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Presentaciones de Hilo de nadie de Lorenzo Oliván

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Hilo de nadie, de Lorenzo Oliván, se presentó en Santander el pasado 3 de diciembre en la librería GIL. La presentación corrió a cargo de Alberto Santamaría. El 8 de noviembre se había presentado el libro en la FNAC de Zaragoza. Lo presentaron Manuel Vilas y Jesús Jiménez Domínguez.

ALUCINACIÓN PENDIENTE DE UN HILO O EL DESEO DE DON CLEOFÁS

Texto de Alberto Santamaría leído en la presentación del libro Hilo de nadie, en Santander, 3 de diciembre

En realidad voy a hablar del efecto hipnotizante de este libro. En realidad voy a llevar a cabo una lectura caótica de este Hilo de nadie. En realidad voy a contar cómo este hilo, que no es de nadie, en lugar de jugar a salvarnos del laberinto nos atrapa para vernos desde dentro, despojándonos de nuestros tejados hechos de prejuicios y costumbres. Un libro que, por lo tanto, nos enhebra y nos alumbra.

Hilo de nadie es un libro que contiene dentro varios libros, varias puertas abiertas que el autor ha decidido ordenar —porque en realidad escribir es tratar de poner un orden a lo que de por sí no lo tiene: la realidad— a través de dos sugerentes epígrafes, que van dividiendo el libro a modo de capítulos o puertas: vértices y rompientes. Vértices y rompientes son dos formas literarias que Oliván enfrenta, como dos animales hambrientos y enemigos que pujan por hallar luz al final de una cueva, como dos manos enfrentadas que palpan la pared, en la oscuridad de una casa, tratando de hallar el interruptor de la luz. Vértices y rompientes se suceden en el interior de esta casa que es Hilo de nadie. Sí. Yo veo este libro como una casa que se interroga por sus propios cimientos; por esa rara relación que se da en la escritura entre la realidad y el lenguaje.

¿Conocen el efecto coriolis? El efecto coriolis es el que se produce durante el movimiento de la tierra, es el movimiento de los objetos dentro de una esfera, por ejemplo. El efecto coriolis provoca que en el hemisferio norte el raíl derecho de las vías del tren se encuentre ligeramente más desgastado que el raíl izquierdo, sucediendo lo contrario en el hemisferio sur. Y es también el movimiento del agua que gira sobre el desagüe como si ese agua se pensase la posibilidad de desaparecer o no. Los vértices y rompientes se suceden en el libro tratando de dar vueltas alrededor de una idea, desgastando un lado u otro de las cosas, tratando de hallar el centro, de alcanzar el interruptor de la conciencia, de despertar nuestro conocimiento o, mejor dicho, de despertar la otra verdad de las cosas.

Pero hay sutiles diferencias. La primera y más urgente está en el hecho de que los vértices responden a lo que tradicionalmente se llama verso, mientras que los rompientes son aforismos, flechas incandescentes del pensamiento. Los vértices son afilados, cortantes; las rompientes, como las olas, reposan en una prosa rítmica que deja sobre la arena todo el peso de una reflexión alumbradora. Un alumbrar que, a su vez, necesita del mirar. Al leer este libro el lector se topará frecuentemente con la mirada, quizá el más importante protagonista de este libro. El ver es central en el poeta. Este libro, en efecto, tiene mucho de la imaginería óptica de los románticos ingleses y alemanes. Precisamente, uno de los grandes teóricos de la estética romántica, M. H. Abrams, escribía lo siguiente de este proceso: el poeta romántico, «enfrentándose al mundo, ve lo que no ha logrado ver, o ya no ve lo que vio una vez, o ve lo que vio antes de otra manera». En Oliván hay un poeta romántico, creo. Un poeta romántico que ha pasado por el maravilloso filtro de Juan Ramón Jiménez y de Ramón Gómez de la Serna. Por la poesía deslumbrante de uno y por el punto de vista de esponja, integrador de lo aparentemente diferente, del otro. El fragmento, tan alabado por Schlegel y la mirada, tan necesaria para los románticos ingleses, son, por tanto, rescatados con sutileza en este libro, que no dejará indiferente al lector. El fragmento es la única posibilidad de asomarse a la realidad —parece decirnos el poeta—, ya que la realidad no se nos da nunca de un modo definido, acotado.

M. H. Abrams, en su conocido libro sobre el romanticismo El espejo y la lámpara, utilizaba estos dos criterios para hablar de lo romántico. Los vértices serían sutiles espejos. Tienen un carácter de búsqueda, mientras que los rompientes tiene un carácter de lámpara, de luz, de fogonazo. Vértices y rompientes se suceden. Búsqueda y luz se dan la mano, rondan lugares poco acotados por la mirada, los bajos fondos de la atención con el objetivo de darnos cuenta de ellos, de hacerlos visibles. Los vértices nos sitúan en nuestra propia cueva, mientras que los rompientes nos alumbran dentro ella. Unos y otros se complementan, chocan. El propio poeta lo afirma en el primero de sus rompientes: “creo en el ilimitado dios de los contrastes”. Y en los contrastes está la iluminación de la escritura, del contraste surge la chispa, la posibilidad de la diferencia también. Me gustaría, en este sentido, emplear unas palabras de Jean Cocteau para resumir la impresión que deja el libro. Escribía Cocteau: “En el espacio de un relámpago vemos un perro, un coche de caballos, una casa, por primera vez. Todo lo que ofrecen de especial, de loco, de ridículo, de bello, nos abruma. Inmediatamente después el hábito borra esta poderosa imagen. Acariciamos al perro, detenemos el coche, habitamos la casa. Ya no los vemos. He aquí el papel de la poesía. Desvela en toda la fuerza del término. Nos muestra desnudas, bajo una luz que sacude la torpeza, las cosas sorprendentes que nos rodean y que nuestros sentidos registran mecánicamente”. Este ver por primera vez es el lugar de este libro, es el objetivo de esta poesía abierta, indagatoria, de Lorenzo Oliván.

