El sueño |
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Muestra
de El sueño 3. Sobre la posteridad y la inmortalidad del alma (habla el rey Juan I) |
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Un
puñado de obras escritas en el siglo XIV -en catalán, castellano o
italiano- constituye el Big Bang, la gran explosión lingüística que
originó la prosa refinada y culta en la que Occidente pensaría,
sentiría y viviría el mundo a partir de su lento alejamiento del latín. «El
que traslada ha de ser fiel y cabal y si fuere possible contar las
palabras para no dar ni más ni menos de la mesma calidad y condiçión y
variedad de significaçiones que los originales tienen», dice Fray Luis de León en su prólogo a
El Cantar de los Cantares de Salomón, «sin limitallas a su proprio
sentido y pareçer, para los que leyeren la traductión puedan entender
toda la variedad de sentidos a que daa occasión el original si se
leyese y queden libres paraescoger lo que mejor dellos les pareçiere». La primera edición de Lo somni
(«El sueño»), a cargo de Josep Miquel Guàrdia, fue publicada en París
el año siguiente a la Exposición Universal de Barcelona: en 1889. La
época es de configuración política, por eso durante toda la primera
mitad del siglo XX Bernat Metge fue considerado por la academia
catalana como uno de los grandes humanistas europeos. A partir de la
edición crítica de sus obras completas por parte de Martí de Riquer, en
1959, esa concepción comenzó a ser puesta en entredicho. * Entre las tradiciones literarias que confluyen en Lo somni se encuentra la del más allá. Riquer y Cingolani discrepan. Los datos del segundo son convincentes: las fechas de la causa jurídica y las de la redacción del libro descartan la posibilidad de la celda. Sin embargo, el personaje Bernat sí estuvo en prisión, como veremos. Tras la muerte del rey, el principado de Cataluña comenzó a ser efectivamente invadido por las tropas de Mateo de Castellbò, conde de Foix y esposo de la infanta Juana, hija del primer matrimonio de Juan I de Aragón con Mata de Armañac. Pero Foix nunca vio cumplidas sus pretensiones a la corona y el sucesor del rey Juan fue su hermano Martín I, más tarde conocido como el Humano. Los retratos de Juan I que se conservan en la Biblioteca de Cataluña y en el monasterio de Poblet lo muestran sin ímpetu, la mirada inclinada, los párpados presidiendo el rostro. Su muerte sacudió, al parecer, la conciencia de todos los que creían que sus frecuentes salidas a cazar, en contra del sentido común –pues su salud era según parece endeble –, eran estimuladas por sus propios consejeros, que pretendían tenerlo alejado de los asuntos de gobierno para poder así disponer a su antojo. Juan I, por ejemplo, no tuvo ceremonia de coronación, porque sus consejeros habían desviado los fondos destinados para ella. Por su culpa (colectiva) el alma real estaría en el infierno. Por eso Perellós decide ir al mismísimo Purgatorio. El relato de viaje es impresionante: es recibido por personajes principales de su época, atraviesa la topografía británica, relata las costumbres de los irlandeses, narra en catalán su experiencia europea. Una vez entra en el Purgatorio, no obstante, la traducción del relato de Saltrey invade el texto, seguramente porque las emanaciones de la famosa cueva de San Patricio lo durmieron, como hacían con todos los peregrinos. Por eso, el testimonio ajeno substituye al propio. A excepción de un breve pasaje en que Perellós le pregunta al rey Juan I sobre su estado y éste le responde que se limita a aguardar, en vías de salvación. Ese pasaje es la razón de todo el libro. El Viatge al Purgatori es de 1398, o un poco posterior; Lo somni fue redactado entre el 19 de mayo de 1396, fecha de la muerte de Juan I, y el 28 de abril de 1399, cuando Martín el Humano le pidió a su autor un ejemplar. Riquer está convencido de la finalidad exculpatoria del texto y por eso especula sobre la