Libro de amigo y amado |
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Muestra de Libro de amigo y amado |
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POESÍA QUE NO PRETENDÍA SERLO Con el Llibre d’amic e amat, Ramon Llull –Raimundo Lulio, en la tradición castellana– no quiso escribir un libro de poesía, sino un opúsculo didáctico, apto para la edificación de los dedicados a la vida contemplativa. Y, si no estuviera inserto en una novela, el Llibre d’Evast e Blaquerna, se podría sostener que Llull ni siquiera quiso hacer literatura. En efecto, el Llibre d’amic e amat constituye el capítulo 99 del Blaquerna, en el que un eremita, que ya había aparecido en el capítulo 97, visita en Roma al protagonista –antes papa; ahora retirado del mundo– y le insta a escribir un libro con el que multiplicar la devoción de los ermitaños, entre los que había observado peligrosos indicios de disipación. Y así lo hace Blaquerna: escribe el Llibre d’amic e amat, siguiendo, según puntualiza el autor, las «palabras de amor y [los] ejemplos abreviados» de los sufíes, religiosos sarracenos muy apreciados, que despiertan en el hombre un gran fervor. Todo lo cual puede fecharse en Montpellier hacia 1283, el lugar y el año en que los lulistas más reputados –desde Salvador Galmés hasta Anthony Bonner– creen concluido el Blaquerna. Nos encontramos, pues, con un ejemplo muy temprano de «libro dentro de libro», con el cual, según Albert Soler, Llull resuelve el «problema de cómo informar, en un marco narrativo, de las vivencias místicas del protagonista, de cómo transmitir al lector esta experiencia radical e inefable [...] que ha sido el motor de la novela», y que, de paso, le sirve al profesor Soler para explicar la siempre perturbadora incoherencia de que el Llibre d’amic e amat no tenga el número de versículos que anuncia en su prólogo (tantos «como días tiene el año»), un aparente descuido que no resulta extraño si consideramos el Llibre d’amic e amat una obra literaria dentro de otra obra literaria. Aunque cabe discrepar de su parecer: los artificios intranovelescos no tienen por qué ser inexactos; además, resulta desconcertante que un autor tan meticuloso como Llull, todos cuyos pronunciamientos encajaban perfectamente en el complejo entramado de su Arte, haya sido negligente con un dato tan significativo. El Llibre d’amic e amat conoció muy pronto una transmisión independiente, aunque sus múltiples ediciones, tanto manuscritas como impresas, nunca hayan omitido su vinculación con el Blaquerna. Esta circulación exenta, propiciada por el carácter parentético del opúsculo y por el propio Llull, deseoso de difundir su doctrina en las diferentes cortes del Mediterráneo, parece confirmar la escasa voluntad literaria con la que el beato mallorquín acometió el texto. Los aforismos místicos del Llibre d’amic e amat pretenden enseñar a los eremitas a amar a Dios, o, dicho con más precisión, a que «se enamoren de Dios». Para ello se nutren de los principios del Ars compendiosa inveniendi veritatem, redactada hacia 1274, la primera expresión de su vasto sistema de pensamiento, con la que pretende reducir el conocimiento humano a un breve catálogo de axiomas, apto para resolver matemáticamente cualquier problema. Ya Tomàs y Joaquim Carreras i Artau subrayaron la «recia contextura filosófica» del libro, y Robert Pring-Mill ha señalado, en ese mismo sentido, que «cada versículo del Llibre d’amic e amat se relaciona directamente con uno o más puntos del sistema». Las máximas de la obra se esfuerzan, pues, por sintetizar los argumentos a favor de la existencia y grandeza de Dios, y por transcribirlos inteligiblemente. Su público no es un público ducho en sutilezas teológicas, sino sencillo y hasta atrabiliario: los monjes y creyentes dedicados a la contemplación. Ello explica también que escribiera el libro en catalán, una lengua vulgar, hasta el momento inadecuada para expresar los altos conceptos de la filosofía. Los destinatarios principales del Llibre d’amic e amat y su aspiración proselitista –todo cuanto Llull escribía se encaminaba a convertir a los infieles al cristianismo y a ratificar a los ya cristianos en su fe– rebajan las exigencias formales: el libro no constituye literatura áulica, sino manual de aprendizaje; sus metáforas no son metáforas cortesanas, sino morales. A Llull le habría disgustado que su pericia expresiva hubiese distraído a sus lectores –o auditores– del meollo de su doctrina. La forma era, para él, instrumental: un modo de captar la atención del público, una suerte de aire de palabras en el que se sustentaba el vuelo hacia Dios. Si eso es así, y no hemos malinterpretado el origen e intención del Llibre d’amic e amat, ¿por qué lo percibimos hoy como el libro más literario de Llull? Ítem más: ¿por qué lo sentimos como el más poético de su vasta producción, compuesta por 265 obras, según las últimas estimaciones, y como uno de los más líricos de toda la literatura europea bajomedieval? ¿Por qué el Llibre d’amic e amat, imperfecto y apresurado, no carente de torpezas, y privado desde hace mucho de su sostén ideológico, que hoy se nos aparece como una remota estribación del racionalismo neoplatónico, nos habla, a través de tantos siglos, todavía? Que Llull no quisiera escribir un libro de poemas no quiere decir que no gozara de una notable formación poética y que ésta no influyese, consciente o inconscientemente, en su redacción. La producción en verso de Ramon Llull que nos ha llegado es escasa: se limita al Desconhort, al Cant de Ramon y a algunos poemas incluidos en el Llibre d’Evast e Blaquerna, aunque haya otras obras suyas rimadas, de carácter didáctico y narrativo, como la Medicina de pecat, el Pecat d’Adam, el Dictat de Ramon o la Lògica d’Algatzell, en las que la rima, mera herramienta del aprendizaje, pretende facilitar la memorización. De su vida literaria antes de su conversión, en la que ejerció de poeta cortesano, versado en el saber trovadoresco, no nos ha quedado nada. Sin embargo, sabemos por su Vita coaetanea, una autobiografía dictada en 1311, que el joven Ramon, senescal del futuro rey de Mallorca Jaime II, era dado a componer canciones y poemas despreciables, y a otras prácticas licenciosas, y que, de hecho, eso es lo que estaba haciendo, escribir una oda a una dama casada a la que amaba con locura, cuando tuvo una visión de Jesús crucificado; visión que se repitió hasta cinco veces, y que determinó su abandono de la vida mundana y su dedicación absoluta a la propagación de la fe. Como señala Lola Badia, hoy parece haberse elucidado –por Jordi Rubió i Balaguer, Joaquim Molas y Martí de Riquer, entre otros– la influencia de la poesía trovadoresca en la obra de Llull, así como su conocimiento de la novela y la épica francesas, muy arraigadas en Cataluña desde el s. XII, y de la mística cristiana, tanto bíblica –el Cantar de los cantares– como medieval –la literatura franciscana–. Menos unanimidad suscita el influjo de la mística sufí, aunque Llull, que sabía árabe, la invoque expresamente en el prólogo del Llibre d’amic e amat, y destacadas voces, como las de Américo Castro, Martí de Riquer y Álvaro Galmés de Fuentes, entre otros, crean reconocerla en su obra. Un primer rasgo nos persuade del lirismo de Llibre