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Hostal Parisién, la nueva novela de Antonio Fontana

  

El Aleph Editores ha publicado recientemente la nueva novela de Antonio Fontana, Hostal parisién. Reproducimos a continuación un fragmento del texto con que el escritor Manuel Vilas presentó esta novela el pasado 27 de octubre en Madrid. Le sigue el capítulo quinto íntegro de Hostal Parisién, por cortesía de Antonio Fontana y El Aleph Editores.

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UNAS PALABRAS PARA HOSTAL PARISIÉN, DE ANTONIO FONTANA
Por Manuel Vilas

Antonio Fontana tiene mucho de eso que con razón se ha llamado “escritor secreto”, de escritor desvelado en la noche, que le hurta horas al sueño para poder escribir. Tiene también mucho Antonio Fontana de escritor de intensa autoexigencia, de escritor muy autocrítico y de escritor paciente, temeroso de la cólera de la Literatura. Antonio, en este sentido, es una rara avis en el panorama de prisas y urgencias literarias que vivimos hoy.

Lo primero que pensé mientras iba leyendo Hostal Parisién es que Antonio Fontana había cambiado radicalmente de registro con respecto a su anterior novela Plano detallado del infierno, y esa versatilidad me intrigó y me sedujo.

Vi enseguida que Hostal Parisién se encaminaba directamente al territorio de la memoria personal, de la memoria autobiográfica, lo que marcaba un tono y una destreza narrativa muy alejados de los parámetros de crítica social que caracterizaba las intenciones de Plano detallado del infierno, una excelente novela, dicho sea de paso.

Vi también con asombro que Antonio era uno de los protagonistas de Hostal Parisién. Y eso me entusiasmó, porque me entusiasma el valor moral y humano de las narraciones de inspiración autobiográfica. El autobiografismo, o mejor aun la autoficción, de Hostal Parisién marca y determina la novela. Porque Hostal Parisién es un ejercicio de reconstrucción de la memoria personal del escritor Antonio Fontana, y esa reconstrucción se lleva acabo desde una historia de saga familiar en el tiempo, donde el humor es pieza fundamental. Cuidado, he hablado del escritor Antonio Fontana, no del ciudadano, del civil Antonio Fontana. Hay que observar esa distancia, si no, confundiremos las intenciones literarias del texto, cuya verdad es de naturaleza poética más que de naturaleza real o histórica.

Fontana juega de manera muy inteligente entre ficción y realidad. Puede inventarse si lo desea la historia de su familia. Porque Hostal Parisién narra una historia familiar, la historia familiar que el escritor Antonio Fontana ha querido sentir como suya. Al final de la novela hará un juego de palabras sobre este grave asunto de la preceptiva literaria, esta dislocación cervantina entre realidad y ficción. Algunos creen que este binomio está superado; yo no lo creo, ese veneno que inoculó Cervantes a la historia del conocimiento vuelve constantemente, o en todo caso se actualiza constantemente. Ficción y memoria se hermanan en la novela de Fontana, bajo una mirada inevitablemente melancólica.

Hostal Parisién es, además de una emotiva novela, un himno literario a la ciudad de Málaga, al viejo barrio del Perchel. Fontana ha convertido a Málaga en un símbolo del Mediterráneo, del tiempo y de la luz.

Manuel Vilas, fragmento del texto leído en la presentación de la novela Hostal Parisién (El Aleph, 2011), en la librería madrileña “Tipos infames”, el 27 de octubre de 2011.

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CAPÍTULO 5 DE HOSTAL PARISIÉN

«Hostal Parisién, comidas copiosas.»

El eslogan fue idea de papá, quien, por esas cosas de la vida, terminó regentando una casa de huéspedes. Aunque en realidad la casa de huéspedes no la regentaba él: la casa de huéspedes la regentaba mamá. Papá se limitaba a brillar en los fogones, engordándonos la tripa y haciéndonos a todos un poco más felices.