posibilidad real de una estancia en prisión; Cingolani dice que es poco probable, pues Metge finge su prisión pocos días después de la muerte del rey, antes del traslado de su cadáver a Barcelona (28 de mayo), mientras que en realidad no hubo detenciones hasta principios de junio, y Metge no sólo no figura en las listas de presos, sino que consta siempre en libertad. De lo que no hay duda es de que el personaje/narrador Bernat estuvo en la cárcel: sus muros son las páginas de El sueño. * En nuestra época de la marca Barcelona, Metge podría ser reivindicado sobre todo como un letraherido barcelonés. La Ciudad Condal, sus calles, su economía, su política, sus entresijos aparecen en toda la obra del autor de Lo somni. Nació poco antes de 1346, en el carrer dels Especiers (hoy de la Llibreteria), es decir, en una ciudad de gremios repartidos por calles. De su padre especiero heredó cierta formación científica; de su padrastro funcionario, la vocación cancilleresca. Fue funcionario real y, por lo tanto, escritor a sueldo. Entre su producción destaca la obra en verso de carácter moral Llibre de Fortuna e Prudència (1381), donde Metge, auto-ficcionalmente, realiza un viaje que le permite intervenir en una discusión entre Fortuna y Prudencia. A causa de una suerte de crisis nerviosa, decide salir a pasear, al alba, junto al mar; acaba en una barca y llega a un islote; allí tiene lugar la disputa. Mágicamente, la barca regresa después y lo deja en la playa: el tiempo no ha pasado, el amanecer se está todavía produciendo. El debate sobre la providencia divina se produce en términos medievales. También la forma versificada remite a un tiempo que está caducando, como lo hace cada amanecer la noche. La figura del funcionario se confunde con la del escritor de literatura y con la del traductor. Metge se reivindica como autor y como traductor. En Lo somni recordará, no sin un acceso de vanidad, que él tradujo «del latín a nuestra lengua vulgar» la historia de Griselda y que ya es un relato notorio. Cuando Juan I inicia su reinado (enero de 1387), Metge ya es un escribiente con una trayectoria considerable. No obstante, hay cierta atmósfera hostil a su carrera. El tema de la persecución aparece en obras suyas como el Sermó, la Medecina, la Apologia y el Valter y Griselda, probablemente de 1388. En ese año hubo un proceso en su contra, para el que atesoró la protección de los reyes. También pidió el favor de Isabel de Guimerà, enviándole una copia del mencionado texto sobre Griselda, traducción en prosa de una epístola de Petrarca que es a su vez una versión de Boccaccio. Del italiano al latín; de éste, al catalán, adaptándola para que le ayude en el favor que está pidiendo. La traducción como sinónimo de traslación: de la religión a la laicidad. En 1390 asciende a secretario real; por ello, es responsable de la correspondencia secreta oficial. Su biografía se puede reseguir en las firmas que sellan el pie de cada carta de la reina Violante. Zaragoza, Rosellón, Ampurdán, San Cugat, Valencia, Aviñón, Mallorca: Barcelona siempre en el puerto de esas expediciones diplomáticas. El viaje, obviamente, propicia encuentros literarios. En Aviñón, adonde fue por embajada real, quizá pudo leer el Secretum, el sueño de Petrarca en que Laura aún vivía. Devendría el modelo de una obra de Metge, l’Apologia, cuyo comienzo es lo único que conocemos: prepara la redacción de su opera magna. Se conserva el sello que Bernat Metge utilizaba en la firma de documentos de esa época, por lo menos en los años 1395 y 1396. Llegamos a esta fecha, cuando explota, en la muerte inesperada de Juan I, sin hijos varones, un largo conflicto entre el consejo real (del cual Metge formaba parte) y los consejos de las ciudades (con Barcelona a la cabeza). La corrupción del primero fue tenazmente denunciada por los segundos. Así como los excesos sexuales de sus miembros. Por eso el juicio no se hace esperar. Los