d’amic e amat: su economía expresiva, tan encalabrinada que el texto se nos antoja, a veces, monda osamenta elocutiva. Los versículos suelen ser breves, y sólo en el último tercio del libro condescienden a cierta prolijidad. Su llaneza, su ausencia de desarrollo nos obliga a inventarnos su envoltura: sus connotaciones. Por entre las palabras circulan resonancias posibles, imágenes susurradas, sinapsis de voces. Esta concisión extrema, en la que alientan los principios del Arte de Llull, se nos antoja a nosotros, insapientes, de un hermetismo estimulante o, lectores de nuestros propios afectos, de una claridad total. También somos descreídos: el Llibre d’amic e amat, aunque exento de efusiones sensuales, adquiere una devastadora sensualidad. Los versículos, por lo demás, carecen de adornos: no se ramifican en descripciones, ni abundan en menudencias sintácticas: atienden a la formulación del concepto, a veces repujado en símbolo, y cesan. Tampoco aparecen encadenados: cada versículo arranca de una situación distinta, de cuyos antecedentes Llull no nos informa, y trata de un principio singular. A menudo se interrumpen: ignoramos en qué redundan los actos descritos; otras veces reverberan en una pregunta que Llull se limita a formular –en lo que acaso sea eco de los debates medievales o de las tensos o partimens trovadorescos, aunque algunos críticos hayan objetado, no sin razón, que resulta excesivo calificar de debate a lo que sólo es la enunciación de un debate–. El estilo directo y la parataxis predominan. Hay pocas cláusulas subordinadas: Llull prefiere el engarce polisindético de las oraciones, con la reiteración de la conjunción copulativa «e», de resonancias bíblicas, tan característica de la prosa medieval. La sencillez formal es compatible con una notable oscuridad conceptual; la demasiada depuración no aclara, sino que enturbia: reduce las formas reconocibles del cuerpo a las confusas del esqueleto. Llull obedece en esto al antiguo precepto de que la dicción exigente reclama una intelección asimismo exigente, necesaria para comprender las grandes verdades de la fe, y que lo aprehendido gracias a este esfuerzo es doblemente gratificante –algo que practicaban tanto los poetas del trobar clus como San Agustín o San Gregorio, autoridades de la Patrística, y que luego ejercerían los grandes autores culteranos, como Góngora o Herrera–. Así, en el versículo 354 escribe Llull: «—Di, loco, ¿por qué hablas con tanta sutileza? Respondió: —Para propiciar que el entendimiento se eleve hasta las noblezas de mi amado, y para que sea honrado, amado y servido por más hombres». El uso insistente de la conjunción antes señalado es un ejemplo del principal procedimiento retórico del Llibre d’amic e amat: la repetición. Quizá llevado por su ánimo docente, que le impele a reiterar lo esencial, Llull recurre, una y otra vez, a las mismas palabras, que no duda en repetir dentro de un mismo versículo, y a lo largo de todo el libro. «Amigo» y «amado» son, claro está, las más frecuentes; también menudean los términos pertenecientes a la familia léxica de «amor»: «amar», «amador», «desamar», «desamor». La repetición tiene propiedades hipnóticas: percute en la pupila y el oído, como una melopea, y nos enfanga en su rumor. Los conceptos se imponen entonces porque nos impregnan: reblandecidos por la iteración, nos exalta su efervescencia sonora; rebasado el cedazo crítico, nos envuelven como un manto. Galmés de Fuentes ve la influencia del árabe y, en particular, de los místicos sufíes, como Husein Ibn Mansur Hallaj, en el estilo repetitivo del Llibre d’amic e amat y en alguna de sus cristalizaciones, como la figura etimológica, rara en las lenguas romances. Algo tienen, en efecto, los mantras lulianos de oración derviche, o, como ha señalado Alberto Vàrvaro, de «delirio racional». Como los sufís giróvagos, que se abandonan a una rotación inmóvil, también Llull alcanza, con la presencia orbital de sus voces, un descontrol controlado, un éxtasis meditado, que no niega el arrebato, pero que no suprime la reflexión. La repetición está relacionada con otra de las controversias que han acompañado al Llibre d’amic e amat desde sus inicios: su carácter místico. Una antigua tradición hermenéutica ha querido ver en el opúsculo una expresión de las experiencias trascendentes del propio Llull, y algunos de sus representantes, como Hatzfeld, han atribuido el paroxismo de la repetición al empuje místico del libro, al modo del memorable «no sé qué que quedan balbuciendo», de Juan de Yepes. Los estudios más recientes, en cambio, se decantan por una lectura menos idealista. Mark D. Johnston considera la repetición un mero artificio retórico para comunicar cabalmente los principios del Arte en que se inspira. Bonner matiza hasta casi descartar el carácter místico del libro, alegando que no participa de la vía negativa predominante en la mística peninsular –según la cual la razón humana no podía comprender a Dios–, sino que, por el contrario, comparte una visión positiva del mundo como espejo de la divinidad y cree, en palabras de Guillaume de Saint-Thierry, en «la fe iluminada y no en la fe oscurecida»; y que lo perseguido por la contemplación no es la unión extática con el Creador, en la que se disuelva el yo, sino una fusión en la que el hombre y Dios subsistan como entidades separadas. Para el traductor no resulta fácil abordar la repetición constante. A veces, lo iterado es el núcleo significativo, y en ese caso hay que respetarlo, aunque disuene en un castellano aseado, porque, sin él, el versículo pierde fuerza, y hasta expira. Así, cuando Llull escribe, en el 202: «Encontró el amigo a un hombre que moría sin amor. Lloró el amigo el deshonor que suponía para el amado la muerte de aquel hombre que moría sin amor, y le preguntó al hombre por qué moría sin amor...», no cabe sustituir el sintagma «moría sin amor» por otro: «morir sin amor» es el eje del texto: lo que denuncia, contra lo que clama. En otros casos, la repetición devora al versículo: nada contiene salvo el término repetido, con, a lo sumo, las variaciones que introduzca el poliptoton. Así sucede en los versículos 289 a 293. En estas piezas, que confieso no están entre mis preferidas, asistimos a apretadas logomaquias, a derroches conceptuosos como éste: «Gloria eres, amado, de mi gloria; y con tu gloria y en tu gloria das gloria a mi gloria, que gana la gloria de tu gloria. Por esta gloria tuya me son gloria...». Tampoco aquí procede sustitución alguna: la repetición es la sustancia del texto; sin ella, literalmente, no hay nada. Otras veces, en cambio, cuesta más vencer la tentación sinonímica. Por ejemplo, en el versículo 49, cuando Llull escribe: «El amado desenamoró al amigo. El corazón del amigo se llenó de contrición y arrepentimiento. Y el amado devolvió la esperanza y la caridad al corazón del amigo, y a sus ojos, lágrimas y llantos, para que regresara el amor al amigo». La repetición de los sintagmas «del» y «al amigo», cuya función es aquí complementaria, no parece imprescindible, y acaso habría resultado preferible reemplazarlos por los pronombres posesivos o personales pertinentes. En este supuesto, no obstante, he optado por preservar las recurrencias; en otros, que el lector advertirá, me he