Y no es que el Hostal de las Pelusas Voladoras sirviera almuerzos o cenas: sólo servíamos desayunos. Pero en cuanto el huésped de turno olfateaba los guisos de papá, invariablemente cerraba los ojos, en éxtasis, después carraspeaba dubitativo y, por último, aventuraba: «¿Les importa que coma con ustedes? Si no es mucha molestia, claro». Molestia no era: era más caro. Un suplemento de sesenta pesetas que mamá añadía al precio de la habitación. Y como sentar un huésped o dos a la mesa se convirtió en una costumbre, mamá decidió ampliar el negocio y papá empezó a cocinar en grandes cantidades.

De los estómagos de los huéspedes —y de los nuestros— se ocupaba papá, mientras que de cuadrar las cuentas del hostal se ocupaba mamá. De la intendencia. «Para las cuentas siempre he tenido más cabeza que vuestro padre», se jactaba. «Vuestro padre, que invente, que innove en la cocina, a ver si nos saca de pobres.»

Que las cuentas del hostal cuadraran era una de las obsesiones de mamá. Otra de sus obsesiones era salir de pobres. Como si el destino que le había tocado en suerte fuese demasiado estrecho. Como si ajustarle las cuentas —al hostal, al destino— fuera su forma de vengarse.

Extraña vida la nuestra, rodeada de maletas y forasteros. Desconocidos que de diez a doce de la noche se apropiaban de nuestro salón y de nuestra tele y con quienes tenías que pelearte por el tocador, que era como mi madre, en un ataque de cursilería, denominaba al cuarto de baño. Tocador.

Aprovechando que se había quedado libre: así nos lavábamos cada mañana, antes de ir al colegio. Entre los efluvios tóxicos de los huéspedes. Baños de olor, los bautizó mi hermano Enrique.

Los huéspedes se dividían en huéspedes de una sola noche, huéspedes por semanas y huéspedes de temporada. Salvo excepciones —alguno que se marchara con nocturnidad y alevosía, que también los hubo—, pagaban religiosamente. Mamá se encargaba de ello. Persiguiéndolos. Recordándoles sus obligaciones económicas. Sin sutilezas. «Su semana vence hoy, don fulano.» «Don mengano, sobre la cómoda de su alcoba le he dejado la facturita.» «Don perengano, si por un casual sale usted al banco, no se olvide de sacar trescientas pesetas más. Las que nos debe.»

Pagaban los huéspedes de una sola noche, pagaban los huéspedes por semanas y pagaban los huéspedes de temporada. Y luego estaba Virtudes, que no se había ganado el derecho a que la tratáramos de usted. «Una fresca, eso es Virtudes», refunfuñaba nuestra madre. «Una mo-ro-sa.»

«El mes que viene sin falta, doña Mercedes. Estoy esperando una herencia», prometía Virtudes. «Del mes que viene no pasa, doña Mercedes. En cuanto reciba mi parte del dinero. Una barbaridad, no se hace usté idea.» Y mi madre al principio tragaba, pero después le iba entrando un agua de levante que para qué. «¿No será que el muerto se niega a que lo entierren?—se mofaba de ella—. ¿Cuál es el problema, Virtuditas, guapa?» Y a pesar del retintín, mamá no mentía: Virtuditas era una mujer guapa. Agitanada, andaluza. El pelo negro azabache, los ojos verdes, los pechos reventones. Una real hembra.

Hasta que de repente, ¡oh, milagro!, la fresca de Virtuditas, la morosa, comenzó a pagarnos, coincidiendo con un trasiego de visitas masculinas que subían de la calle a horas intempestivas y a las que ella, atenta al toc-toc de la puerta principal, les abría llevándose el dedo índice a los labios. Sus primos, los llamaba Virtudes. Tipos a los que guiaba por el pasillo a oscuras como se guía a un ciego o a un borracho y con quienes se perdía en la negrura de sus aposentos —otra palabra muy de mamá, aposentos—. La noche hervía entonces de susurros, de respiraciones entrecortadas, de jadeos y de ayes. De risitas. Allí dentro, en la habitación de Virtudes, crujían las patas de la cama y crujían los muelles del somier. Menos el suelo, de baldosines, todo crujía. Y al alba, tras el fragor del encuentro, sus primos desaparecían tal como habían llegado. Sigilosamente. Y la madrugada dejaba de crujir.