consejeros expusieron al monarca, a sabiendas de su debilidad física, a esfuerzos perjudiciales para su salud. Dilapidaron su patrimonio. Abusaron de su confianza. Entre los cargos contra Metge se especifican «mals contractes». La trama recuerda a las de nuestra democracia. * Una vez se descartó la prisión de Metge, los expertos vieron que la lectura de El sueño como exculpación o mea culpa no era la más acertada. El escritor se reivindica como un gran artista, despliega sus conocimientos filosóficos y literarios, su dominio de la retórica y su capacidad de inventio. Construye así una obra maestra. Que discute el escepticismo y nuestra libertad de juicio: nuestro modo de pensar y de vivir la felicidad. Como epicúreo, para Metge el saber sólo tiene interés en función de la felicidad que proporciona; el saber por el saber, la mera contemplación, no tiene sentido. Su búsqueda de la felicidad, por tanto, se centra en los bienes exteriores (el poder y el amor), y desprecia la posibilidad de un más allá. Eso se enfrenta a una visión tradicional, en la que la felicidad pasa por el cultivo de la vida interior (la virtud), para alcanzar la inmortalidad del alma después de la muerte delcuerpo. Para hablar literariamente de ese debate, Metge escogió la forma del sueño. * El libro comienza con un Bernat inquieto. Como Dante, Ramon de Perellós o Anselm Turmeda en su texto auto-biográfico, narra en primera persona; pero al contrario de ellos, en vez de viajar, sueña. Como ha escrito Cingolani: «La causa de su turbación, psicológica y espiritual, es doble: por un lado, depende de contingencias políticas; por el otro, como sabremos más adelante, es un hereje». Como Boecio: precisa de consolación por esta doble causa de su infelicidad. Entonces, cae dormido. Según Macrobio, su caso sería de insomnium, porque está causado por la turbación física o de fortuna; vendrá seguido inmediatamente de una visión. Se le aparecerá el rey Juan I, acompañado de Tiresias y de Orfeo. En el primer y en el segundo libro de El sueño, el rey y su antiguo servidor departirán largamente sobre diversos temas: la inmortalidad del alma, las causas de la muerte del monarca, su estancia en el purgatorio por su participación en elcisma de la Iglesia Católica. Sobre el primer tema, Metge dejará clara su posición epicúrea y herética: no cree en la inmortalidad del alma. Ese posicionamiento previo permitirá una evolución del personaje, que será convencido por la autoridad y la buena retórica del rey difunto, que encarna el pensamiento cristiano, contra el pensamiento clásico de Metge. En palabras de Lola Badia: «se retracta largamente de dos posiciones heréticas que había mantenido, y, como Turmeda, quiere compensar la heterodoxia con el prestigio intelectual». En el Libro III es Orfeo quien toma la palabra, para relatar no sólo su propia historia (Eurídice), sino también Tiresias los interrumpirá. En teoría, Bernat ya sabe que Dios es el bien supremo, pero todavía cree en los bienes Todo el Libro IV es la respuesta sistemática del protagonista a los argumentos y los insultos del adivino. Enumera Al final, Tiresias admite que se ha divertido con las muestras de ingenio del escritor; pero le recuerda que la retórica Acaba el sueño: Bernat se despierta. La existencia de la Cancillería Real en que trabajó Metge se inscribe en una tendencia europea de los siglos XIII y XIV, que preparó el prehumanismo italiano. El mismo Petrarca provenía de los estudios jurídicos. Estas instituciones fueron las responsables de la creación progresiva de una cultura laica. Las fuentes fluyen bajo el texto de Metge. El sueño de Escipión ciceroniano y los comentarios de Macrobio brindan elementos estructurales y un determinado marco conceptual de lo onírico. El Corbaccio de Boccaccio, el Secretum de Petrarca y La consolación de la filosofía de Boecio redundan en un esquema argumental y ético: la aparición de un difunto conllevará