde el propio yo se fragmenta en todos sus personajes y metáforas. Como en una buena cantiga, no faltan las reiteraciones bimembres, la condición especular, el juego simétrico-asimétrico del leixaprén que rema hacia delante y hacia atrás.

Nuevo asombro. La poesía parece reírse aquí de sí misma usando sus propias armas. Es más. También se ríe del hecho de que se ríe de sí misma. Como en los mejores momentos del tándem artístico Góngora-Quevedo, el humor está en el corazón del lenguaje, en la música. En la seriedad de la música. No en el chiste, o petardo final, recurso éste muy socorrido para lectores con la dignidad bajo mínimos. No. Aquí asistimos perplejos, por ejemplo, al diálogo (delicádamente sonámbulo) de la mujer policía con su reprendido Narciso, frente a la piscina delatora, como el que presencia todo el despliegue de artillería lírica propio de una comedia de altura.


Pero si la poesía se ríe de sí misma, qué mejor que poner en solfa la tan traída querella prosa-verso. Y más aún: disparar a gusto contra los propios conceptos de prosa y verso, cuyos límites son siempre tan imprecisos. O, más que imprecisos, arbitrarios. Los asumimos cuando nos sirven, sólo por el mero placer de asumirlos, por seguir las reglas del juego. No por el temor religioso, y algo insano, a una gama de categorías insalvables. No prosa y no verso sino lo poético contra lo prosaico. ¿Y qué es lo poético? Todo aquello que no se puede traducir a prosa. Una novela de Stevenson, por ejemplo, es irreductible a prosa.

Fiel a ese juego de espejo y anti espejo referido antes, el poeta pastorea por doble cauce las prosas y los versos. En el centro de esa fantasía ordenadora se estira como una serpiente el largo poema que da título al libro, enumeración desbocada y alfabética de sintagmas freudianos, que está pidiendo a gritos un acompañamiento de pasodoble.

Cuando la poesía de Cerviño se pone los coloretes y los tirabuzones del verso, no rechaza bailar a la comba de los cancioneros, verso quebrado y requebrado, guiños de pavesas, bajadas y subidas de escaleras a la pata coja, carreras de sacos, emotivos saltos desde la ventana del piso noveno para llegar, de pronto, a remansos de contemplación, como los del poema Ofelia en Venecia y todas sus imantadas cimitarras. Y aquí y allá, algunas asonancias, una pizca más de sal sin ningún atisbo de mala conciencia, una vez saboteado con buen juicio el impertinente detector de rimas que se pone a la espalda de un poeta.

Y en todo lugar, casi sin solución de continuidad, el caudal de sorprendentes imágenes como pancarta militante de la imagen que se justifica a sí misma. Imagen, pero también, sí, narraciones. ¿Cómo separar estas dos repúblicas con que la filología nos obliga a comulgar a golpe de escuadra y cartabón? A medida que nos acercamos a la frontera (de nuevo, la maldita frontera) ya advertimos su precariedad. La narración es otro matiz entre tantos de la máscara sin envés ni revés. Se irán las palabras, vuelve el silencio, y os quedaréis con esa ceniza que se escurre entre los dedos, a todas luces inútil, llamada unas veces «argumento» y otras «ideología».

Quisiera terminar, para fastidiar a Aristóteles, por el principio. Por el comienzo del libro, ese exordio al Fénix, pájaro capaz de reinventarse a sí mismo una y otra vez, como la poesía:

Yo te conmino
Lunático con sutura
Si se desangra
El verso
Negocias impunidad
Dices señuelo
Propicio seas
Señor del canto
Dador del vuelo.


De este pájaro «señor del canto/dador del vuelo» también sabemos ahora, por el antojadizo rigor de su universo expandido, que caga canela. Las cagadas de las aves son siempre un acto de soberbia e inocencia a partes iguales. Este Fénix, como la Alondra de verdad (otro pájaro de cuidado) de Gerardo Diego, se nos va por donde vino. Acabamos el libro, retoma el vuelo el Fénix, inalcanzable a todos, solo, y nosotros nos quedamos aquí abajo, huérfanos de música, en este silencio repentino y con olor de especia, sin darnos cuenta de que, además, nos ha cagado encima.

JUAN MANUEL MACÍAS

***

TEXTO LEÍDO POR ÁNGEL CERVIÑO

Como contrapunto a muchas de las cosas que se han dicho acerca del humor y los juegos de sentido, tan presentes en “El ave fénix solo caga canela”, a mí me gustaría insistir un poco en la terrible seriedad del humor y en la trascendencia moral de los juegos de palabras. Hace unas semanas, cuando estaba empezando a pensar cómo iba a enfocar esta presentación, me encontré con una frase de Philippe Soupault, hablaba de James Joyce, al que parece ser que frecuentó durante los años en que escribía su Finnegans Wake, ...la frase decía más o menos así: “...Joyce jamás abandonaba una palabra a su suerte, siempre se esforzaba por darles una vida de acuerdo con su destino”. En el momento en que la leí supe que sería de eso de lo que hablaría hoy.  