permitido discretas sustituciones, para hacer el texto menos protuberante y más fluido. Los tropos más frecuentes en el Llibre d’amic e amat son la metáfora y el símbolo, a veces magnificado en alegoría. La primera y más importante metáfora asoma en el título. Como aclara el propio Llull en capítulo 99 del Blaquerna, el amigo es «el fiel y devoto cristiano», y el amado, Dios. Para muchos autores, éste –la condición masculina de los amantes– es el único rasgo específicamente árabe de la relación entre el hombre y Dios que se establece en el Llibre d’amic e amat, es decir, el único ajeno a la tradición literaria cristiana, aunque comparta sus orígenes platónicos. En ésta, de la que son paradigmas el Cantar de los cantares y la poesía de San Juan de la Cruz, la unión mística ha sido siempre una unión de hombre y mujer, el connubio de un Dios amante y un alma amada. En el Llibre d’amic e amat, en cambio, uno y otro son varones. «Los términos “amigo” y “Amado” [...]», señala Galmés de Fuentes, «no hacen sino traducir las voces árabes, siempre en masculino, al-muhibb wa-l-mahbub, que representan un tecnicismo exclusivo de la poesía erótica árabe [...]. En la tradición musulmana, la masculinidad de los personajes sirve para distinguir el amor puro y el amor místico del amor carnal o amor mezclado...». Sin embargo, no todos los estudiosos suscriben su parecer: Johnston objeta que las relaciones de afecto entre varones asoman también en determinados géneros devocionales cristianos, como las cartas de amistad espiritual entre monjes o las canciones de alabanza a Dios (laude) entonadas por las cofradías italianas, exclusivamente masculinas. Por lo demás, las metáforas y símbolos del Llibre d’amic e amat son harto deudores de la poesía trovadoresca, con cuyos motivos profanos –la casa, la alcoba y el lecho, las cartas de amor, la cárcel de amor, el alba, el espejo, el jardín, el pájaro– operan una sustitución «a lo divino». También participan de la tradición caballeresca –escuderos, huestes, gonfalones– y recurren a algunos de los tópicos clásicos de la literatura occidental, como el horaciano locus amoenus, con sus fuentes y verduras deleitosas. Los mecanismos analógicos de Llull se refuerzan con figuras de ficción como la personificación, gracias a la cual nos abordan, con actos y palabras humanos, realidades inmateriales, u órganos del cuerpo, o animales. Se advierte una gradación, o, mejor dicho, un cambio de coloración en los versículos del Llibre d’amic e amat, cuyo primer tercio alude con profusión a referentes naturales –el mar, las aves, los árboles–, pero que se hacen más arduos y filosóficos conforme el libro avanza; su textura deviene, pues, abstracta, y pierde parte de la amabilidad que la había caracterizado. Tampoco esta sequedad le resulta fácil al traductor, cuya tarea consiste en preservarla, a la vez que empuja suavemente el texto hacia lo poético. Sea como fuere, hoy podemos leer los versículos del libro despojados de su tuétano religioso. El paso del tiempo y la desaparición del ideario luliano han arrebatado al Llibre d’amic e amat su potencia doctrinal, y lo han ceñido a su ser literal: a su condición de canto amoroso. El creyente puede seguir abordándolo como expresión de la fe: en sus vericuetos acaso reconozca sus propias cuitas espirituales, como hace Àlvar Maduell en «Trets de la fisonomia lul·liana», el ensayo prologal de su edición del Llibre d’amic e amat, de 1966. Pero el texto admite también una lectura laica, que los descreídos practicamos con afán, excitados por la espesura y, a la vez, la ligereza de sus imágenes, por el misterio fulgurante de los enunciados, y por la intensidad del lenguaje y, en consecuencia, de los sentimientos. Para estos lectores, en el Llibre d’amic e amat se verifica un insospechado regreso: los motivos amatorios primigenios, tomados en préstamo de la poesía trovadoresca y desprovistos por Llull de su significado sensual, para transformarlos en vehículos de piedad, pierden ahora su carácter divino y recuperan su condición inicial de proclamas sentimentales. Subrayan, asimismo, el perfil lírico del Llibre d’amic e amat las estructuras paralelísticas del libro, a menudo especulares o antitéticas, o zigzagueantes, en forma de quiasmo. No otra cosa es la poesía, sino el establecimiento de correspondencias, emparejamientos y analogías, con un propósito emocionalmente suasorio. El pensamiento de Llull no es nunca sinuoso, sino que se dispone en formaciones trabadas, de contornos matemáticos. Domina la estructura binaria, determinada por el doble protagonismo del libro. Las proposiciones suelen dividirse en dos, que a su vez se ramifican en opciones pares. Uno de los versículos más celebrados del Llibre d’amic e amat, el 26, reza así: «Cantaban los pájaros el alba y se despertó el amigo: es el alba. Y los pájaros dejaron de cantar, y el amigo murió por el amado en el alba». El punto separa, en efecto, dos mitades, a cada una de las cuales corresponde un acto y su consecuencia: al canto, el despertar; al silencio, la muerte. El versículo 228, también muy conocido, afirma: «El amor es un mar atribulado por olas y vientos, que carece de puerto y de orillas. Perece el amigo en el mar, y, en su peligro, perecen sus tormentos y nacen sus perfecciones». De nuevo hallamos una pareja central, separada por el punto: a un lado queda el amor; al otro, la muerte. Y en cada uno de ambos hemisferios nacen nuevos binomios: la tribulación y la carencia (de las que, a su vez, brotan olas y vientos, puertos y orillas), el perecimiento y el nacimiento. Los abundantes versículos dialogados subrayan estas dicotomías: preguntas y respuestas, réplicas y contrarréplicas, urden un texto fractal, de ángulos rectos, muy atento, sin embargo, a la circularidad –a la clausura– de los asertos. La paradoja constituye un mecanismo específico, y de singular importancia, en estas geométricas urdimbres, aunque no tanto como representación de la fusión de todas las cosas, propia de la mística unitiva, sino como estímulo intelectual. Un ejemplo de paradoja aparece ya en el versículo 228 antes transcrito, donde, abundando en una idea asaz cultivada por Llull –no cabe distinguir entre placer y dolor cuando se ama a Dios: uno y otro se funden indisolublemente–, el hombre sufre las inclemencias del amor, pero ve desaparecer sus males cuando naufraga, esto es, cuando se sumerge en el amor. Galmés de Fuentes advierte influencias árabes en las antífrasis y en los paralelismos rítmicos que acompañan a los emparejamientos lulianos, así como en la prosa rimada que, en su opinión –y en la de otros tratadistas como Dominique Urvoy, Allison Peers y Rubió i Balaguer–, pervive en el Llibre d’amic e amat. Según él, «bajo el nombre de saj’, los autores árabes designan este género de prosa, [caracterizada] por el empleo de unidades rítmicas, que van de cuatro a diez o más sílabas, terminadas por una cláusula. Tales unidades rítmicas están agrupadas por series». La palabra misma saj’, continúa Galmés de Fuentes, es reveladora, porque «se trata de un sustantivo derivado de la raíz saja’a, que significa ‘arrullar’ y también ‘gruñir’ (especialmente, un camello), de donde, en fin, ‘salmodiar’, lo que nos indica que esta prosa rimada estaba destinada al canto