una lección al vivo. Hay centenares de alusiones. Un ejemplo entre tantos: el elogio de las mujeres del Libro IV, por ejemplo, tiene como pilares la epístola en latín de Petrarca a Ana, esposa del emperador Carlos IV. Las citas bíblicas evidencian un conocimiento profundo de los textos sagrados. Las palabras calcadas de san Gregorio, Ramon Llull o santo Tomás de Aquino demuestran que fue un gran lector de la tradición religiosa. Entre los clásicos latinos destacan Cicerón, Séneca y Virgilio. Pero también estaba al corriente de los grandes autores más o menos modernos, como Dante. Todas esas lecturas hacen pensar en un acopio de información y de ideas, en una lenta preparación para un gran texto que en 1395 –cuando, en el libro, Juan I le recuerda a Metge que le prestó el texto de Macrobio en Mallorca– aún no tenía un marco histórico favorable y que, en cambio, al año siguiente, con la muerte del rey, encontraría en aquellos sucesos un excelente caldo de cultivo real para desarrollarse. * Cuando Tiresias habla de la tiranía de la moda, menciona entre otras prendas femeninas la «aljuba», una vestidura morisca que era usada también por los cristianos (ceñida en la cintura, abotonada, con mangas y faldas que solían llegar hasta las rodillas) y la «alfarda», voz que designa tanto un impuesto que pagaban moros y judíos como una especie de toca o manto. El trasfondo histórico peninsular se deja ver en la lengua. Estamos en la época de Don Juan Manuel, el Canciller Ayala, Sem Tob de Carrión y el Arcipreste de Hita. En la crítica demoledora de las costumbres de su tiempo que Metge pone en boca del personaje Bernat, hay pasajes excepcionales sobre la superficialidad de la moda y sobre el culto al cuerpo. Una crítica que no se observa desde las coordenadas cristianas del elogio al alma en detrimento del cuerpo, sino que argumenta desde la medicina, desde la teoría de los humores, desde la estética y el buen gusto. Uno de los múltiples aspectos que conecta la obra con nuestro inicio de milenio. * Es sabido que los castigos dantescos son el reflejo –a veces especular, otras, figurado– del pecado cometido en vida. Del mismo modo, el rey sufre en su purgatorio la persecución de halcones y perros, para recordarle sus excesos en los deleites mundanos de la caza; es acompañado por Orfeo, de cuya lira brotan exabruptos musicales, porque en vida se hizo rodear de demasiados artistas en demasiadas fiestas; ha de escuchar los reproches de Tiresias, porque cuando vivía recurrió demasiado a menudo a adivinos y agoreros, malos y falsos consejeros desde el punto de vista del dogma cristiano. Como demuestra Calderón de la Barca en La vida es sueño, el gobernante que se deja guiar por el futuro dicho por entrañas o por vuelos erráticos no es digno del crédito de su pueblo. En su Cuento de Navidad, Dickens insiste en que el amigo de Auggie está tan muerto como un clavo de ataúd. Hay que creérselo, prosigue, como hay que creer que el padre de Hamlet ha muerto antes de que se inicie la acción de la tragedia. Lo mismo ocurre con Juan I. Hay que tenerlo ahí, en la recámara de la memoria, bien muerto, cerrados sus párpados de plomo, como lo tenían los lectores de la época, para entender todo lo que ocurre en El sueño. El espíritu del padre muerto le dice a Hamlet que nada puede explicarle de cómo es el más allá, que el mero relato le haría saltar los ojos de las órbitas; Metge, en cambio, como Dante, cree en la muerte como una experiencia narrable. Al final del tercer canto del Infierno, Dante cae en su sueño «como un hombre muerto»; Metge, «como un enfermo o un hambriento», pero en ambos ese estado peculiar del cuerpo y de la mente va a permitir entender lo que ocurre en el país de quien nadie regresa. En su turno de respuesta ante Tiresias, Bernat, el personaje dormido en el margen del más allá, enumera algunas memorables historias de amor de la Antigüedad. Habría que inventar un círculo de la Comedia para estas parejas de amor conyugal y feliz, aunque de trágico destino. Entre ellas, abrazados para siempre, destacarían Artemisa y Mausolo. Según refiere el escritor, «ella, tras la muerte y las exequias de él, lo redujo a cenizas para beberlas: quería ser su único sepulcro». He aquí una metáfora posible de la lectura, lector. La