Para concluir me gustaría comentar una último relación. ¿De dónde ha venido? No lo sé. La lectura de este libro, su posición estética, su ejecución, pero, sobre todo, su forma de mirar —la gran virtud de este libro—, me ha traído a la cabeza la historia de Don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, el personaje de El Diablo Cojuelo, obra de Luis Vélez de Guevara. (Insisto en que desconozco esta afloración en mi conciencia). ¿Qué es lo que le ofrece el «espíritu más travieso del infierno» al licenciado Don Cleofás Leandro Pérez Zambullo por haberlo liberado de la vasija en que se encontraba? Debe ser algo que, desde luego, no esté al alcance de las capacidades humanas, y debe ser, además, algo digno de un diablillo juguetón y zascandil como el Cojuelo. Lo que le concede es la travesura que, antes de que nos fuera entregada por la televisión, a todos nos habría conquistado: el Cojuelo le ofrece la posibilidad de atravesar con la mirada, introducirse en los edificios, arrancarles los tejados y examinar lo que ocurre en su interior. Le ofrece, en efecto, el interior de las casas, y de las cosas, desnudarlas de sus fachadas, de sus cubiertas, y poder hacerlo, no se olvide, sin ser visto.

Al leer Hilo de nadie, y que me perdone Lorenzo si cometo una locura, una de las más extrañas sugerencias ha sido ésta. El poeta arrancando los tejados de lo visible con las palabras precisas, arrancando las azoteas de lo que aparece con el objetivo de ver y alumbrar. Se trata de desplazar el tejado de lo habitual, de lo ya visto, y ver, por primera vez, dentro de las cosas, dentro de nosotros sin ser visto. Leo uno de sus vértices para concluir, el que lleva por título, precisamente, “Azotea”:

Mirar las azoteas
de alguna gran ciudad te asoma al borde
de los sueños de tanta gente ignota

que ahora que has salido a ese paisaje
tú mismo te preguntas
quién estará asomado
al borde de tu propia ensoñación.

Alberto Santamaría

EL HILO EN EL LABERINTO

Reseña de Jesús Jiménez Domínguez en el Suplemento “Artes y Letras” (Heraldo de Aragón, 20-11-2008

Leyendo a Lorenzo Oliván pienso a veces en las fotografías de Chema Madoz, en las que los objetos dialogan entre sí intercambiándose sus almas hasta conformar un mundo poético lleno de relaciones ocultas. Ambos creadores, cada uno desde sus respectivas disciplinas, parecen compartir parecido nervio óptico.

Hilo de nadie es seguramente el libro más aventurado de Lorenzo Oliván. Y no sólo porque en él su autor alterna el poema casi zen (aquí bajo el título de Vértices) con el aforismo (Rompientes), sino porque a ratos da la impresión de que el libro es un muestrario de filamentos rotos, de cabos sueltos que el lector debe ir uniendo y anudando hasta fabricar la cuerda que le permita trepar por las resbaladizas paredes de la realidad. Así, Oliván nos ofrece la cosmovisión de un mundo que, fragmentado, pudiera parecer material demolido cuando es lo contrario: material de (re)construcción.

Decía Karl Kraus que “hay dos clases de aforismos, los que lo son y los que no lo son. En los primeros, la forma y el contenido están unidos como cuerpo y alma; en los segundos, como cuerpo y ropa”. El aforismo de Hilo de nadie ya no es el fuego artificial (metáfora + humor) de las greguerías de Gómez de la Serna. Los hallazgos de Oliván conllevan una profunda carga de experiencia e indagación metafísicas, pero también a menudo una buena dosis de ironía y de crítica que suele acercarle a cierta actitud preventiva, cuando no escéptica, sobre lo que las cosas muestran en su superficie.

Había dicho José Bergamín: “No importa si un aforismo es cierto o incierto. Lo que importa es que sea certero”. Y, en efecto, los aforismos y poemas de Hilo de nadie aciertan en el centro mismo de la contradicción para mostrarnos el reverso de una realidad fugitiva: “Es difícil encontrar las palabras adecuadas, pero mucho más aún las inadecuadas ciertas”.

En el libro de Oliván los hilos verticales del poema se entrelazan con los hilos horizontales del aforismo creándose un tejido poético y de pensamiento compactos, orgánicos. El lector podrá, con todo, tirar de uno de estos hilos para buscar qué o quién está al otro lado de la madeja, para ir en busca de la voz de todas las voces, aquella que por su multiplicidad el autor resuelve con el nombre de Nadie.

Lorenzo Oliván pertenece a esa raza de poetas que, abandonando los asideros de la certeza y escribiendo desde la mirada, tienen el don de ensanchar el mundo de las percepciones, de poner en movimiento a una realidad estática haciendo el puente con dos cables (el del ojo y el del pensamiento) hasta que una chispa ilumina la oscuridad: “Intento que mi mente / esté lo más posible en movimiento / ¿No habrá así más opciones / de que aunque sólo sea por azar / me encuentre?”.

Si bien Hilo de nadie está escrito desde una poesía que la crítica suele etiquetar (con más o menos acierto) como “del conocimiento”, el libro no nos indica en absoluto una salida al laberinto gnoseológico. Antes al contrario: el autor camina en dirección contraria y este libro es el mapa de un ávido explorador buscando perderse en el centro mismo del misterio.

Jesús Jiménez Domínguez

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Publicado el 23/12/2008

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