o, cuando menos, a ser entonada melódicamente». Las rimas internas son, en efecto, muy abundantes en el Llibre d’amic e amat, y su sentido musical parece claro. Como traductor, no he vacilado en respetarlas, aunque introdujeran leves cacofonías. Pero no siempre ha sido posible. Cuando, en el versículo 17, Llull escribe: «Entre temor e esperança ha fet hostal amor, on viu de pensaments e mor per oblidaments quan los fonaments són sobre los delits d’aquest món», no cabe preservar las series rimadas («pensaments», «oblidaments» y «fonaments»; «temor», «amor», «mor», «són» y «món»), a veces porque las palabras correspondientes difieren en castellano («olvido», «muere», «mundo»), y otras porque resultan preferibles, por ser más exactos, términos distintos («los fonaments són»: «los cimientos descansan»). Es conveniente ahora consignar los rasgos fundamentales del pensamiento de Llull, tal como aparece formulado en el Ars compendiosa inveniendi veritatem, que inspira la denominada fase cuaternaria de su producción, que se extiende desde 1274 hasta 1289, en la que escribió el Llibre d’amic e amat. Como ya se ha avanzado, la razón última de que Lull escribiera incansablemente y de que viajara no menos incansablemente (en 1314, con 82 años, emprende su tercera misión en África y se traslada a Túnez) era convertir a musulmanes y judíos al cristianismo, la única fe verdadera. Esta pretensión explica las paredes maestras de su edificio intelectual, los atributos de Dios, que ningún creyente monoteísta se atrevería a negar. Dichos atributos divinos –a los que da muchos nombres: propiedades, virtudes, valores, razones, noblezas, perfecciones, honras, honores, altezas y dignidades– constituían «principios absolutos» o sustanciales de todas las cosas, y eran los siguientes: bondad, grandeza, eternidad, poder, sabiduría, voluntad, virtud, verdad, gloria, perfección, justicia, generosidad, misericordia, humildad, señorío y paciencia (aunque, en fases posteriores de su producción, Llull los redujese a los nueve primeros). Los principios absolutos se reflejan en todos los aspectos de la creación y constituyen la estructura fundamental del universo. Integran la esencia de Dios, en la que son intercambiables; en las criaturas, sin embargo, aunque sus manifestaciones sean concordantes, ya no son permutables y, por lo tanto, ya no pueden predicarse unos de otros recíprocamente. Los «principios relativos» o accidentales rigen las relaciones entre las dignidades y el universo, y se agrupan en tríadas: Dios, criatura y operación; diferencia, concordancia y contrariedad; principio, medio y final; mayoridad, igualdad y minoridad; afirmación, negación y duda, aunque también en este caso Llull las redujera, en obras ulteriores, a la segunda, tercera y cuarta. Por último, las dignidades se despliegan en tres principios subordinados o correlativos: el agente, el paciente y el acto, sin los cuales no cabe imaginar acción alguna; los de la bondad serían, por ejemplo, el «bonificante», lo «bonificable» y «bonificar». Estas tres series de principios (absolutos, relativos y correlativos) conforman toda la estructura del ser y, simultáneamente, el armazón permanente de toda ciencia humana. Para manejarlos mejor, Llull los representó mediante letras del alfabeto y los dispuso en distintas figuras, cuyas combinaciones podían resolver cualquier cuestión relativa al conocimiento o a la existencia. Sus catálogos constituían, pues, «máquinas de la verdad», cuyos automatismos han fascinado a numerosos lectores y suscitan, todavía hoy, adhesiones de corte experimental, como la escritura geométrica del poeta barcelonés Ramon Dachs. Pero, como ha recordado Bonner, los atributos divinos no son sino los Nombres de Dios propios de los tres monoteísmos. En el caso del cristianismo y del judaísmo, encuentran sus raíces en el Viejo Testamento, y son difundidos por el neoplatonismo, desde Escoto Erígena y el Pseudo Dionisio hasta San Agustín; en el Islam corresponden a los hadras, y en el hebraísmo, a los sefirot. Otra noción relevante en el pensamiento de Llull, de acuerdo con la cosmogonía medieval, es la escala de las criaturas, es decir, que el mundo representa un sistema ordenado, que el ser y los seres se disponen jerárquicamente, y que la creación está formada por una serie de planos superpuestos –Dios, los ángeles, el cielo, el hombre, la imaginación, los sentidos, lo vegetal y los elementos– que reflejan la imagen del Hacedor. O, por utilizar el concepto que recorre las filosofías de San Agustín, San Anselmo de Canterbury y San Buenaventura: ordo et connexio idearum est ordo et connexio rerum. Así se materializa en el Llibre d’amic e amat, en cuyo versículo 40 leemos que «todo lo visible me representa a mi amado»; y en el 57, que el maestro del amigo son «los significados del amado» encerrados por sus criaturas. La proporción y la concordancia entre los diversos escalones de la escala permitían ascender hasta Dios, como había argumentado San Buenaventura en su influyente Itinerarium Mentis in Deum, de 1259, y haría el propio Llull en su Liber de Ascensu et Descensu Intellectus, de 1305. En muchos versículos del Llibre d’amic e amat se plasman estos itinerarios del ser, que ha de abandonar el mundo creado –compuesto por el material, aprehensible por los sentidos, y el espiritual, propio del alma racional– para alcanzar el increado en el que mora Dios. Esto dice el 56: «Se elevó el corazón del amigo hasta las altezas del amado, para no verse impedido de amar en el abismo de este mundo. Y, cuando se hubo reunido con el amado, lo contempló con dulzura y placer. Y el amado lo devolvió a este mundo, para que lo contemplase con tribulaciones y fatigas». Pring-Mill ha indicado que «la mística luliana es esencialmente un sistema de contemplación metódica y minuciosa de la escala de las criaturas, que pasan de un escalón a otro “por vías sensuales y por caminos intelectuales”», como se lee en el versículo 343. Llull intenta demostrar en sus libros la verdad de la fe católica –y la relación entre los misterios cristianos y la estructura del universo– mediante el uso de «razones necesarias», esto es, de argumentos congruentes con los principios informadores de la herencia cultural común de las tres religiones del Libro, y que ninguno de sus fieles podía refutar sin refutar los principios mismos. Así, en el versículo 191 del Llibre d’amic e amat leemos: «Tanto amaba el amigo a su amado, que se creía todo lo que le decía. Y tanto lo deseaba entender, que todo cuanto oía decir de él quería entenderlo por razones necesarias». El filósofo mallorquín presta una gran atención en toda su obra, y, en particular, en el Llibre d’amic e amat, a las tres potencias del alma, según las estableciera el obispo de Hipona: entendimiento, memoria y voluntad. Pring-Mill ha inventariado 79 versículos –según la edición de Galmés– en los que aparecen mencionadas, bien por su nombre, bien por términos conexos o que las implican, como «pensaments», «remembraments», «amor», «cogitar», «oblidar» o «aïrar», entre otros. Las tres han de obrar conjuntamente, y las tres resultan imprescindibles para que el alma alcance a Dios, aunque en algún versículo del Llibre d’amic e amat Llull parezca inclinarse por la