precisión es una de las características de la prosa de Metge. Pero, en
el otro extremo, es también un artesano de la hipotaxis, cuando la
intención la reclama. Sujeto y predicado se alejan, como lo hacen
también verbos de comunicación y verbos principales, separados por
incisos y subordinadas. No en vano, en Lo somni
hay muchos rastros de fórmulas notariales y cancillerescas. Aunque el
hipérbaton sea una figura retórica fundamental para entender la
mentalidad cortesana, con sus rodeos y prerrogativas, he optado por
reconstruir, cuando era conveniente, el orden natural de la oración,
para acercar el texto a la mentalidad del siglo XXI, de menor capacidad
memorística y mayor necesidad de inmediatez. * El sello de Bernat Metge muestra un pelícano, ave migratoria. Una traducción es una migración: de lengua, de época. La que hizo Martín de Riquer de Lo somni fue publicada en 1959, en pleno franquismo. Esta se sitúa en la post-transición. Cada época cuenta con sus propias traducciones, porque reclama también sus propios pactos. JORDI CARRIÓN Mataró, julio de 2006
3. SOBRE LA POSTERIDAD Y LA INMORTALIDAD DEL ALMA (HABLA EL REY JUAN I) »El hecho de que todo el mundo tenga tan gran cuidado de todo lo relativo a su posteridad, es en sí mismo un poderoso argumento de que la naturaleza apoya la inmortalidad del alma. A menudo planta el hombre árboles de los que no espera obtener fruto. El sabio promulga leyes y estatutos. ¿Qué te imaginas que son la procreación, el perpetuar el nombre, la adopción de un hijo, las diligencias testamentarias o la erección de sepulturas, sino también demostraciones de que pensamos en lo que llegará después de la muerte? »No
hay mejor linaje de seres humanos que el de aquellos que se consideran
nacidos para ayudar, defender y preservar a sus semejantes; y no puedo
creer que tantos hombres notables hubieran muerto por la cosa pública
si pensasen que su nombre acabaría al tiempo que lo hiciera su vida; »Pues, si el consenso universal tiene carta de naturaleza, y todos conceden que hay algo que les pertenece después de la muerte, también nosotros debemos concederlo. Todos los seres humanos comparten la opinión de que Dios existe, y lo saben naturalmente, y el mismo conocimiento y opinión tienen en lo que a la inmortalidad del alma se refiere. Creamos, pues, que así es, y no nos apartemos del común consenso. »Ferécides, antiguo filósofo de Siria, fue el primero en afirmar que las almas eran sempiternas; y la misma opinión difundió Pitágoras, su discípulo, de tan gran autoridad que durante muchísimo tiempo no hubo nadie, aparte de él y de sus correspondientes discípulos, que no fuera considerado digno del apelativo de sabio. Platón fue a Italia, donde florecían los continuadores de la tarea de Pitágoras, para aprender de ellos; y lo primero que escuchó fue que el alma era inmortal, lo que no solamente concedió, sino que además apoyó con argumentos (algunos de ellos ya los has escuchado de mis labios). Aristóteles sostenía con firmeza, según también te he dicho antes, que las almas eran inmortales; Diógenes creyó firmemente y defendió lo mismo, y que subían al cielo si habían obrado con virtud cuando en un cuerpo estaban. »Lelio, al enterarse de la muerte de Publio Escipión el Africano Menor, gran amigo suyo, le dijo a Escévola: ‘Si yo negara el dolor por la muerte de Escipión, mentiría, pues lamento el haber sido privado de la compañía de un amigo a quien nadie pudo ni podrá hacerle sombra. Pero no preciso consuelo; porque yo a mí mismo me consuelo, sobre todo gracias a un remedio: no anida en mí