«¡Virtudes recibe en sus aposentos!» A mi madre casi le da un soponcio. Y es que mamá nunca estaba conforme: si no cobraba, porque no cobraba, y si cobraba, por cómo cobraba. «Antonio, échala. ¡Sin contemplaciones!» Y mi padre, abochornado, abandonaba la seguridad de sus sartenes, sus ollas y sus cacerolas, y se encaminaba hacia el dormitorio de Virtudes. «¡Pero no cierres la puerta! ¡Que yo os oiga!», gritaba en voz baja mamá, capaz de prodigios como ese: gritar bajando la voz. Y Virtudes, la bata estratégicamente desabrochada a la altura del escote, le ponía ojitos a mi padre y lo abanicaba con las pestañas: «¡Ay, don Antonio, si yo no les hago ná a mis primos, que me caiga muerta ahora mismo si falto a la verdá! Ná más les cuento historias, como la Cherezade esa del libraco que tié usté ahí, en la repisa. Les doy carrete, los entretengo, y ellos se ríen, que ni se imagina usté lo faltos de alegría que vienen, don Antonio: tan mustios, tan tristones. ¿Qué habrá de malo en, digo yo, resucitarles un poquillo el ánimo? Mis primos felices, yo más feliz aún y ustedes cobran incluso los atrasos, y aquí paz y después gloria, y cada mochuelo a su olivo y Dios en el de todos». Al grito de «Esta lagarta te está engatusando, Antonio, que te conozco», mi madre se iba acercando, apartaba a papá de un codazo y se encaraba con ella, mientras Virtudes, ofendida en su dignidad, se ceñía la bata con súbito recato y repetía lo de Sherezade. O lo de la herencia. O lo que se terciara. Y así un mes y otro mes y otro mes.

«Cositas ricas.» Sin especificar cuáles, Virtudes nos prometió a mis hermanos y a mí un montón de cositas ricas si convencíamos a mamá de que le permitiera quedarse en el hostal. Un montón de cositas ricas «más adelante», «no ahora». «Cuando seáis mayores. Cuando os hayáis convertido en unos hombrecitos», insistía. Y mi hermano Enrique, entusiasmado por aquel montón de cositas ricas, quizá unas botas de fútbol nuevas, de tacos metálicos; y mi hermano Luis, entusiasmado por aquel montón de cositas ricas, a lo mejor el mádelman buzo, con su escafandra y sus tiburones y su cofre del tesoro; y mi hermano Ignacio, entusiasmado por aquel montón de cositas ricas, un robot Mazinger Z, probablemente; y yo, a diferencia de mi hermano Enrique y de mi hermano Luis y de mi hermano Ignacio, algo menos entusiasmado por aquel montón de cositas ricas, una caja de bombones Cadbury, lo más seguro; pero, en el fondo, también yo, de alguna manera, entusiasmado.

Ni botas de fútbol nuevas, ni mádelman buzo, ni robot Mazinger Z, ni bombones Cadbury. Antes de que pudiéramos interceder por ella, Virtudes le echó el lazo a un incauto con posibles —otra de las palabras de mamá, posibles—. Virtudes la fresca, Virtudes la morosa, al fin redimida. Desfilando hacia el altar del brazo de un pardillo.

En honor de Virtudes —y entre risas, he de añadir—, mis hermanos y yo, ya crecidos, ya unos hombrecitos, decidimos modificar el viejo eslogan de papá.

«Hostal Parisién, comidas copiosas, noches fogosas.»

Pero —por Dios— que no nos oyera mamá.

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foto de Jaime García

Antonio Fontana (Málaga, 1964) publicó su primera novela,De hombre a hombre, en 1997. Después vinieron El perdón de los pecados (2003), finalista del Premio de Novela Café Gijón, obra por la que fue elegido Nuevo Talento FNAC ese mismo año, y Plano detallado del infierno (2007), esta última en DVD Ediciones.

Publicado el 4/10/2011

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