inteligencia. Así, en el 19 escribe: «Preguntó el amigo al entendimiento y a la voluntad cuál estaba más cerca de su amado. Echaron ambos a correr, y el entendimiento llegó antes a su amado que la voluntad»; y en el 118, el entendimiento ilumina la voluntad como el lucero del alba, o como el sol a pleno día. Otros temas recurrentes en el Llibre d’amic e amat son el misterio de la Trinidad, a cuyo escudriñamiento propende sin descanso, el libre albedrío, y la Pasión y Encarnación de Cristo, que no por casualidad son los artículos de la fe cristiana que más rechazo inspiraban en los practicantes de las otras fes monoteístas. También el ideal de pobreza franciscana encuentra su eco en el libro, como demuestran los versículos 138 y 284. Muchos de los términos utilizados por Llull en el Llibre d’amic e amat reflejan las particularidades de su ideario, o presentan connotaciones propias del lenguaje de la época, que es difícil conservar en la traducción. «Pensament», por ejemplo, muy frecuente en el libro, no alude sólo a la actividad intelectual, sino que incorpora un matiz emocional: no significa, por lo tanto, ‘idea’, sino más bien ‘preocupación’, ‘desvelo’ o ‘tristeza’. «Contrarietat» tiene hoy un sentido casi trivial, equivalente a ‘inconveniente’, ‘obstáculo’ o ‘disgusto’; en Llull, sin embargo, posee una dimensión filosófica: es la mutua oposición de ciertas cosas, como resultado de sus diferentes finalidades. En este sentido lo utilizo en los versículos 257 y 258, aunque en el 336 aparece con su significado actual, porque no he encontrado una alternativa más precisa para el original catalán: «empatxaments». Otras palabras se refieren a principios metafísicos: «ocasió», que Llull define metafóricamente en el versículo 117, denota una relación de causa-efecto más rigurosa que la derivada del mero azar. En mi versión he preferido sustituirla por otras con un sentido similar («favorecer», «favorable»), pero que hicieran más fluido el texto, como espero que se advierta en los versículos 152 a 154. Esta traducción sigue la edición del Llibre d’amic e amat, de Albert Soler i Llopart (Barcelona, Editorial Barcino, «Els nostres clàssics», col. B, núm. 13, 1995), que se basa, a su vez, en el manuscrito de la Bayerische Staatsbibliothek de Múnich (Hisp. [cat] 67, ff. 201r-232r), escrito en catalán hacia finales del s. XIV o principios del XV, e inserto en el Llibre d’Evast e Blaquerna, por tratarse del «más cercano al arquetipo de todos los que nos han llegado, y el único que trasmite un texto mínimamente cercano al que debía de ser el original desde el punto de vista lingüístico». Este es el mérito fundamental, aunque no el único, de la edición del profesor Soler: fijar el texto, tras más de siete siglos de copias y reproducciones incompletas, inexactas, obliteradas y parcialmente apócrifas, que han conformado, para desesperación de los filólogos, un espeso bosque de versiones, con unos cuarenta manuscritos y un centenar de ediciones conservados, en trece lenguas distintas. Antes de la suya, la vulgata era la de Salvador Galmés y Miquel Ferrà, de 1914, actualizada y ampliada por el primero entre 1935 y 1954. Mi traducción al castellano sigue la de Soler no sólo en el texto, y, por lo tanto, en las opciones léxicas y sintácticas, sino en todo cuanto ha sido singularmente objeto de debate, como el número y la agrupación de los versículos. Ya he avanzado las razones que aduce el profesor Soler para dejarlos en 357, a las que cabe añadir dos datos esenciales: Llull no numeró los versículos, y ninguno de los manuscritos supérstites presenta 365 ó 366. Ni siquiera hay coincidencia en el número de unos y otros: el original de Múnich, por ejemplo, tiene 359; el que obra en la Biblioteca Pública de Mallorca, de la segunda mitad del s. XIV, 356; otro manuscrito mallorquín, de 1492, localizado en Barcelona, 360; la versión occitana, de finales del s. XIII o principios del XIV –es decir, contemporánea de Llull–, 363. Para agrupar los versículos problemáticos, Soler se atiene al criterio de su unidad temática y argumental: «Llull», especifica, «no distribuye una unidad de sentido en diversos versículos, sino que hace coincidir unidad de sentido y versículo». En castellano, se ha conservado un único manuscrito del Llibre d’amic e amat, que se custodia en la Biblioteca Nacional. Se trata de una traducción anónima del s. XV, que dio a conocer Giovanni Maria Bertini en Testi spagnoli del secolo XV (Turín, Editore Gheroni, 1950), y que fue recogida por Ana Mª de Saavedra y Miguel Batllori en Autobiografía y Libro del amigo y del amado (Barcelona, Fundación Caja de Barcelona, «Biblioteca de Autores Catalanes», núm. 3, 1987). Es poco fidedigna, por seguir la edición en latín, publicada por Jacques Lefèvre en París, en 1505, que suprimió 46 versículos originales y añadió 49 apócrifos. La tradición impresa empieza en 1749, con la publicación en Palma de Mallorca, por la Viuda Frau, de una versión compuesta en lengua lemosina por el iluminado doctor, mártir invictísimo de Jesucristo y Maestro universal en todas Artes y Ciencias B. Raimundo Lulio, aunque enseguida se abre un nuevo periodo de silencio, que no se interrumpirá hasta 1881-1882, con la reedición de esta misma versión, precedida por un elogioso prólogo de Marcelino Menéndez Pelayo. De entre las traducciones posteriores en español, quiero destacar la de Martí de Riquer, con una persuasiva introducción de Lola Badia (Libro de amigo y Amado, Barcelona, Planeta, «Clásicos Universales», núm. 96, 1985), la mejor, hasta hoy, de entre las existentes. Como es natural, he recurrido a otras traducciones del Llibre d’amic e amat, y no sólo en castellano, para apuntalar la mía. Acaso la más certera sea la de Eve Bonner, Doctor Illuminatus. A Ramon Llull Reader (edición de Anthony Bonner, Princeton, New Jersey, Princeton University Press, 1993), aunque también me ha ayudado la de Mark D. Johnston, The Book of the Lover and the Beloved. An English Translation with Latin and Old Catalan Versions Transcribed from Original Manuscripts (Aris & Phillips Ltd, Warminster, in association with The Centre for Mediterranean Studies, University of Bristol, 1995). Las ediciones de ambos, y sobre todo la del primero, son particularmente útiles para quien desee adentrarse en el complejo cosmos luliano, como también lo es El microcosmos lul·lià, del recientemente fallecido hispanista inglés Robert Pring-Mill (Palma de Mallorca, Moll, «Biblioteca Raixa», núm. 55, 1961, reeditado en Estudis sobre Ramon Llull (1958-1978), a cargo de Lola Badia y Albert Soler, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat-Curial, 1991), una magnífica síntesis de la filosofía de Llull, de la que he extraído muchas de las ideas expuestas en este prólogo. He consultado asimismo versiones en francés medieval (Livre d’Evast et de Blaquerne, en edición de Armand Llinarès, París, Presses Universitaires Françaises, 1970) y en portugués moderno (Livro do amigo e do Amado, en edición de Esteve Jaulent, São Paulo, Edições Loyola, 1989). Los cinco eruditos volúmenes del Glossari general lul·lià, de Miquel Colom Mateu (Palma de Mallorca, Moll, 1982-1985), han sido una ayuda inestimable para comprender muchos neologismos y palabras empleadas por Llull en un sentido