Recordemos que Soupault fue, junto con André Breton, el co-inventor de la escritura automática, con “Los campos magnéticos”, una obra de trascendental importancia, por los espacios mentales y retóricos que se abrieron entonces, para toda la poesía del siglo XX (Los campos magnéticos se publicó en 1921 y el Ulises en 1922); y recordemos también que el Joyce del que nos habla Soupault, es el Joyce que lleva casi dos décadas trabajando en lo que será el punto más alto -y el subsiguiente despeñarse-, de los juegos de palabras al servicio de la literatura.  

Repito la frase con que arrancaba: “...Joyce jamás abandonaba una palabra a su suerte, siempre se esforzaba por darles una vida de acuerdo con su destino”. Dar vida, vivificar a las palabras, pero no dar una vida cualquiera, sino una vida a la altura de sus destino, una vida más plena, más arriesgada, más difícil y esforzada. Todos nos acordaremos en este momento del ya clásico verso de Mallarmé: dar un sentido más puro a las palabras de la tribu. Pero yo quisiera añadir, a esta nueva vida de las palabras, una dimensión moral. 

¿Qué pasa cuándo abandonamos las palabras a su suerte, cuándo no nos ocupamos de ellas? Aquí comparece otro santo de mí devoción (y no será el último), Joseph Roth que, en plenos años 30, cuando ya estaba empezando a pasar todo lo que después pasó, nos puso en guardia: “la catástrofe de la nación hace mucho tiempo que se venía anunciando en el embrutecimiento de la lengua”. Y más adelante hace un pequeño diagnóstico, que también nos resultará provechoso recordar: “La Europa espiritual se rinde. Se rinde por DEBILIDAD, por DESIDIA, por INDIFERENCIA, por IRREFLEXIÓN. El futuro deberá investigar con exactitud los motivos de esa capitulación vergonzosa”. En eso estamos, nosotros somos ese futuro de que habla Roth, ...repasemos esas enfermedades del espíritu: DEBILIDAD, DESIDIA, INDIFERENCIA, IRREFLEXIÓN, ...qué tremendamente contemporáneo nos suena esto!!! 

El librito de Roth, lleva el elocuente título de ”La sucursal del infierno en la tierra”, y en él encontramos expresiones tales como: ...gas tóxico en el terreno de la filología, ...epidemia de tergiversación y parálisis de la lengua, ...una peste lingüística que traspasa fronteras, ...el desaliento del escritor que sabe que el oído del lector está ya repleto de palabras adulteradas, malgastadas, despedazadas, contrahechas, ... 

Sobre la enfermedad de la lengua bajo el nazismo, escribió Victor Klemperer un libro que debía ser declarado de lectura obligatoria para todo el que pretenda publicar un solo verso: “La lengua del Tercer Reich”. Ahí vemos como paso a paso, día a día, el nazismo permeaba verbalmente a toda la sociedad, alcanzando incluso a los que combatían el sistema. “El nazismo se introducía en la sangre a través de palabras aisladas, de locuciones, de formas sintácticas que se repetían millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente.” La lengua se convirtió en portadora de sustancias tóxicas, dosis indetectables de arsénico que uno va tragando sin darse cuenta, y sin percibir efecto alguno, hasta que ya está totalmente contaminado.


Son numerosísimos los casos que el libro va relatando, en tiempo real, mientras se están produciendo, y que Klemperer detecta y anota clandestinamente en su diario, sabiendo además que esas reflexiones podían costarle la vida, en caso de ser descubierto el cuaderno en alguno de los registros a que era periódicamente sometido. Entre otros muchos casos, resulta muy significativo asistir al proceso en que, en un plazo de pocos meses, la palabra fanático ocupó el lugar de las palabras heroico y virtuoso, y comprobar como acabará primero desplazándolas, poco después borrándolas de la circulación, y finalmente substituyéndolas. Al terminar el proceso, un fanático no era sino un héroe virtuoso, entregado en cuerpo y alma a la causa, ...y sin una buena dosis de fanatismo no era posible concebir virtud alguna. 

Todas estas palabras estaban necesitadas de volver a ser fundidas, era preciso volverlas al crisol para que puedan recuperar su verdadero ser, para que puedan llegar a tener -como diría Soupault- una vida de acuerdo con su destino, ...había que limpiarlas antes que pudieran volver a ser utilizadas. 

Esta es la lengua enferma que se encontró Paul Celan (un poeta que está siempre rondando por mis libros y por mis cuadros, como ya se ha señalado aquí). El poeta se vio obligado a trabajar con una lengua que había sido dañada. Masacrada, tanto como había sido masacrada su comunidad, su familia, y él mismo. El daño físico como correlato objetivo del daño de la lengua. La lengua seguía convaleciente y ahora había que recuperarla para el habla. Las palabras, según él mismo declara, pasaron a través de las múltiples tinieblas del discurso mortífero, y debían ser purificadas antes de volver a la luz del día.  