el error en que muchos incurren a la muerte de un amigo, cuando creen que sus almas han muerto con sus cuerpos o que han sido condenadas. No creo que Escipión haya sufrido ningún mal, pues vivió con rectitud; soy yo quien lo ha sufrido, si es que algún mal ha realmente acaecido. Turbarse gravemente por el daño propio no es propio de un amigo, sino de quien se ama a sí mismo’. Con estas palabras puedes conocer qué opinaba sobre la inmortalidad de las almas. »Idéntica opinión había expresado el mencionado Escipión, quien durante los tres días previos a su muerte mucho discutió sobre la cosa pública; la última parte del debate, precisamente, versó sobre la inmortalidad de las almas. Y refirió aquello que su padre, Publio Escipión el Africano Mayor, le reveló acerca de la citada inmortalidad, cuando después de morir se le apareció en un sueño, lo que relata Cicerón, en Sobre la República, y también lo hace Petrarca, en África. Si bien recuerdas, el comentario que hizo del primero Macrobio te lo presté y te lo hice estudiar con diligencia en Mallorca, con el objeto de que después pudiéramos debatir sobre él. 4. DESCRIPCIÓN DEL INFIERNO (HABLA ORFEO) En lo alto de una montaña poblada de bosques, sobre el mar, hay una gran apertura que a todos se muestra cual ancho camino. La entrada es clarobscura. Tras ella, se encuentra un gran espacio, apto para recibir a todo el linaje humano. Entrar no reclama esfuerzo; mas salir es imposible, a no ser que Dios lo ordene, según después te contaré. Dentro de una concavidad discurre un río, llamado Leteo, del cual necesariamente beben las almas entrantes, y en cuanto lo hacen todo lo olvidan. Y, pasado el río, se halla otro, llamado Cocito, que fluye despacio, cuyas orillas son habitadas por buitres, búhos, cuervos y muchos otros pájaros que horriblemente gimen, y también están allí Hambre, Confusión, Tinieblas, Pavor, Congoja, Discordia, Dolor, Llanto, Miseria, Trabajo, Lamentos, Suspiros, Enfermedad, vanos Sueños, Vejez, Muerte y otras monstruosidades de la Naturaleza. »En un extremo del infierno hay un lugar muy tenebroso, saturado de niebla espesa, donde tiene su fuente el río Aqueronte; de éste nace una laguna llamada Estigia. Son guardados por el viejo Caronte, de cabellos canos, largos, despeinados, y de ojos llameantes, quien se abriga con un manto casi reducido a harapos. Él transporta las almas hasta la otra orilla en una pequeña barca, donde las fuerza a entrar gritándoles: ‘Pasad, almas, a las tinieblas del averno, donde sufriréis frío y calor extremos, y perded la esperanza de volver a ver el cielo’. Y apenas ha pasado una barcada, la deja en la sucia orilla, y regresa para una nueva carga. Allí está la caverna enorme cuya puerta vigila Cerbero, con sus tres cabezas caninas, que espantan con fieros ladridos y devoran y atormentan todo lo que se les pone por delante. »Es aquí donde se inicia el ingreso en el infierno, dividido en estancias separadas. En la primera están las almas de los niños y, en general, de cualquier persona que no haya recibido el bautismo, siempre y cuando haya vivido con rectitud en el mundo; no sufren pena alguna, sino tan sólo una honda tristeza, porque no hay salvación posible para ellos. Allí se encuentran los filósofos y los poetas gentiles y los buenos caballeros y quienes cultivaron las artes y las divulgaron; entre ellos estamos Tiresias y yo. No podemos salir nunca, a menos que Dios lo mande, y sólo temporalmente. No creas, no obstante, que los condenados al infierno salen totalmente de él cuando mudan de lugar: la pena nunca les abandona. No obstante, los santos padres que, después de la pasión del Dios y hombre verdadero que tú adoras, fueron por éste hallados en la estancia del infierno en que habitamos Tiresias y yo, no estaban sujetos a esas leyes, porque desde que se fueron nunca han regresado. »En otra estancia está Minos, el cruel y terrible juez, que examina los pecados de las almas tras obligarlas a confesar sus delitos. Él las remite a Radamante, para que dicte la sentencia que merecen. Éste se encuentra en otro recinto, donde concluye el juicio iniciado por Minos y pronuncia la sentencia, tras la cual las almas, como si fueran saetas, vuelan hacia el lugar de su condena. »A