particular. Por otra parte, el ensayo Ramón Llull y la tradición árabe. Amor divino y amor cortés en el «Llibre d’amic e amat», de Álvaro Galmés de Fuentes (Barcelona, Quaderns Crema, 1999), me ha permitido conocer las razones de los inclinados a creer en la influencia de la literatura sufí en el libro del Beato de Miramar. A todos aquellos interesados en ampliar su conocimiento de la cosmogonía o la literatura de Llull, o del Llibre d’amic e amat, los remito a la Base de Dades Ramon Llull – Llull DB, de la Universidad de Barcelona (http://orbita. bib.ub.es/llull/index.asp), donde encontrarán todas las referencias actuales de las obras, manuscritos, ediciones y catálogos vinculados al sabio mallorquín. Una última precisión es necesaria: me resultó muy difícil determinar si convenía o no anotar este trabajo. Por un lado, me parecía que la anotación aclararía el sentido de muchos versículos del Llibre d’amic e amat, con lo que aumentaría el disfrute del lector. Esa impresión mía se veía reforzada por el hecho de que los textos del Llibre d’amic e amat se imbrican íntimamente con el pensamiento de Llull, y por la constancia de que ninguna edición, hasta donde yo sé, ha acometido semejante, y tan benemérita, labor. Pero, por otro lado, temía que el aparato crítico restase autonomía literaria al texto, esto es, que lo hiciese aparecer como un mero vehículo de otra cosa, subyacente y más importante. Finalmente, ha prevalecido este criterio, y el texto aparece desnudo, entregado a una lectura incondicionada. Hemos querido que sea lo que hoy es: un libro de poesía, sin ropajes, ni teologías, ni glosas –salvo las muy modestas de este prólogo–, obedeciendo al mandato de Juan Ramón Jiménez, que no deseaba «ninguna edición de lujo, nada de príncipes ni de ediciones de filólogos. Cada libro sin notas, en la edición más clara y sencilla. El libro no es cosa de lujo... Eso para los que no leen. Material excelente, seriedad y sobriedad». Vaya, en fin, mi agradecimiento a Carles Duarte, Sergio Gaspar, José Mª Micó y Joan Santanach, por haber confiado en mí para llevar este empresa, tan fascinante como exigente, a buen puerto; y a Albert Soler, por su utilísima ayuda y sus siempre amistosas indicaciones. Eduardo Moga 2. PRESENTACIÓN, POR LUIS ALBERTO DE CUENCA El poeta Eduardo Moga nos regala una nueva y excelente traducción castellana del Llibre d'amic e amat luliano, a la que acompaña un impecable prólogo del traductor, en la que nos introduce en el mundo poético y místico que rodea la obra, vinculada, como es sabido, con la novela Blaquerna, de la que forma parte. Mi buen amigo Sergio Gaspar me invita a poner unas líneas preliminares a este Libro de amigo y amado que tienes en las manos, lector, y no he podido ni sabido desatender una invitación tan sugestiva. Hace mucho tiempo, acaso más de veinte años, tuve ocasión de traducir al castellano otro opúsculo de Ramon Llull, ni más ni menos que el Llibre de l'orde de cavalleria, para el catálogo de Alianza Editorial, donde sigue presente como libro vivo. Eso quiere decir que el beato Lulio sigue gozando de las simpatías y de la confianza de los lectores en pleno siglo XXI. Estoy plenamente seguro de que el libro que estoy presentando tendrá una acogida generosa por parte del público: se trata de una de las piezas literarias más conocidas de Llull, y Moga ha realizado una tarea de traslación punto menos que perfecta. En cualquier diccionario, convencional o cibernético, pueden encontrarse datos sobre la vida de Ramon Llull, pero he querido ahorrarles la consulta incluyendo en esta presentación unas breves líneas biográficas del autor de este Llibre d'amic e amat, para complementar la labor de Eduardo Moga, quien dedica con exclusividad su magnífico prólogo al estudio y análisis de la obra en cuestión. Ramon Llull nació en Palma de Mallorca hacia 1232, en el seno de una opulenta y linajuda familia. Fue paje de Jaime I, el conquistador de Mallorca, y senescal del hijo de éste, Jaime II. Hacia 1256 se casó con Blanca Picany, que le daría dos hijos: Domingo y Magdalena. Al parecer, su matrimonio no le impidió llevar una vida disoluta, entregado a los placeres del sexo, la riña tabernaria y la caza. En torno a 1263 se produjo su conversión, una auténtica conmoción que transformó por completo su vida y lo sumió en un estado de exaltación y entusiasmo religioso tan extremados que su esposa no dudó en nombrar ipso facto un administrador de su patrimonio, pues Ramon dejó de pertenecer para siempre al círculo de las personas comme il faut. Decidió Llull que el único sentido de su existencia era convertir infieles a la fe de Cristo. Para ello se encerró durante nueve años y dedicó su tiempo al estudio del árabe, lengua que llegó a dominar a la perfección, y a la escritura catequética. Había en su interior un ímpetu y un fuego transidos siempre de misticismo. De esa época data, por ejemplo, su Llibre del gentil e los tres savis, una interesantísima disputatio entre un cristiano, un judío y un sarraceno. Soñaba Ramon con el establecimiento de seminarios para la formación de misioneros destinados a la evangelización de los más remotos países. En 1275 obtuvo de Jaime II la fundación en Miramar (Mallorca) de un convento en el que, durante diez años, se enseñó filosofía y árabe a los futuros misioneros. Son los años del Llibre d'Evast e Bla-querna, novela utópica cuya parte quinta es el maravilloso Llibre d'amic e amat. Llull viaja por Europa dando conferencias y charlas para convencer a príncipes y prelados de la necesidad de convertir a los infieles, pero su excesivo entusiasmo hace que las gentes lo miren con recelo, como a un orate. Entre 1287 y 1290 lo encontramos en Roma y en París, donde escribió Félix o Llibre de meravelles y Arbre de filosofía desiderat. Posteriormente, en Montpellier, se dedicó a la escritura en lengua latina de dos de sus artes más conocidas: Ars inventiva y Ars amativa. A partir de 1290 Ramon entra en contacto directo con el mundo islámico. Es la época de su primer viaje a Túnez (1293), donde es detenido y, posteriormente, expulsado. De nuevo en Europa, Llull inicia una actividad febril como propagandista de su idée fixe y escribe más que nunca: de 1294 datan la Taula general y la Disputació dels cinc savis (ahora son cinco en vez de tres); de 1296, el Arbre de ciencia, además de otros opúsculos; entre 1297 y 1299 da a conocer su Arbre de filosofía d'amor, Lo cant de Ramon, Proverbis de Ramon y un curiosísimo Llibre de consolació de Venecians; algo antes, hacia 1295 –otros lo fechan diez años después–, compone en verso su Desconhort o «desconsuelo», un poema desesperado escrito acaso en un momento de lucidez. Viaja a Chipre a continuación, donde sus planes de misión y apostolado no son bien acogidos. Entonces ya es un hecho conocido de todos su amistad con Jacques de Molay, el último gran maestre de los Templarios, quemado vivo en 1314, un año antes de la muerte de Llull. En 1307 se encuentra en Bugía (Argelia), discutiendo con almuédanos y alfaquíes. Allí compone, en árabe, una obra que en latín se llamó Disputatio Raimundi christiani et Homari saraceni. Vuelve a ser expulsado de tierra islámica y, ya en Europa, escribe en torno a 1311 un Liber phantasticus que, aunque dada la disparatada