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Fabulosos monos marinos, última novela de Óscar Gual,
fue presentada en Barcelona |
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TRES
RAZONES PARA LEER ÓSCAR GUAL (A PROPÓSITO DE FABULOSOS
MONOS MARINOS) 1. Razón una: El motín. Ya
ha dicho Gual que en la cárcel los sujetos existen, existimos,
aunque tú no nos veas. Y es cierto. Entre las muchas cosas que me
gustan de Fabulosos Monos Marinos
-podría citar la inclusión de una historia resumida de Metallica, o
la proliferación de drogas y psicotrópicos, cosas siempre muy de
agradecer en literatura- está ese proceso de demolición carcelaria
que es en realidad la novela. O, más correctamente, debería decir
ese proceso de expansión, de disolución de los muros
penitenciarios. En tanto símbolo del fracaso social y la represión,
la cárcel es un espacio habitualmente violento y claustrofóbico en
el que los malos tienen su merecido en forma de aislamiento o
sodomía, lo que les sea más doloroso, pero nada más empezar
Fabulosos Monos Marinos
asistimos a la erosión histórica del montaje correccional y sus
barrios adláteres: así, la novela se nos anuncia como una forma de
deconstrucción del espacio carcelario que es primeramente abolido
solo para que sus ex inquilinos terminen erigiendo una ciudad,
Sierpe, (ojo, el propio nombre de la ciudad es un juego de letras,
indescifrable si no se conoce la historia) que se convierte
metafóricamente en una nueva cárcel, una gigantesca pecera en la
que existe gente que no conocemos pero que no por ello deja de ser,
y que, como la cárcel misma, es poblada por personajes que entran y
salen de ella, lo que equivale a decir que entran y salen de la
novela.
La cárcel convertida en ciudad, la ciudad convertida en novela: el gran escape. 2. Razón dos: La narrativa como laboratorio. En
líneas generales podríamos decir que sí, la nueva novela de Gual
incorpora elementos discursivos que la emparentan con otras novelas
en los que lo subversivo, lo narcótico, lo pop, y lo político se
entremezclan (El Dorado,
novela de Robert Juan-Cantavella, ese otro notable almazorense, sin
ir muy lejos). Pero no me refiero a las formas de la narrativa (en
las que podríamos hablar también de lo fragmentario, del uso del
correlato tecnológico, la mezcla, no sé, furiosamente posmoderna de
referentes -por cierto, una idea que me encanta: uno de los miembros
del círculo nihilista de Dresde encuentra su lugar en la discoteca
Tech Noir del Boulevard Pico, discoteca que como todos sabemos es el
lugar donde el exterminador intenta asesinar por primera vez a Sarah
Connor-); en fin, cosas estas que están en la narrativa de su
generación; sino a la experimentación con la materia misma del
relato, con la historia. Para mí las historias de Gual, y no sus
formas, son las que tienen una plasticidad más sorprendente. Y
en llegando a este punto, como diría un entrañable dealer
de la novela, me gustaría romper una lanza por los autores que no
han perdido la vocación por contar historias. ¿O tal vez debería
decir, simplemente, la inventiva? En el capítulo que más me gusta
del libro, que yo resumiría como un relato magistral sobre la
juventud y las tortitas con arándanos, la imaginación de Gual llega
a niveles extraordinarios mientras acompañamos a un grupo de jóvenes
de la Alemania Oriental de los ochenta en un viaje serpenteante hacia
el siglo XXI atravesado por decenas de claves sobre películas,
libros, teorías y escuelas filosóficas, y que culmina en la
separación de California del resto del continente Americano.
3. Tazón tres: El punk como cosa de señores de provincias. Hay
que reconocerlo, el punk, hace tiempo que dejo der tener una
presencia activa en las grandes ciudades. Tomada por críticos y
periodísticas, o subespecies aun más deplorables como hippies
pijos, modernos románticos o progres conscientes, la gran urbe ha
cedido su lugar como luz generacional a la provincia, reducto de
bares heavys (de verdad), vanguardia lisérgica (de verdad) y sí,
actitud punk (de verdad).
Conozco a Gual, no demasiado, pero lo suficiente como para, además de disfrutar leyendo sus libros, reconocer en él a una persona auténtica. Contra los modernos. El punk mola, los heavys molan, los coches viejos molan, el bacalao mola. Fabulosos monos marinos también. Publicado el 9/10/2010 |