la salida, se encuentra un camino abrupto, por el cual, bajo el palacio
de Plutón (sumo príncipe infernal), se va a los más profundos y
terribles avernos. Hay primero una gran ciudad, cercada por tres altos
y robustos muros y por un río en llamas, de nombre Flegetonte; en ella
se entra a »La entrada de la ciudad está custodiada por Megera, tan cruel como terrible, que les da a las almas su merecido. Los orgullosos son lanzados a lo más profundo, donde son castigados a permanecer enterrados hasta el cuello en hielo y excremento, enmascarado el rostro por llamas de fuego. Los lujuriosos son atormentados por buitres que devoran incesantemente sus hígados inmortales, los cuales, pese a ser picoteados y destruidos, se regeneran; y muchos asquerosos cerdos, malolientes, los rodean lamiéndoles las bocas y los muslos. Los avaros y quienes han maltratado a padres, hermanos y servidores, y quienes sus riquezas no han querido compartir con sus parientes y amigos, y quienes han participado en guerras injustas y han engañado a sus señores, tienen ante ellos viandas regia y maravillosamente aderezadas, que Megera, sentada en un lecho lujoso, les veda con gran rigor. No acceden, pues, a esos manjares, que ellos desean con todo su corazón. Ella les da de beber, en grandes vasijas, oro fundido hirviente, que enseguida les fluye por la parte más baja del cuerpo. Los golosos se comen sus propios miembros, a dos carrillos, y se vomitan, y de nuevo los ingieren. Los iracundos, por su lado, corren de un lado para otro, como perros rabiosos, mientras se hieren a sí mismos y lastiman a los que los circundan. Los envidiosos, que están extremadamente delgados y demacrados, y cuya mirada es amarillenta y lacrimosa, expulsan veneno hediondo por la boca, que luego beben una y otra vez. Los perezosos están en sillas clavadas al suelo mediante tornillos largos y gruesos, y deben moverse todo el tiempo, porque un gran fuego les rodea, al tiempo que la nieve y el viento y el agua helada les azota la cara. »Por haber revelado secretos o por haber engañado, robado o asesinado a aquellos que habían confiado en ellos, otros hacen rodar incesantemente enormes rocas con sus cabezas. También los hay que giran sin tregua atados a grandes ruedas, porque fueron ambiciosos. Otros son aplastados por piedras gigantescasy gritan a voz en cuello: ‘¡Aprended a ser justos y a no menospreciar a Dios!’ Ahí están también los traidores a su patria; los que la vendieron a tiranos; los que promulgaron o retractaron leyes, estatutos u ordenaciones indebidamente, a cambio de dinero; y los que han yacido (carnalmente) con sus hijas o primas. Hay quienes, por su lado, vierten agua en vasijas sin fondo, de modo que se figuran que las van llenando, pero en verdad trabajan en vano; la causa es que desearon la muerte del prójimo, aunque no pudieron cumplir su deseo. Otros se mueven como locos, furiosos, entre carreras y griterío: son quienes, por lograr necias aspiraciones, mataron a sus vástagos. Los que, en vida, cegaron y maltrataron a sus hijos para complacer a las madrastras, están ahora ciegos, las cuencas vacías, y tienen ante sí mesas bien dispuestas con todo tipo de manjares: pero vienen las harpías, que son pájaros con cara de mujer y patas de gallo, para quitarles las viandas y ensuciar después las mesas. »Pero: ¿por qué dedicarle más tiempo a todo esto? Ten en cuenta que, aunque tuviéramos cien años para conversar sin pausa acerca de esta geografía, no podría explicarte todas las penas que sufren los condenados en el infierno. Publicado el 13/3/2009 |
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