existencia de Ramon pudiera parecer una autobiografía, es tan sólo la descripción de un altercado con un clérigo que motejaba sus planes misionales de «fantásticos». Lo que sí es una autobiografía, aunque no de puño y letra de Llull, es la Vida coetánea, una preciosa obrita dictada por él en París en 1311. De 1313 datan Ars mayor praedicationis y Ars brevis praedicationis. Ese mismo año redacta su última obra mística, el Llibre de consolació d'ermità. Sabemos que en 1315 estaba en Túnez de nuevo. Luego, todo es leyenda. Dicen que lo lapidaron en Bugía y que lo condujeron, moribundo, a las costas de Mallorca, donde murió. Nada es seguro, salvo su muerte antes de 1316. Con esta breve esquisse biográfica, el lector del Libro de amigo y amado puede hacerse una idea, más o menos cabal, de quién fue su autor, el beato Raimundo Lulio o Ramon Llull, uno de los pensadores medievales que más difusión tuvieron en la Europa del Renacimiento y del Barroco. De la obra de Llull emanarán, a guisa de ejemplo, la filosofía de Giordano Bruno o la ciencia universal de Leibniz. Pocos autores han tenido una descendencia intelectual tan relevante como él. Sumérjanse, sin más, en la lectura del brillante prólogo y de la admirable versión que Eduardo Moga ha preparado para ustedes. Ya me dirán con qué Raimundo Lulio se quedan, si con el doctor illuminatus, con el místico, con el poeta, con el alquimista o con el loco. Ramon Llull no defrauda nunca, sea cual sea su elección. Luis alberto de Cuenca Madrid, 31 de enero de 2006. [1] Preguntó el amigo a su amado si quedaba en él algo por amar. Y el amado respondió que aquello por lo que el amor del amigo podía multiplicarse era por amar. [2] Los caminos por los que el amigo busca a su amado son largos y peligrosos, y están poblados de desvelos, de suspiros y de llantos, e iluminados de amores. [3] Se reunieron muchos amadores para amar a un amado, que a todos colmaba de amores. A solas estaba cada uno con su amado y con sus agradables pensamientos, por los que experimentaban sabrosas tribulaciones. [26] Cantaban los pájaros el alba y se despertó el amigo: es el alba. Y los pájaros dejaron de cantar, y el amigo murió por el amado en el alba. [27] Cantaba el pájaro en el jardín del amado. Llegó el amigo, que dijo al pájaro: —Si no nos entendemos por el lenguaje, entendámonos por amor, porque en tu canto se representa a mis ojos el amado. [38] Cantaba y lloraba el amigo cantos de su amado. Y decía que el amor cruza más veloz el corazón del amador que un rayo fulgurante, o que un trueno, el oído; y más viva es el agua del llanto que la del mar undoso; y más cerca del amor está el suspiro que la nieve de la blancura. [40] Madrugó el amigo y empezó a buscar a su amado. Y encontró a gente por el camino y les preguntó si habían visto a su amado. Le respondieron preguntándole cuándo se había ausentado su amado de sus ojos mentales. Y el amigo contestó diciendo: —Nunca; desde que vi a mi amado en mis pensamientos, ya no se ha ausentado de mis ojos corporales, porque todo lo visible me representa a mi amado. [46] Quiso soledad el amigo, y se fue a solas con su amado; y con él está, solo entre la gente. [47] Estaba solo el amigo, a la sombra de un frondoso árbol. Pasaron hombres por allí y le preguntaron por qué estaba solo. Y el amigo respondió que solo se había quedado al verlos y oírlos; que antes estaba en compañía de su amado. [58] Cantaba el pájaro en un rama cubierta de hojas y flores, y el viento meneaba las hojas y traía el olor de las flores. Preguntó el amigo al pájaro qué significaban el movimiento de las hojas y el olor de las flores. Y respondió: —Con su movimiento, las hojas significan obediencia; y el olor, sufrimiento y malandanza. [83] Buscaba el amigo a su amado y encontró a un hombre que moría sin amor; y dijo que era un gran mal que el hombre, comoquiera que muriese, muriera sin amor. Y por eso dijo el amigo al moribundo: —Di, ¿por qué mueres sin amor? Respondió: —Porque he vivido sin amor. [108] Iba el amigo por una tierra extraña, en la que esperaba encontrar a su amado, y por el camino lo asaltaron dos leones. Tuvo miedo de morir el amigo, porque deseaba vivir para servir a su amado; y puso su recuerdo en su amado, para que el amor estuviera presente en el tránsito y le ayudara a afrontar la muerte. Mientras el amigo recordaba al amado, los leones se le acercaron humildemente, y lamieron las lágrimas que vertían sus ojos, y le besaron las manos y los pies. Y el amigo se fue en paz, en busca de su amado. [109] Iba el amigo por montes y por llanos, pero no encontraba puerta por la que escapar de la cárcel del amor, en la que llevaban tiempo encerrados su cuerpo y sus pensamientos, y todos sus deseos y placeres. Mientras sufría el amigo esta congoja, encontró a un ermitaño que dormía cabe una hermosa fuente. Despertó el amigo al ermitaño y le preguntó si había visto en sueños a su amado. Respondió el ermitaño diciendo que los pensamientos estaban presos en la cárcel del amor tanto cuando velaba como cuando dormía. Muy complacido se sintió el amigo por haber encontrado a un compañero de cautiverio. Y lloraron los dos, porque el amado no tenía muchos amadores de su condición. [116] Decía el amigo: —Quien no teme a mi amado, de todo ha de tener miedo; y quien teme a mi amado, en todo ha de ser atrevido y audaz. [128] Vestía el amado a su amigo. De amor le hacía el manto, la cota, la gonela y el sombrero; la camisa, de pensamientos; las calzas, de tribulaciones; y la guirnalda, de llantos. [132] Preguntaron al amigo de qué nacía el amor y de qué vivía y por qué moría. Respondió el amigo que el amor nacía del recuerdo y vivía de la inteligencia y moría por el olvido. [138] —Si ves a un amador honrado con nobles vestiduras, envuelto en vanagloria, y gordo de comer y dormir, estás viendo condenación y tormentos. Y si ves a un amador pobremente vestido, menospreciado por la gente, pálido y enteco por el ayuno y la vigilia, estás viendo salvación y bendición perdurable. [166] Decía el amigo: —Amadores, si queréis fuego, venid a mi corazón y encended vuestras lámparas; y si queréis agua, venid a mis ojos, de los que manan lágrimas; y si queréis pensamientos de amor, venid a surtiros de mis cogitaciones. [170] —Di, loco, ¿tienes dinero? Respondió: —Tengo amado. —¿Tienes villas o castillos, ciudades, condados o ducados? Respondió: —Tengo amores, pensamientos, llantos, deseos, trabajos y fatigas, que son mejores que los imperios y los reinos. [228] El amor es un mar atribulado por olas y vientos, que carece de puerto y de orillas. Perece el amigo en el mar, y, en su peligro, perecen sus tormentos y nacen sus perfecciones. [249] Falsos loadores vilipendiaban un día al amigo en presencia de su amado. El amigo tenía paciencia, y el amado, justicia, sabiduría y poder. Y el amigo prefirió ser vilipendiado y reprendido a contarse entre aquellos falsos vilipendiadores. —Di, loco, ¿has visto a algún orate? Respondió que había visto a un obispo que tenía en su mesa muchos vasos y muchas escudillas y bandejas de plata; y en su dormitorio, muchos ropajes y una cama enorme; y en sus arcas, mucho dinero. Pero a la puerta de su palacio había pocos pobres. [295] Zozobraba el amigo en el gran piélago del amor, aunque se confiaba a su