Hemos puesto un caso extremo, en el que las desgracias de los hombres discurren paralelas a las desgracias de sus palabras. Pero el daño no se inflige únicamente en estas situaciones extremas de Totalitarismo. Existen muchas clases de dominación, y LAS TINIEBLAS DEL DISCURSO MORTÍFERO que hoy deben cruzar las palabras son las tinieblas de la charlatanería y la banalidad. La palabrería bobalicona y sin esfuerzo, ese es el discurso que hoy tenemos la obligación de vivificar. 

Si tratan de convertirnos en una tribu de Lotófagos, si las tinieblas que hoy debilitan y desactivan las palabras son: la pereza, la renuncia, el olvido, el abandono, la laxitud y la deserción de uno mismo, ...entonces la tarea de la poesía, y de toda escritura que se precie de serlo, no puede ser otra que la de reactivar las palabras, devolverles la vida y la tensión ...devolverles la ansiedad de un decir que nunca se alcanza, ...devolverles el dulce tormento del deseo de significar, inevitablemente insatisfecho. 

Debemos despertarlas de la modorra, arrancarlas del sopor, de esa nana idiotizante con que nos arrullan los fabricantes de entretenimiento (los que obtienen beneficios de nuestra existencia adormecida). “Para esta tarea la poesía (el arte) nos proporciona herramientas, recursos retóricos para que juguemos con los mecanismos de producción de sentido, /.../ es un campo de pruebas para que experimentemos nuestras propias facultades, donde se nos entrena y fortalece como receptores con discernimiento”. (Kamasutra para Hansel & Gretel) 

Las palabras deben mantenerse en forma para tal acometida. Entrenar y hacer músculo: para conseguir un movimiento sutilísimo, para alcanzar la ligereza de la brisa, el bailarín ha de entrenar como un atleta, y sudar como un levantador de pesas. El poeta se convierte así en un entrenador de palabras , al menos eso es lo que me gustaría pensar que puedo llegar a ser. (EPICTETO, mi griego de cabecera, decía que las dificultades de la vida son las pruebas que dios, como maestro del gimnasio, nos propone, y con ellas nos ofrece la posibilidad de mejorarnos y sacar provecho, ejercitando nuestras facultades).  

Creo sinceramente que gran parte de mi trabajo como escritor, incluso como hablante, consiste en un esfuerzo por mantener en forma a las palabras: someterlas a tensiones inesperadas, ponerles dificultades, amañar encuentros imposibles, desubicarlas, ponerlas fuera de lugar (DETOURNEMENT situacionista), ...señalarle  objetivos inalcanzables para que se estiren tratando de llegar a donde no alcanzan. 

Así sucede que, en este libro que nos ha reunido aquí, algunas de sus páginas no son más que listas de palabras, o de parejas de palabras, como si se estuviera pasando lista para una revisión, para comprobar su estado: A ver, Crepúsculo, no, usted no está preparado todavía, va a tener que seguir trotando al menos un par de décadas, antes de que podamos volver a hacer algo útil con usted, ...sí, corra-corra, siga por allí detrás de Nenúfar. 

Creo que alguno de los recursos retóricos que utilizo de forma preferente y reiterada, le confieren a los poemas del Fénix un aire de pruebas de taller, de obra en proceso, de ensayo, ...de acción inconclusa. Son poemas, o artefactos poéticos, que no ocultan su carácter de borrador y de trabajo en curso. De alguno incluso se presentan dos versiones diferentes, dos momentos del proceso de elaboración, dos posibilidades de significación. Leer así es como entrar al taller del pintor y atisbar detalles de su cocina, de sus artimañas y procedimientos. Aquí, en el libro, se nos verá en plena sesión de entrenamiento, sudando y peleando, y aplicando dosis generosas del Linimento GÓNGORA, que mi amigo Juan Manuel ha patentado, ...la fórmula está publicada en su blog Las diosas y las nubes, ahí pueden acudir todos los que sientan curiosidad. 

Y ya termino: todos tenemos una enorme responsabilidad con la lengua que hablamos. No se trata de una responsabilidad retórica: ya hemos visto las devastadoras consecuencias que puede llegar a tener el abandonar las palabras a su suerte. El empobrecimiento de nuestra vida corre parejo al empobrecimiento de nuestro lenguaje: la primera consecuencia que se produce es un recorte de nuestra capacidad de goce, ...no sé para vosotros, pero para mí esa ya es una razón más que suficiente para aplicarme en el empeño. 

Gracias por vuestra atención.

ÁNGEL CERVIÑO


Publicado el 10/6/2010

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