BCN Poesía (13 poetas barceloneses que escriben en castellano)

Juan Vico


Juan Salido-Vico (Badalona, 1975) es licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Autónoma de Barcelona. Obtuvo el D.E.A. en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la misma universidad con un trabajo de investigación sobre la poesía de Emilio Adolfo Westphalen. Recibió el Premio Arcipreste de Hita con su primer poemario, Víspera de ayer (Pre-Textos, 2005), y un accésit del Premio de Poesía Ciudad de Zaragoza con el cuaderno Gozne (Ayuntamiento de Zaragoza, 2009). Recientemente ha sido seleccionado para participar en el ciclo de lecturas La Voz + Joven, organizado por la Obra Social de Caja Madrid. Ha colaborado con artículos y reseñas sobre cine y literatura en numerosas revistas culturales, y ha formado parte de diferentes iniciativas relacionadas con la poesía visual. Uno de sus cuentos ha sido incluido en el volumen Nuevos relatos para leer en el autobús (Cuadernos del Vigía, 2009). Es coautor del ensayo Johnnie To: Redefiniendo el cine de autor (Ediciones Cine Asia, 2005). Mantiene el blog literario Improntuario.

***

POEMAS

INSOMNIO

La esfera que podría aplastarme
mide poco más de dos centímetros y rueda,
intermitente, junto al zócalo.
Ahora que el techo vibra como una membrana,
reordeno los datos en busca
de la pregunta pertinente y desmenuzo
las vocales de los nombres, índice sobre pulgar,
que van quedando atrapados en los cristales
de mi sudor. Los paisajes
se superponen en mi memoria,
pero sería incapaz de detenerme a describirlos; la exasperante
nada que me rodea
arrastra,
sin embargo, mis argumentos.
El tabique interrogado por la marca
de una minúscula mordedura. Las ventanas ciegas
como alfileres. El mandato de la lámpara apagada.
Los cuatro ceros parpadeantes del despertador.

GEOMETRÍA DESORDENADA

(Francesca Woodman)

I

El suelo acepta la cuadrícula imprevista
de un nuevo desorden.

El reloj se deshace
de todo lastre interpretativo,
como poco antes ya lo intentaran
el espejo y la lámpara.

Pero pesa el alivio
desde su hueco.

Un paisaje borroso, alveolar,
se insinúa sobre tu espalda,

una mancha en la pared
reclama a gritos
aquel marco
sutilmente
desdorado.

Los objetos intercambian sus colores,
sumergidos en un único chasquido.

Un resto de luz se va tensando
entre el pomo de la puerta y tu mudez.

Tu universo
no fue más que un gran bostezo.

Tu esperanza cabe en una
de tus axilas.

Sobre la alfombra, trasplantado,
un cenicero.

La tarde se entumece, y no te importa.

II

La gravedad de tu mirada emparcha
los muros, pacientemente rasurados
por la acedia dominical.

Tus manos translúcidas
ensayan rutinas levemente carnales.

Revienta otra razón tras sus motivos,
aunque al suelo sólo caigan,
sin fuerzas
para rebotar, un par
de convicciones secundarias.

Por fin
los días se apaciguan apartados
en un rimero imposible, mientras arden
bajo cualquier ventana
los ardides de la memoria.

Algún paisaje al azar: nubes altas, cipreses,
luz, gravilla, luz, un
mar inerte.

Borbotean sin pausa los ácidos
en el estómago de esta escombrera.

III

Desordenas tu repertorio de cielos recortados.

Desde el fondo de tus ojos
te acechas sin respiro.

Hurgas entre los molares de la memoria,
alcanzas la raíz,
tumefacta, guardas en el escote
de una muerta ajena
la foto manchada de tus remordimientos,

muerdes el polvo
de un estante vacío, conservas
símbolos de nada, soportas
síntomas de síntomas.

Tu saliva macera otra renuncia repentina.

Tu voz recoge palabras incomprensibles,
las hilvana en una oscura letanía, madrigal
de madriguera.

Tus deseos se conforman
con su imagen desgarrada.

Tu silencio se ensortija alrededor de este rumor.

NATURALEZA MUERTA

Imagina un pintor de aquellos siglos
presos del culto al lujo del detalle,
cuando era habitual robar cadáveres,

comprar un muerto fresco o sus pedazos.
Mira cómo se escurre a ras de noche
junto a la tapia gris del cementerio,

oye su paso azul mientras coloca
el seccionado brazo bajo el brazo,
camino del taller. Palpita aún,

se diría, ese cúmulo de nervios;
pero es su corazón el que acompaña
en síncopa. Amanece,

huele a sombra y a piedra, se oye el leve
rasguño iluminado del esbozo.
Un trapo bermellón adorna el suelo…

Piensa ahora en ti mismo, cuando tratas
de copiar los despojos de tu tiempo,
de salvar un recuerdo, una mirada,

la luz de un cielo más, de un cielo menos.
¿No es igual el afán, el gesto tenso,
la urgencia ante la vida que se escapa?

Escribir, en efecto, se parece
a ese brazo pudriéndose en la mesa
y a pintarle los labios a la muerte.

AMULETO

Alzo la vista de repente, reclamado
por el más minúsculo de tus gestos,
las yemas rozando el cuello bajo la nuca,
persiguiendo el dibujo de algún lunar,

mientras la noche va desollando los muros
y la obviedad se filtra por las costuras
de nuestro frágil simulacro,
y tú y yo a solas, por fin, fingimos no conocernos,

desnudando la mirada, con la voz de puntillas,
jugando a hacer chocar nuestras memorias, desafiantes,
quizás a punto de besarnos como extraños,
de tocarnos con temor, reverenciosos,

como el que palpa secretamente un amuleto,
reencontrando con alivio su relieve:
grumos de luz incrustándose en los dedos,
tanta suerte, tanta muerte en los bolsillos.

(Inéditos)

Publicado el 13/11/2009



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