amado, que lo socorría con tribulaciones, pensamientos, lágrimas y llantos, suspiros y fatigas, porque el piélago era de amores y de honrar sus honores. [329] Olió flores el amigo, y recordó el hedor del avaro creso y del lujurioso y del orgulloso desagradecido. Saboreó dulzuras el amigo, y comprendió las amarguras de las posesiones temporales, y de la entrada y salida de este mundo. Sintió el amigo placeres temporales, y el entendimiento comprendió la brevedad del paso por este mundo y los tormentos perdurables a que conducen los deleites caros a este mundo. [348] Iba el amigo absorto en su amado, y encontró en el camino a una gran muchedumbre que le pedía noticias. Y el amigo, que se regocijaba en su amado, no respondió a lo que le preguntaban, y dijo que no quería contestar a sus palabras, para no alejarse de su amado. [357] —Di, loco, ¿qué es este mundo? Respondió: —Una cárcel para los amadores y servidores de mi amado. —¿Y quién los encarcela? Respondió: —La conciencia, el amor, el temor, la renuncia, la contrición y la compañía de gente perversa. Y es un trabajo sin recompensa, que entraña un castigo. «Con parte de racionalidad y parte de delirio es este Libro de amigo y amado, nacido como opúsculo inserto en la novela Llibre d’Evast i Blanquerna y dedicado a mover al amigo (el creyente) al amor del amado (Dios). El poeta Eduardo Moga suma ahora una nueva versión castellana –entre los contemporáneos, Martín de Riquer publicó la suya en Planeta hace veinte años– de un texto que no nació con intención poética, pero que está lleno de una poesía escueta, por momentos árida, que avanza en espiral y que se basa en la repetición.» [Javier Rodríguez Marcos, «Un delirio racional», Babelia, El País, Madrid, 3 de junio, 2006]. «Viene a paliar esta edición una ausencia importante de entre las muchas carencias de clásicos aún por editar con rigor en nuestro país. La editorial de Sergio Gaspar, DVD, con el apoyo de la fundación catalana Carulla y la editorial Barcino, dejan en las manos del especialista Eduardo Moga el estudio introductorio y la traducción, basada en el manuscrito de la Bayerische Staatsbibliothek de Múnich, volumen en catalán del Llibre d’Evast i Blanquerna, en el que está insertado como quinta parte este Llibre d’amic e amat, que se nos ofrece en edición bilingüe. Apunto estos datos, porque, aunque existían ediciones anteriores de esta obra –quizás la más canónica sea la de Martín de Riquer (…)–, es la primera vez que la edición se basa en este manuscrito alemán datado a finales del XIV, es decir, muy cercano a la escritura del original y, por tanto, menos sujeto a las variantes que sirvieron de campo de trabajo para la edición de Riquer. Sigue, pues, Moga, con brillantez, la senda del estudioso Albert Soler i Llopart, que hizo su edición en catalán basándose en este original. Luis Alberto de Cuenca, amplio conocedor de este periodo y sus temas (…), portica con una brillante presentación el muy completo estudio preliminar de Eduardo Moga». [Manuel Francisco Reina, «Amores divinos y humanos», ABCD, ABC, Madrid, 5 de agosto, 2006]. «L’editorial DVD assumeix el repte de traduir els clàssics. (…) El seu interès està en acostar el text a un lector actual, un lector que òbviament haurà d’ésser un lector culte, però no necessàriament un especialista en la matèria. Cal no oblidar que aquesta voluntat d’actualització del llenguatge –i la necessitat en molts casos de regularitzar l’ortografia d’acord amb la normativa actual del castellà– justifica en gran mesura el projecte de tornar a traduir una sèrie de textos que ja tenen la seva versió en castellà. Així, doncs, DVD aporta un equip d’escriptors i poetes en llengua castellana que són els encarregats de convertir la literatura en literatura. El poeta Eduardo Moga, autor entre d’altres de Las horas y los labios (2003), ha estat el traductor del Libro de amigo y amado (2006), de Ramon Llull, presentat aquí en edició bilingüe. Al seu pamflet Contra els poetes, Gombrowitz afirma que no li interessa allò que ell anomena la poesia pura, sinó aquella que es pot trobar, com un element més, a l’obra de grans autors que no són conscients d’estar fent poesia. D’una idea similar parteix Moga al seu pròleg erudit i minuciós (…), demanant-se com és que un libre didàctic la funció del qual era ensenyar la forma d’enamorar-se de Déu és percebut avui com “el llibre més literari de Llull”» [Robert Juan-Cantavella, «Els clàssics, als castellà», Tendències, El Mundo, 10 de noviembre, 2006]. «Hay obras que sobreviven al paso del tiempo, porque pierden el contexto en el que fueron creadas y que les dio su primer sentido. L, lo que es lo mismo, porque tienen una misteriosa capacidad de adaptación a los cambios que se operan en los campos del pensamiento y la literatura. Así ocurre con Libro de amigo y amado, de Ramon Llull, un opúsculo didáctico escrito a finales del siglo XIII y concebido para que los muy devotos amaran aún más a Dios, que ahora, desgajado del fervor religioso bajomedieval que lo vio nacer, queda abierto a las lecturas más diversas, pues su enorme potencial simbólico y su escueta y subyugante escritura llaman con fuerza al lector a reconstruir su discurso con arreglo a nuestro descreído presente. Una de estas lecturas posibles (quizá la más posible de todas) consiste en ver en la obra del prolífico pensador mallorquín (…) un libro de poesía y, además, de poesía amorosa, que hoy día ni siquiera excluye una interpretación en clave homosexual (…). Sin embargo (…), puede que el principal atractivo de esta edición sea el de situarnos ante un texto que, como la Vida nueva, de Dante, se escribió antes de que el poeta quedara escindido por lo que Eliot llamó la disociación de la sensibilidad, y leerlo ahora, cuando sabemos que ya no es posible pensar y sentir al mismo tiempo. De esta tensión, nos parece, proviene el disfrute algo malsano que obtenemos escudriñando los versículos de Llull: de la tensión de sentir un libro cuyo carácter doctrinal nos es ya radicalmente ajeno» [Luis Muñiz, «Albada espiritual», La Nueva España, Oviedo, 29 de junio de 2006]. «Por todos es sabido la hermandad entre la expresión mística y el dictum erótico, lo mismo que con una sensibilidad próxima al panteísmo: “Preguntaron al amigo: (…) –¿Y quién [es tu] maestro? Respondió diciendo que los significados del amado que encierran sus criaturas” ([57] p. 67). Es obvio que la lectura del Cantar de los cantares supura en las alusiones corporales, lo mismo que la imagen bíblica de la “escalera” o la figura del “amigo” en el desesperado, paciente y sumiso Job» [Marta Agudo, «Rescates substanciables», Quimera, núm. 279, Mataró (Barcelona), febrero, 2007]. «El poeta Eduardo Moga nos ofrece una nueva y magnífica traducción del Llibre d’amic e amat, de Ramon Llull. Acompañada de una presentación en que Luis Alberto de Cuenca acerca al lector a la figura del beatro Lulio, y de una introducción en que Moga expone las claves de su pensamiento, es ésta una publicación imprescindible para conocer una de las obras de mayor vigencia del filósofo y místico mallorquín» [Francisco Ruiz Noguera, «La mística amorosa de Llull», Sur, Málaga, 1 de diciembre de 2006]. Publicado el 3/2/2009 |
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