|
Álex
Chico

Álex
Chico (Plasencia, 1980). Licenciado en filología hispánica por
la Universidad de Salamanca, obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados
de literatura en la Universidad de Granada, con un estudio sobre la
relación entre el cine y la literatura en el primer tercio del siglo
XX. Actualmente prepara una tesis sobre la obra de José Antonio
Gabriel y Galán. Es profesor de lengua y literatura en un instituto
de Barcelona, ciudad en la que ha residido la mayor parte de su vida.
Ha publicado el poemario La tristeza del eco (Editora Regional
de Extremadura, Mérida, 2008), y las plaquettes Nuevo alzado de
la ruina (Vebo Blues Ediciones, Salamanca, 2005) y Las
esquinas del mar (Vitolas del Anaïs, Granada, 2004). Ha ejercido
la crítica literaria en diversos medios (Falsirena, La prensa de
Zamora) y publicado sus poemas en diferentes revistas y editoriales
(Papers de Versàlia, Letra Clara, Contra Tiempo, Papel Salmón, La
plaza humana, Nadadora). Fue antologado en el libro Poesía en La
Tertulia, Vitola de vitolas (Cuadernos del Vigía) y en
Brindis 00 (Homenaje a Javier Egea). Es autor de la novela
Telón de fondo y del ensayo Antes del simulacro. Cine y
literatura en el primer tercio del siglo XX. Codirige, junto con
Sergio Sastre, la Revista de Humanidades Kafka. Asimismo,
dirige la programación literaria de La Cigale de Barcelona, junto
con el poeta Juan Salido-Vico.
***
POEMAS
PRIMER
MOMENTO
Lo
más extraño del viaje es no saber hacia dónde se regresa.
Acaso
diría Walter Benjamín que en esos lugares parece haber pasado
todo lo que aún nos espera.
(de
La tristeza del eco)
LA
SOMBRA EXTRANJERA
Así
has concebido esta permanencia, cuando no esperas que el cielo se
proteja más que a sí mismo. Minado se refleja el camino en
esta oscuridad remota del paisaje. Aunque sientas agotada esta
luz que se abre paso, y cierres la ventana con tanto ímpetu como
nostalgia. Aunque recuerdes, bien entrada la noche, los
designios que iba a cruzar tu vida paso a paso. Es esta oscuridad
la que te ha cercado, sitiándote entre los dos puentes que cruzan
la orilla. Es esta incertidumbre de no esperar nada, aguardando
con poca luz la urgencia de un nuevo día. No hay novedad que
pueda resolver tu estancia, ni permanencia que consiga liberar
este espacio alterado en la ceniza. Pocas palabras esperas con
el tiempo, porque la soledad ahora es otra, y son otras las
voces que lideran el camino. Vuelves a ser un extranjero de tu
propia lengua.
(de
Más allá del Sur)
INSTANTE
Ciertos
lugares conservan el paso de los que se detienen, y deciden –al
cabo – observar lo que les rodea. Sin más interés que el de
permanecer allí por algún tiempo. Esos territorios en donde
el instante pretende ser perpetuo, cercados en un bosque con
una explanada verdosa en su centro. En esos lugares se aprende a
decir: lo desconozco. De ahí su condición inabarcable: siempre
quedarán sujetos a una duda. Un espacio –un lugar – que
acaba por no saberse si existió, y logrará subsistir en la
distancia. Donde no ha ocurrido nada y sin embargo se logra no
haber sido nunca.
(de
Tiempo después)
SALAMANCA.
PUNTO FINAL.
Aún
es pronto, me digo, para hablar de la muerte. Y, sin embargo,
el tono dorado de esta plaza señala la escasa certidumbre de
las cosas. Su inexistente voluntad de perdurar en nosotros.
Miro
lo que fui, aquí, y el pasado tiene el mismo color de los
edificios, la piel ocre de lo que se vivió alguna vez y ya no
puede regresar con la intensidad de entonces. Como ese
esplendor en el que confié y del que, ahora, nada queda. Ni
siquiera el saludo tardío de los que me acompañaron en los
soportales.
Observo
este lugar y sé que fui él mismo, fui su camino y su deriva, fui
sus autores: Hierro, Arlt, Valente, todos los que vinieron por
primera vez a señalarme los límites del mundo. También el
límite de la ciudad. Fui aquellas reproducciones que en Las
Conchas salían conmigo y se desplegaban sobre alguna mesa, en
algún café de la zona. Magritte, Hopper, en el Alcaraván.
Intuyo
que ha pasado mucho tiempo, porque es ahora cuando miro a la
ciudad sin nostalgia. Ahora que la observo ausente, con el
temor de reconocerla un territorio extraño. El mismo temor que
siento al abandonar una calle del centro y el mismo que
producen sus paseos circulares. Llegar a un lugar que juzgaba a
mucha distancia y encontrarlo de nuevo me infiere un temor a lo
cercano. Mi camino, desde entonces, se ajusta a esa premisa:
todo paseo tiene su propia frontera. (El terreno se angosta y me
deja solo nuevamente).
Ya
no vivo aquí y, si lo hiciera, nada sería distinto en
apariencia. Como esas casas que conservan su fachada y guardan en
su interior los escombros de otras casas colindantes. La
maleza, los hierbajos, los despojos de toda una ciudad en su
función de naturaleza muerta. Observo dentro y veo que mi
vida aquí fue igual: una suma de restos. Paseos en los
márgenes de Canalejas; conversaciones en algún banco de
Alamedilla; encuentros fugaces sobre las escaleras de Anaya; la
vista imposible de un puerto, intuido desde cualquier punto de la
plaza del Oeste; la militancia oscura y solitaria detrás de la
Casa Lis, buscando un reflejo que nunca llegó a sus
ventanales; las aguas detenidas del Tormes; el frío nocturno
al regresar de Plasencia.
Por
eso, me digo ahora, sería justo comenzar a hablar de la
muerte. Ha pasado el tiempo y ya va siendo hora de nombrar las
cosas en su medida exacta. No fue el destino lo que me trajo
aquí, ni siquiera el azar el que me trae de vuelta. Es, cuesta
decirlo, la escasa memoria de unos años que no consigo
olvidar. Porque nadie es capaz de olvidar la suma de muertes por
las que trascurre su vida.
(de
Tiempo después)
Publicado
el 13/11/2009
|